sábado, 27 de diciembre de 2014

¿Saben ellos que es navidad?

Editorial 136



Así, de este manera se tituló un villancico que en aquellos años de los 80 protagonizaron algunas de las bandas y solistas más populares de la época. Era la época de los macro conciertos y la idea era demostrar que no se trata de un pensamiento de paz y felicidad en cierta época del año sino para siempre. Para el que pasa hambre ¿Qué más da que sea navidad?
Y es curioso porque, a pesar de ser popularmente conocido que Jesús no naciera un 25 de diciembre, mucho hablan de estas fechas como un tiempo en donde se reúnen las familias y se tienen buenos deseos para con el prójimo. Pero ¿y el resto del año qué? ¿Por qué desaparecen esos buenos deseos? Para los que sufren ¿no desearían ellos de que estos fueran más allá de la navidad?
Veremos en estos días cientos de actos multitudinarios, banquetes solidarios, zambombas, pasacalles cuyo fin es ayudar a los demás. O quizás solo sea una excusa más para algunos de estar de fiesta, que es para lo que a muchos se ha convertido la fiesta navideña. Paseos por los grandes almacenes (estos si que hacen todo el año navidad) comidas de empresas, con borracheras incluidas, la celebración familiar de la nochebuena muy a menuda acompañada de riña familiar, la entrada del año nuevo con sus doce uvas y sus doce deseos seguido de su respectiva resaca vete a saber en que cama; y los reyes, todos compitiendo por hacer un regalo mejor para alegría del niño (y del que hizo el regalo) Pero ¿y los que no tienen ¿saben ellos que es navidad? Puesto que en esto es en lo que se ha convertido la navidad, no en una celebración de buenos propósitos sino en una demostración vanidosa de lo material.
En estos días, de una celebración que no es tal puesto que Jesús no nació tal día como hoy ¿podemos imitar su buena voluntad? “Gloria en las alturas a Dios, y sobre la tierra paz entre los hombres de buena voluntad”. (Luc.2:14)

¡Que en verdad reine la paz!

Por: Vïctor Corcoba Herrero



Una vez más, como siempre, la luz y los buenos deseos invade nuestros caminos. Parece como si todo se volviese más corazón. Ojalá fuese verdad. Nuevamente nos conmueve que tantos seres humanos sufran la tremenda soledad de la desesperación. Podíamos ser uno de nosotros. Cuántas veces regresamos a nuestro propio hábitat, y nuestra misma especie, nuestro misma familia, tampoco nos reconocen. Por desgracia, para las cosas más importantes no solemos tener tiempo. Nos piden auxilio y proseguimos sin apenas prestar atención. La indiferencia y la frialdad nos domina. La metodología de nuestro pensar está planteada para que nadie piense sobre sí y mucho menos sobre los demás. Esta es la grave cuestión. La mentira con la que nos han cebado el alma. Andamos ocupados en mil historias que nos conducen a una tragicomedia permanente, donde nadie existe para el otro, donde nadie conoce a nadie, donde nadie se interesa por nadie, porque nos hemos llegado a creer que somos nuestros exclusivos dioses, independientes, sin necesidad de ayuda, autónomos y egoístas, de modo que ya no queda espacio alguno para la reflexión. Sólo nos afanan las cosas tangibles, el éxito y el triunfo de nuestros proyectos individuales. Realmente continua sin haber posada para esta otra humanidad que lucha por vivir, que transita de acá para allá con la cruz de la exclusión, mientras otros derrochan todos los bienes de la tierra como si fueran de su pertenencia exclusiva.

                Indudablemente, tenemos que abrirnos al intelecto, de manera que podamos divisar los alrededores. Nada es lo que parece. Convendría tenerlo más en cuenta. Quizás tengamos que conocernos más nosotros mismos desde la profundidad del ser humano, sólo así podremos explorar y entender ese otro mundo que sufre el abandono nuestro, la marginación más desmedida, ante el gravísimo deterioro mundial de los derechos humanos. Los grandes grupos económicos dominan el planeta a su antojo. También los grupos armados manejan a la ciudadanía a su capricho. La lucha por sobrevivir no es fácil para muchos seres humanos. Obviar esta plaga de crueldades nos lleva a la penuria más horrenda. Es hora, pues, de tomar conciencia de pertenecer a una misma especie, con lo que eso conlleva de vínculo familiar. Sin duda, cuesta entender ese afán dominador de unos contra otros, esa conciencia viperina capaz de intoxicarnos el recto raciocino, avivando la discordia y el desconcierto. Por supuesto, sí en realidad queremos fomentar la armonía, tenemos que propagar un pensamiento muy distinto al actual. La concordia, en un mundo globalizado como el presente, nace de las pequeñas cosas, de la comprensión de todos y de cada uno de nosotros, pero allí donde la avaricia y la zancadilla están a la orden del día, difícilmente puede reinar alianza alguna.

