Por: José Antonio Cordoba
Recuerdo de pequeño un modesto local situado en las
afueras de esta villa, gentes de la mar y del campo, de pescados y agradables
caldos.
A mis ocho años, en mi camino hacia el
colegio del El Palmar, todos los días pasaba por delante de aquél local, no
recuerdo exactamente cuando empecé a sentirme atraído por lo que se
desarrollaba en su interior, -café- oía decir a mi padre, aunque evitaba hablar
de él en mi presencia. Ya fuese al ir o al venir del colegio, y siempre desde
la acera de enfrente, estudiaba cada detalle de su fachada. Un gran lienzo en
madera clara, como de pino, dónde se apreciaban numerosos grabados, que
representaban símbolos desconocidos para mí, un gran ventanal por el que se
podía distinguir el interior, aunque un visillo a media altura daba cierta
privacidad a sus clientes.
Una tarde que volvía de hacer un recado, pase junto
a su puerta y por un instante oí el murmullo de su interior, aunque mis pies
querían seguir, algo en mi quería detenerse. Parado frente a su escaparate y
con la escasa altura para que mis ojos pudieran ver entre la parte baja del
visillo y el marco de madera, contemplé mesas y sillas, casi todas ocupadas, y
una larga barra donde se apilaban los hombres, con variopintas vestimentas.
Pasaron los años y, yo me hacía más asiduo a rondar
las inmediaciones de aquel café, diez años, muy pocos aún para entrar allí, así
que me quedaba en la puerta. Un día que mi padre se enteró me prohibió que los
miércoles pasara tan siquiera por la acera de enfrente, pues decía que allí las
gentes salían con la mente viciada. Pero mi insistencia, me ocasionó contar con
un cómplice inesperado, mi madre. La buena mujer, con la excusa de hacer algún
recado, me mandaba todos los miércoles a la Puerta de Jerez, claro está, que mi
rumbo era otro.
Pronto y como si de un mendigo se tratase empecé a
colocarme en la puerta, con la oreja casi pegada al cristal. Aquella puerta,
era el Paraíso, dos grandes hojas de cristal con bellas mujeres pintadas en
ellos, algo ligeras de ropa, todo embutido en dos marcos de madera oscura,
donde resaltaban sendos tiradores de bronce, que al reflejarse el sol del
atardecer sobre ellos deslumbraban a los transeúntes.
Al principio de mis tardes junto a aquellas puertas
prestándole atención al murmullo, obtenía más frustración que beneficio. Pero
con el tiempo, mis oídos parecían entrar en el local y centrarse en un lugar no
muy lejano donde tenía lugar aquellas tertulias. Pronto aprecié una voz, la
cual desde el primer momento que la escuché, llamó mi atención.
Cada miércoles –como decía mi profesor de inglés,
”Puntualidad británica, Sr. Córdoba”- asistía a aquellas tertulias.
Dos semanas, fueron lo que una buena gripe me
mantuvo alejado de aquel café, más yo en mis delirios febriles pensaba en que
dejaba una silla vacía, más en realidad sabía que nadie me echaría en falta.
Nunca se me olvidará aquel miércoles, tras las dos
semanas de dolorida gripe, me vestí para ir a la calle a regañadientes de mi
madre, que tras mi insistencia me enfundó en diversas ropas de abrigo, y
tantas, que no las hacía en mi destartalado ropero. Pero ahí, estaba yo,
caminado por calles casi en penumbra mientras me dirigía a mi sitio en el café,
cuando me vino a la mente aquél personaje, al cual la voz del café se había
referido más de una vez, ese tal don Quijote, o Hidalgo, como decía le gustaba
de llamarlo. Me identificaba con él, en su locura, en su cabalgar por caminos,
en la admiración por su Señora Dulcinea, hasta yo tenía mi Dulcinea, mi bendita
madre, cómplice de mis locuras.
Al girar, la luz se hizo, el café iluminaba gran
parte de aquella pequeña plazoleta, y el murmullo inundaba todos los rincones.
Yo me encaminé hasta mi sitio, una pequeña sombra en la puerta que parecía
crecer a la paz que lo hiciera mi cuerpo. Entre el murmullo escuchaba aquella
voz recitar, era peculiar, fina, elegante, pausada, melodiosa y hasta
simpática, pero sería y firme también, como alguna vez la había oído cuando
llamaba al orden a alguno de esos contertulios, que pretendían rebatirle cosas alegando
“he oído”, “me han dicho”… Esa tarde la voz del propietario del café también
estaba presente como de costumbre, haciendo las mayorías de las veces de
mediador.
