sábado, 31 de enero de 2015

El final de la cuenta atrás

Editorial Nº 141



Todos lo sabíamos, lo esperábamos, pero el otro día, con el anuncio de Susana Díaz del adelanto de las elecciones autonómicas al día de 22 de marzo, se ha dado inicio a una temporada crucial para los intereses de todos. En poco tiempo tendrá lugar varias elecciones, las autonómicas, las municipales y las generales, todas en este año en los que tendremos que decidir si queremos seguir viviendo de la vieja política, la de los amiguetes y recortes, o la que propugnan ciertos elementos políticos emergentes que ofrecen otras soluciones.
Las primeras elecciones serán las autonómicas; Susana Díaz ha demostrado poco interés en Andalucía al hacer este anuncio, ¿podría haberlas hecho coincidir con las municipales haciendo así mas barato todo el coste que conlleva unas votaciones? Por supuesto que podría haberlo hecho. Solo serían dos meses; quizás ante la insistencia de la prensa, no le haga todavía la cama a Pedro Sánchez, ya vendrá otro momento, pero si es cierto de que esta sería una forma de frenar el avance de Podemos que aquí en Andalucía no esta tan arraigado (pero lo esta haciendo)
Pero también es cierto de que le ha podido sus intereses partidistas, el no cumplimiento del pacto con IU sus ocio de gobierno y que la interpusieron entre la espada y la pared con el anuncio de referéndum por parte de esta coalición izquierdista. En vez de cumplir sus promesas adelanta las elecciones argumentando la dificultad de una alianza con IU (cosa que unos días antes estaba defendiendo además de haber aprobado la ley presupuestaria)
Que dicho lo cuál, Susana Díaz esta preocupada por sus propios intereses así que el anuncio anticipado en las elecciones de Andalucía es el final de la cuenta atrás para que el Psoe y Susana Díaz siga en el gobierno de la Junta de Andalucía

El factor humano

Por: Víctor Corcoba Herrero



Está visto que el factor humano es decisivo para todo, también para impulsar una vida más armónicamente sustentable e inclusiva. La adopción de modelos económicos orientados a la baja emisión de carbono, así como un mayor respeto a los derechos de los trabajadores, han de contribuir a que el escándalo de las disparidades hirientes sea menor, y por ende la miseria deshumanizadora se contenga. De igual forma, urge poner fin a los muchos conflictos existentes, y para ello es menester lograr acuerdos globales para un desarrollo sostenible. La moderación es vital para poder avanzar en el espíritu de la armonía, en el abecedario del diálogo. También hay que hacer mucho más en la lucha contra la siembra del terror. En muchos países perduran modelos culturales y normas sociales de comportamiento que son más destructores de vida que constructores de existencias. El sufrimiento de inocentes cada día es mayor, en parte por nuestro insensible y alocado estilo de vida. Cuando una sociedad se encamina irrespetuosamente hacia la desvalorización del ser humano como tal, acaba por no encontrar la motivación necesaria y tampoco la energía suficiente para atajar su propio absurdo. Por eso, conocer la verdad de nuestros propios hechos históricos debe plantearnos un compromiso inédito y creativo, ciertamente muy globalizador. Se trata de ahondar en nuestras propias raíces y de buscar, todos juntos, la supervivencia y la continuidad de nuestra exclusiva especie.

            Precisamente, la celebración en 2015 del Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto (27 de enero), coincidente con el setenta aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial y la fundación de las Naciones Unidas, deben hacernos reflexionar sobre estos tiempos convulsos y de incertidumbre que vivimos. En esta introversión hemos de estar toda la humanidad, puesto que todos hemos de sentirnos responsables de todos, permaneciendo vigilantes frente a la intransigencia, las ideologías extremistas, las tensiones comunitarias y ante cualquier discriminación de las minorías. De una vez por todas, liberémonos de las atrocidades y unamos nuestras fuerzas por un mundo de igualdad, dignificando a todas las personas. No podemos, ni debemos, permanecer indiferentes ante este mar de dolores, o quedarnos sólo en el recuerdo, hemos de avivar, sobre todo desde los sistemas educativos, los pilares de la tolerancia, el respeto hacia los demás y los derechos humanos.  Ha llegado el momento de la acción, el ser humano no se puede destruir asimismo, envenenado por el odio. Por desgracia, hay una violencia persistente y radical que sigue ahí, con su afán destructor y su voraz pugna devastadora. Obligatoriamente, la enseñanza del Holocausto debe hacernos ver, lo cruel que es el factor humano cuando deja de combatir la intolerancia de algunos de sus moradores.