                No es tiempo de retroceder, lo sabemos, ha de ser tiempo de avances, de moverse en la moderación, de activar los buenos deseos de la paz pero sin esclavitud, de nadar en el equilibrio poniendo en el horizonte la autenticidad como bandera y el esplendor de esa verdad como símbolo. Sólo así, y únicamente así, podremos cosechar el verdadero bien de la alegría planetaria. Por encima de todos los poderes ha de estar el hermanamiento para que brille esa nívea luz de alma navideña. No lo olvidemos, el puro esplendor nace de la bondad del ser humano. Vemos lo que somos y somos lo que a veces no queremos ver. Pura contradicción.  Un mundo en tinieblas. Que precisa como nunca meditar sobre la realidad del Niño-Dios. Evidentemente, hemos de despojarnos de lo material para llegar a lo esencial de la persona, para cambiar la propia humanidad. Todos está en nuestras manos, en nuestro corazón. Que en verdad reine la paz, el consuelo en cada mirada, el arrepentimiento, para ayudarnos a reencontrar como los pastores, aquella estrella, que también hoy viene de nuevo entre nosotros, y tal vez no la divisemos confundidos como estamos de tantas miserias humanas que nos circundan, dejándonos sin aire para alegrarnos.

                Es necesaria la alegría, aquella que mana de tener una buena conciencia, que se tiene cuando trabajamos en espíritu armónico con el cosmos, con el violín del espíritu y las entretelas del perfume navideño, cantando al Niño con el instrumento de humanidad que todos portamos en el alma. Con razón, este sublime gozo es la juventud eterna del espíritu, el más perfecto don de la naturaleza. Algo que inspiró al inolvidable filósofo y escritor indio, Rabindranath Tagore: "Dormía..., dormía y soñaba que la vida no era más que alegría. Me desperté y vi que la vida no era más que servir.... y el servir era alegría". Ciertamente, en ocasiones sobre la tierra parece que no hay más que dolores, de ahí la importancia de dar vigor a un espíritu de bondad, de bien, o lo que es lo mismo, de comprensión hacia la diversidad y hacia uno mismo. Porque la gloria del Niño-Dios, de aquella estrella de Belén, es el ser humano viviente; y también la vida del ser humano es la visión del Creador. Todo se conjuga en un poema perfecto, en un poema interminable, en una solidario poema de amor en su más alto cénit de pureza. Este es el mensaje a considerar, tanto para los no creyentes como para los creyentes, o para quienes la Navidad es como un dulce rayo de esperanza y consuelo, porque en el fondo, todos buscamos la piedra filosofal que nos convierta en poesía. Yo creo que debemos simpatizar siempre con la poética de la existencia, pensemos que un corazón gozoso hace tanto bien como la mejor complacencia.

                Por consiguiente, impulsemos que en verdad reine la paz en el corazón de cada uno, para entrar de lleno en la atmósfera de los encuentros, lo que significa un corazón de amor, capaz de amar y de percibir la humildad como señal de acercamiento. Necesitamos transformarnos, renovarnos, convertirnos en personas humanas, en seres liberados de tantas cadenas mundanas. Este espíritu navideño nos pone alas para que así sea. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo del tiempo, el recuerdo del Portal de Belén, del canto de los ángeles, se ha convertido también en un renovador clima de regocijos. Es la hora de los villancicos, de las palmas y zambombas, de hacer nuestro el poema de la Noche Santa, o de la Buena Noche, o de la Noche Buena: "paz a los hombres que Dios ama" o "paz a los hombres de buena voluntad". En cualquier caso, el amor de Dios que nos precede, que jamás nos abandona, a pesar de nuestras caídas, es el artífice de un abecedario nuevo en un mundo viejo. Brindemos por la luz que vieron los pastores, para que nos ilumine en reencontrarnos con nuestra misma especie y, de este modo, ser capaces de repensar sobre un horizonte pacifista. Desde luego, la prueba más clara de haber hallado el camino es una alegría imborrable, que está en el inconfundible origen de toda creación. A lo mejor el vínculo que nos une no es tanto de sangre, como sí de respeto y de alegría compartida. Profundicemos en ello.  ¡Gozosa Natividad!. Bienvenido a un corazón de luz. ¡Viva el verso!. ¡Amanezca el verbo!.

¡Ya es navidad!