La tarde se cernía dando paso a la noche, mientras
el café se encontraba en su máximo apogeo, la gente que entraba y salía si
reparar en mí, pequeño bulto a la sombra y castigado por el Levante. Apenas mis
ojos eran lo único que quedaba a la vista bajo tanta prenda, miraba a la calle,
y mis oídos escrutaban cada voz del interior del local. Así me hallaba, cuando
la puerta se abre y unos lustrosos zapatos de charol negros, tan brillantes
como los tiradores de la puerta, se colocaron junto a mí, podía distinguir –sin
levantar la cabeza- unos pantalones gris claro, de esos que les decían “de mil
rallas” –vamos, ¿alguien las habría contado? Me sacó de mi ensimismamiento el
fogonazo de un cerillo al arder, aquel olor a fosforo seguido del aroma del
tabaco de pipa me presagiaba que posiblemente me corrieran de aquél
lugar. Cuando agaché la vista los zapatos ya no miraban para la calle, ahora me
miraban a mí, cruce de miradas, como si nos pudiéramos hablar. De pronto, la
voz, aquella voz que siempre oía en el interior del café, ahora me
hablaba desde lo alto.
–¡buenas noches, caballero!
No podía contestar, más era imposible que se
dirigiera a mí.
-Mi nombre es Eduardo.
A la par que una blanca y elegante mano, se
extendía ante mis escondidos ojos. Sin abrir la boca pues no me respondían los
músculos, saque de un escondido bolsillo mi mano, enfundada en un viejo y
desgastado guante de lana. Le respondí al saludo, pero en lugar de ello me
abrazó la maño con cariño y me llevó al interior del local. Allí todos seguían
a lo suyo. Ya junto a la mesa, desde mi anonimato contemplaba a los hombres, y
¡mujeres! –si mi padre, supiese de ello-.
-¿Traes algo bajo ese montón de ropa Eduardo? – En
tono guasón le hablaba el dueño del café.
–Rafa-, después de aquel día supe de su nombre,
aunque ya nos habíamos visto en otras ocasiones. Cuando me hice asiduo todos
los miércoles en su puerta, pensó de un mendigo y me vino a hablar un día, tras
explicarle el motivo que me llevaba a allí, pues me dejaba hacer, y más de una
tarde de buen frío, me acercaba un culillo de moscatel para hacerme la estancia
menos dura.
-Digan vuestras mercedes, que el mozo no ha querido
a bien responderme de su linaje-, acusó Eduardo tomando asiento.
Las miradas me hicieron despojarme de todo el
abrigo, quedándome solo con lo políticamente correcto. Con un hilo de voz, les
indiqué que mi nombre era, José Antonio.
-Pues amigo José Antonio, aquella silla lleva dos
semanas esperándote- me decía Rafa a la vez que me señalaba un lugar vacío en
la mesa.
Tomado ya asiento, un camarero me acercó un caldo
caliente, pienso que el frío lo llevaba impreso en los ojos, pero lo recibí
como si fuera un día de Navidad.
Mientras disfrutaba del caldo, Eduardo puso ante mí
un libro de gran tamaño –de esos que solo ves en las librerías, y que sabes que
nunca estarán a tu alcance-, encuadernado en piel oscura, tenía bellas
inscripciones en oro al igual que su caligrafía. Al depositarlo, lo abrió
dejando ante mis atónitos ojos un lámina a toda página en blanco y negro, donde
se apreciaba a un jinete alto y tan esquelético como su propio caballo, junto a
él un hombre regordete cabalgaba sobre un borrico también generoso en grasas.
Aparté la mirada y me giré hacia Eduardo, mientras éste me decía –¡amigo
Sancho!- sus ojos llenos de bondad me miraban, a la vez que me hacía entender
que volviera a mirar la lámina. Nuevamente repitió –¡amigo Sancho!-, a la vez
que con su dedo índice daba unos suaves golpecitos sobre el lateral de la
lámina, -nuestra vida, no es más, que la suma de ellos dos-
Tras un breve silencio, volvió decirme –José
Antonio, unas veces seremos este hidalgo Don Quijote, y otras, su fiel escudero
Sancho. Pero no olvides nunca que ellos son la imagen de nuestra personalidad!
Desde aquella tarde el chiquillo pide cada día al
acostarse lo siguiente: ¡Ser de joven como Rafa Montaño, quien de caldos y
ondas versa!, pero sin que éste primero se enoje, ¡de mayor quiere ser como el
Quijote, de Eduardo Domínguez Lobato!, pues pretender ser este gran ilustrado,
no sería pecado, más bien asesinato. Una abrazo a los dos, de un chiquillo, que
os sigue y admira.