            Por tanto, como vengo reafirmando desde siempre, tenemos que activar una mayor comprensión entre los pueblos, las religiones y sus culturas. Además hemos de impulsar a los países para que consoliden la democracia, la estabilidad y la promoción de sus ciudadanos en un estilo de vida más acorde con el espíritu humanitario. Quizás tengamos que desenmascarar a los falsos líderes, y pasar a una actitud más vinculante con el excluido. Se trata de poner fin a toda una cultura que margina, que rechaza sin miramiento alguno, incapaz de construir un mundo más equitativo y hermanado, un orbe más de todos para todos. La sociedad tiene que tener otro comportamiento menos intransigente hacia las personas migrantes, hacia los refugiados, hacia aquellos que piden clemencia. Todos los pueblos del mundo han de saber escuchar a los que relatan sus horrendas vivencias y, bajo la mano tendida siempre, ver que otro hábitat puede ser posible, tan solo con la comprensión tendríamos parte del camino andado. El ser humano puede rehacerse y renacerse, de igual modo, fraternizarse, transformar la ira y el dolor en manantial de luz, de progreso y justicia, de sabiduría en definitiva.

            En cualquier caso, el mal triunfa si el factor humano permanece impasible, se deja vencer por la desesperanza y rehúye de la verdad. El hecho de que las Naciones Unidas tributen y rindan testimonio sobre el horror, a mi juicio, es un argumento incuestionable para aprender y para inspirarse en acciones conjuntas y urgentes. Por consiguiente, defender la veracidad, proponerla con humildad, pero también con persuasión, testimoniarla en suma, me parece un buen impulso para el cambio. Por desdicha, aún no hemos aprendido a amarnos como especie, sobre todo lo demás. Amar es querer siempre el bien y trabajar junto a él por ese valor. Vale la pena el esfuerzo, sobre todo para que avance la historia de la familia humana, la misma comunidad de los pueblos y naciones. Creerse dominadores y autosuficientes ha inducido al ser humano a ser altanero, egoísta, y a pensar que la felicidad y la de los suyos, es lo fundamental y lo demás accesorio. Pienso, en consecuencia, que es bueno recordar. ¿Cómo puede un ser humano sentir tanto desprecio por una vida humana? Las actuales imágenes de tantos rehenes prisioneros, secuestrados por Estados intransigentes, nos dejan sin palabras. Les recordamos a todos, pero no con deseos de venganza o como un incentivo más al odio, sino para comprometernos aún más con la justicia.  Sólo un mundo ecuánime, equilibrado por sus ciudadanos, puede hacer parar tanto sufrimiento.

            El dolor humano es tan extensivo y cruel en el panorama actual, que si en esos momentos de tristeza nos mostramos cercanos, ayudamos a sobrellevar el sufrimiento mucho mejor. Naturalmente, inmovilizar, contener a cualquier injusto agresor, es tan lícito como preciso. Ahora bien, debemos tener memoria. Muchas veces, con este pretexto de paralizar al agresor injusto, las potencias se han adueñado de pueblos y han hecho una genuina guerra de conquista. Evidentemente, un solo país no puede determinar cómo detener a un indigno criminal en un orbe globalizado. Después de la Segunda Guerra Mundial, surgió la idea de las Naciones Unidas: es allí donde se debe dilucidar, y al fin decidir. Fue en la Carta de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de Derechos Humanos, donde se consagraron los principios de los derechos humanos para todos los pueblos del mundo.

            Y justamente este año, la conmoración del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, gira en torno al tema: "la libertad, la vida y el legado de los supervivientes del Holocausto", lo que nos hace pensar en los muchos fracasos en la prevención de genocidios, pero también en los muchos aciertos llevados a buen término para que las atrocidades sean cada vez menores. Efectivamente, nunca más debería ninguna persona tener que soportar la consternación que simbolizó el Holocausto. Con esta lección aprendida, sepamos, en efecto, que únicamente trabajando unidos podremos prevenir este repelente y mundializado delito, aglutinador de actos perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo humano, o a la misma especie, y poner término a la impunidad. Por otra parte, si educamos a las nuevas generaciones acerca de este terrible episodio de nuestra historia, estoy convencido que podremos ayudar a defender la dignidad humana de todos. Sin lugar a dudas, que sí. El factor humano, es cierto que lo puede salvar todo (o casi todo), pero de la misma manera lo puede devastar también todo (o casi todo). Alerta, pues.

Café de Levante

Por: José Antonio Cordoba



Recuerdo de pequeño un modesto local situado en las afueras de esta villa, gentes de la mar y del campo, de pescados y agradables caldos.
A mis ocho años, en mi camino  hacia el colegio del El Palmar, todos los días pasaba por delante de aquél local, no recuerdo exactamente cuando empecé a sentirme atraído por lo que se desarrollaba en su interior, -café- oía decir a mi padre, aunque evitaba hablar de él en mi presencia. Ya fuese al ir o al venir del colegio, y siempre desde la acera de enfrente, estudiaba cada detalle de su fachada. Un gran lienzo en madera clara, como de pino, dónde se apreciaban numerosos grabados, que representaban símbolos desconocidos para mí, un gran ventanal por el que se podía distinguir el interior, aunque un visillo a media altura daba cierta privacidad a sus clientes.
Una tarde que volvía de hacer un recado, pase junto a su puerta y por un instante oí el murmullo de su interior, aunque mis pies querían seguir, algo en mi quería detenerse. Parado frente a su escaparate y con la escasa altura para que mis ojos pudieran ver entre la parte baja del visillo y el marco de madera, contemplé mesas y sillas, casi todas ocupadas, y una larga barra donde se apilaban los hombres, con variopintas vestimentas.
Pasaron los años y, yo me hacía más asiduo a rondar las inmediaciones de aquel café, diez años, muy pocos aún para entrar allí, así que me quedaba en la puerta. Un día que mi padre se enteró me prohibió que los miércoles pasara tan siquiera por la acera de enfrente, pues decía que allí las gentes salían con la mente viciada. Pero mi insistencia, me ocasionó contar con un cómplice inesperado, mi madre. La buena mujer, con la excusa de hacer algún recado, me mandaba todos los miércoles a la Puerta de Jerez, claro está, que mi rumbo era otro.
Pronto y como si de un mendigo se tratase empecé a colocarme en la puerta, con la oreja casi pegada al cristal. Aquella puerta, era el Paraíso, dos grandes hojas de cristal con bellas mujeres pintadas en ellos, algo ligeras de ropa, todo embutido en dos marcos de madera oscura, donde resaltaban sendos tiradores de bronce, que al reflejarse el sol del atardecer sobre ellos deslumbraban a los transeúntes.
Al principio de mis tardes junto a aquellas puertas prestándole atención al murmullo, obtenía más frustración que beneficio. Pero con el tiempo, mis oídos parecían entrar en el local y centrarse en un lugar no muy lejano donde tenía lugar aquellas tertulias. Pronto aprecié una voz, la cual desde el primer momento que la escuché, llamó mi atención.
Cada miércoles –como decía mi profesor de inglés, ”Puntualidad británica, Sr. Córdoba”- asistía a aquellas tertulias.
Dos semanas, fueron lo que una buena gripe me mantuvo alejado de aquel café, más yo en mis delirios febriles pensaba en que dejaba una silla vacía, más en realidad sabía que nadie me echaría en falta.
Nunca se me olvidará aquel miércoles, tras las dos semanas de dolorida gripe, me vestí para ir a la calle a regañadientes de mi madre, que tras mi insistencia me enfundó en diversas ropas de abrigo, y tantas, que no las hacía en mi destartalado ropero. Pero ahí, estaba yo, caminado por calles casi en penumbra mientras me dirigía a mi sitio en el café, cuando me vino a la mente aquél personaje, al cual la voz del café se había referido más de una vez, ese tal don Quijote, o Hidalgo, como decía le gustaba de llamarlo. Me identificaba con él, en su locura, en su cabalgar por caminos, en la admiración por su Señora Dulcinea, hasta yo tenía mi Dulcinea, mi bendita madre, cómplice de mis locuras.
Al girar, la luz se hizo, el café iluminaba gran parte de aquella pequeña plazoleta, y el murmullo inundaba todos los rincones. Yo me encaminé hasta mi sitio, una pequeña sombra en la puerta que parecía crecer a la paz que lo hiciera mi cuerpo. Entre el murmullo escuchaba aquella voz recitar, era peculiar, fina, elegante, pausada, melodiosa y hasta simpática, pero sería y firme también, como alguna vez la había oído cuando llamaba al orden a alguno de esos contertulios, que pretendían rebatirle cosas alegando “he oído”, “me han dicho”… Esa tarde la voz del propietario del café también estaba presente como de costumbre, haciendo las mayorías de las veces de mediador.
La tarde se cernía dando paso a la noche, mientras el café se encontraba en su máximo apogeo, la gente que entraba y salía si reparar en mí, pequeño bulto a la sombra y castigado por el Levante. Apenas mis ojos eran lo único que quedaba a la vista bajo tanta prenda, miraba a la calle, y mis oídos escrutaban cada voz del interior del local. Así me hallaba, cuando la puerta se abre y unos lustrosos zapatos de charol negros, tan brillantes como los tiradores de la puerta, se colocaron junto a mí, podía distinguir –sin levantar la cabeza- unos pantalones gris claro, de esos que les decían “de mil rallas” –vamos, ¿alguien las habría contado? Me sacó de mi ensimismamiento el fogonazo de un cerillo al arder, aquel olor a fosforo seguido del aroma del  tabaco de pipa me presagiaba que posiblemente me corrieran de aquél lugar. Cuando agaché la vista los zapatos ya no miraban para la calle, ahora me miraban a mí, cruce de miradas, como si nos pudiéramos hablar. De pronto, la voz, aquella voz que siempre oía en el interior del café, ahora  me hablaba desde lo alto.
 –¡buenas noches, caballero!
No podía contestar, más era imposible que se dirigiera a mí.
-Mi nombre es Eduardo.
A la par que una blanca y elegante mano, se extendía ante mis escondidos ojos. Sin abrir la boca pues no me respondían los músculos, saque de un escondido bolsillo mi mano, enfundada en un viejo y desgastado guante de lana. Le respondí al saludo, pero en lugar de ello me abrazó la maño con cariño y me llevó al interior del local. Allí todos seguían a lo suyo. Ya junto a la mesa, desde mi anonimato contemplaba a los hombres, y ¡mujeres! –si mi padre, supiese de ello-.
-¿Traes algo bajo ese montón de ropa Eduardo? – En tono guasón le hablaba el dueño del café.
–Rafa-, después de aquel día supe de su nombre, aunque ya nos habíamos visto en otras ocasiones. Cuando me hice asiduo todos los miércoles en su puerta, pensó de un mendigo y me vino a hablar un día, tras explicarle el motivo que me llevaba a allí, pues me dejaba hacer, y más de una tarde de buen frío, me acercaba un culillo de moscatel para hacerme la estancia menos dura.
-Digan vuestras mercedes, que el mozo no ha querido a bien responderme de su linaje-, acusó Eduardo tomando asiento.
Las miradas me hicieron despojarme de todo el abrigo, quedándome solo con lo políticamente correcto. Con un hilo de voz, les indiqué que mi nombre era, José Antonio.
-Pues amigo José Antonio, aquella silla lleva dos semanas esperándote- me decía Rafa a la vez que me señalaba un lugar vacío en la mesa.
Tomado ya asiento, un camarero me acercó un caldo caliente, pienso que el frío lo llevaba impreso en los ojos, pero lo recibí como si fuera un día de Navidad.
Mientras disfrutaba del caldo, Eduardo puso ante mí un libro de gran tamaño –de esos que solo ves en las librerías, y que sabes que nunca estarán a tu alcance-, encuadernado en piel oscura, tenía bellas inscripciones en oro al igual que su caligrafía. Al depositarlo, lo abrió dejando ante mis atónitos ojos un lámina a toda página en blanco y negro, donde se apreciaba a un jinete alto y tan esquelético como su propio caballo, junto a él un hombre regordete cabalgaba sobre un borrico también generoso en grasas. Aparté la mirada y me giré hacia Eduardo, mientras éste me decía –¡amigo Sancho!- sus ojos llenos de bondad me miraban, a la vez que me hacía entender que volviera a mirar la lámina. Nuevamente repitió –¡amigo Sancho!-, a la vez que con su dedo índice daba unos suaves golpecitos sobre el lateral de la lámina, -nuestra vida, no es más, que la suma de ellos dos-
Tras un breve silencio, volvió decirme –José Antonio, unas veces seremos este hidalgo Don Quijote, y otras, su fiel escudero Sancho. Pero no olvides nunca que ellos son la imagen de nuestra personalidad!
Desde aquella tarde el chiquillo pide cada día al acostarse lo siguiente: ¡Ser de joven como Rafa Montaño, quien de caldos y ondas versa!, pero sin que éste primero se enoje, ¡de mayor quiere ser como el Quijote, de Eduardo Domínguez Lobato!, pues pretender ser este gran ilustrado, no sería pecado, más bien asesinato. Una abrazo a los dos, de un chiquillo, que os sigue y admira.

Para escuchar la mejor música de organo, como para vivir, Torre de Juan Abad

Por: Víctor Corcoba Herrero



A pesar de tantas experiencias de dolor que nos asedian por doquier rincón del camino, hay lugares verdaderamente emblemáticos, donde a poco que penetremos con el alma nos reencontramos con la poesía. Con demasiada asiduidad, portamos un corazón tan endurecido que precisamos volver a nuestra propia intimidad a interrogarnos. Un lugar idóneo para ello, se ubica en el Señorío de Quevedo, en "su aldea", en mi pueblo de adopción, y en el de todos aquellos ciudadanos que gusten de saborear los silencios, los más níveos acordes, o los mismos abecedarios del viento, acompasados por el paisaje del sol o el peinado de la luna. El paraíso del que hablo es un municipio de España, situado en el Campo de Montiel, en plena Mancha, y que no es otro, que Torre de Juan Abad, para mí la Torre de mis añoranzas y desvelos. Aconsejo que lo visiten en cualquier momento, y comprenderán que no exagero, pues hasta sus moradores (Torreños) son personas de espíritu abierto, sencillas e ingeniosas, acogedoras porque saben lo que es amar, y a la vez, imaginativas porque saben no sólo mirar, también saben ver con otros ojos el perfume de nuestros diarios existenciales. Al fin y al cabo, la vida no es otra cosa más que un deseo de vivir armónicamente.

            Torre de Juan Abad también es reconocida y ensalzada por sus únicos y apoteósicos ciclos internacionales de Órgano, todos ellos celebrados en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Olmos. Precisamente, acaban de editar un recopilatorio del pasado año (el XIII), una auténtica joya de buen hacer y mejor decir a las alabanzas del Creador. Felicidades a sus organizadores y colaboradores. Un trabajo espléndido de montaje y dirección a cargo de Manuel Carcelén Montes, con la grabación en directo de Luis Manuel Ginés Guijarro y aportes fotográficos de José María Lozano y Carlos Villar. También las históricas fotos son de un encanto increíble. Bajo la dirección del festival, Urbano Patón Villareal, y todo el pueblo unido a los augustos muros del templo venerado, en donde convergen la piedad y la admiración de los muchos visitantes que vienen a llenarse el espíritu de expresiones tan puras como místicas, no en vano su histórico órgano está considerado entre los ocho mejores instrumentos europeos, donde visiblemente se advierte el pulso de lo trascendente y donde se hallan incomparables expresiones de genialidad, aquí, decimos, es natural que la música -la más espiritual de las bellas artes- aporte su sosiego, su armonía, su gozo y hasta su misterio. Aquí, digo, en mi Torre amada, el alma se empapa de quietud, y la llama del afecto es tan profunda, que uno siente llorarse por dentro de emoción. Todo el mundo llega a ser una verdadera sinfonía, respetuosa con la diversidad de visitantes y autóctonos, a los que les une las divinas armonías para expresar los sentimientos de gratuidad y gratitud. Desde luego, no hay en otros sitio de España, lugar mejor para escuchar música de órgano, sobre todo para embellecerse de vida.

            Por sí mismo, este instrumento de Torre de Juan Abad, todo él original desde su construcción por Gaspar de la Redonda en 1763, es una auténtica pieza de museo. A esto hay que sumarle sus extraordinarios ciclos de conciertos, de una pureza artística que nos traspasa hasta llenarnos la mente de un lenguaje casi celestial, elevándonos fuertemente a las cosas más altas, a Dios. Lo decía en uno de mis versos: "En Torre de Juan abad el órgano no cesa de elevar/ sus plegarias al Creador, cuando no hay manos para tocar,/ son las manos de Dios las que estremecen el corazón" . Hace bien el pueblo en hacer resonar este hermoso culto por la estética del ritmo musical, por fomentar estos inmaculados conciertos, por activar la gran variedad de timbres que tiene este singular instrumento, capaz de dar resonancia a todos los ámbitos de nuestra propia existencia. Inevitablemente, escuchando el recopilatorio de Conciertos 2014 me ha recordado, de algún modo, la inmensidad y la magnificencia de este pequeño pueblo apiñado a los numerosos tubos y registros, tanto es así, que todos forman una unidad junto a Dios. En todo caso, pienso que cuanto más nos dejemos transformar por este tipo de músicas y de hábitats, tanto más seremos capaces de transformar también el mundo, irradiando la armonía con la que todos soñamos. Nos hace falta.