Por: Manuel Pérez Cuadrado "El Pere"



Como todos los años, celebramos la navidad y conmemoramos el nacimiento del mejor de los nacidos, Jesús de Nazaret.  Después de 2014 años, aún no sabemos con seguridad donde nació Jesús, mejor dicho, en que lugar de Belén nació Jesús.
No voy a dedicar este escrito a su vida, porque en general  lo conocemos, pero si diré que su mensaje que nos trajo al mundo entero, desde el pasado al presente y el futuro, consistía en amor y paz. ¡Que maravilla! ¡Paz y amor! Estas maravillosas frases solo están en los escritos, en la vida real es otra cosa. En la práctica es el poder y el dinero las que mueven al mundo.
Navidad, reunión de familia, abrazos, besos, cariño, hermandad, solidaridad, amor y sonrisas, tanta unidad es lo que deseamos y lo que tanto queremos. Pero ¡que horror! Matamos por poder, por dinero, por el odio actual entre unos y otros, si solo hace falta fijarse en los partidos de fútbol, un deporte solamente, y algunos matan por ello.
La navidad es el sentir de aquello que llamamos corazón. Un órgano que tenemos en nuestro cuerpo y que nos hacen distinguir entre el bien y lo malo, y que en estas fechas    es cuando nuestro corazón debe de latir con sabiduría y superar el bien del mal.
En el mundo en el que vivimos, mandan seres que no tienen corazón, son como maquinas “tragaperras” a los que solo les importan el poder y el dinero. Pues todos ellos deben de saber que hemos nacido y que todo ese poder y todo ese dinero se irán con su cadáver. Todos llegamos pero también nos vamos.
Pero entre ellos y nosotros hay diferencias, y por eso estos que nos gobiernan que carecen de corazón son el mal del mal. Por eso son estas fechas de considerar y diferenciar estas normas que son las que deben de ejemplarizar la vida por lo general en todo el mundo. Debemos de ser felices y debemos de amar a todo lo existente mientras estemos en la vida y que los gobiernos se dejen de crear paraísos fiscales y amontonar en ellos el dinero que roban de la economía mundial.
¿A cuantos niños les falta la comida? ¿Cuántos ancianos no tienen donde vivir? ¿Cuántos sufrimientos en desahucios, parados, sin techo, etc., etc.? Los dineros están para quitar las miserias y por derecho, los gobernantes están obligados a que la vida sea de todos y para todos los seres del globo, y que se dejen de robar, devuelvan los dineros, y que sean seres con corazón ¡que estamos en navidad!

Antianiras IV

Por: José Antonio Córdoba



El resto del camino hasta Palestina, no estuvo exento de enfrentamientos con los que ustedes llamáis, sarracenos, -comentaba Iscales- nada que los hombres de mi padre no pudieran repeler. Ante la imagen lejana de la ciudad fortificada de Acre, tropas cristianas salieron al encuentro de la columna de peregrinos, caballeros del Hospital y hermanos nuestros les dieron escolta hasta la ciudad. Allí mi padre fue requerido ante el Senescal del Temple, ya con un intérprete, se acordó de que los caballeros Darmatas, marcharan hasta la ciudad celestial, para presentarse ante el Rey, pero sobre todo, ante el Gran Maestre, Odón de san Amando.
La recepción se llevó a cabo en el Al-Aqsa, la Casa del Temple en Jerusalem. Desde aquel día, los descendientes directos de aquellos caballeros Dármatas, cumplimos con el juramento que entre caballeros se selló aquél día. En nuestra tribu hombres y mujeres combatimos en igualdad de condiciones, algo que no sucede así en vuestras culturas, por lo que nuestra caballería permanece independiente a la Orden, en lo que a vuestros votos se refiere, ya que en ningún momento profesamos.
Al igual que mis caballeros, permanecía atento a las explicaciones de Iscales. Me sorprendía además la cultura que demostraban estas mujeres, pero había algo que no acababa de comprender, como sin profesar los votos vestían las ropas de Caballeros de la Orden, mi curiosidad -algo que ya me había acarreado alguna que otra llamada de atención, por parte del Senescal- me llevó a preguntarle: ¿cómo vestís las mismas ropas que nosotros, si no profesáis los votos? Iscales se encogió de hombros, y se limitó a explicarme, que eso formaba parte de aquel juramento, y que ellas, lo habían renovado hacía apenas tres años.
Los días pasaron, y llegamos a la Casa Madre en París, allí descansamos un día completo. Para después partir con el nuevo contingente de Caballeros para los Santos Lugares.
Al cabo de un mes había tomado bajo mi mando a este grupo de intrépidas mujeres, ellas eran las Damas del Temple, y eso precisamente era algo que no les faltaba temple. Y de esta manera, es como aquella tarde  nos encontrábamos preparándonos para partir hacia esa nueva misión. He dicho, tomado bajo mi mando, pero tenía la sensación de que lo hicieron por no herir mi orgullo, pues ya he dicho que parecían conocer todos mis pensamientos, algo que a veces me preocupaba.
No muy lejos de donde nos encontrábamos, andaba preparándose para la misión el mensajero que en ningún momento se había dirigido hacia nosotros.
La oscuridad tomaba el horizonte de oriente del este, mientras por el oeste tras el más se ocultaba ya la escasa claridad que el sol dejaba en su marchar.
Aunque parezca mentira, nos habíamos especializado en llevar a cabo misiones ciertamente clandestinas, y esta se presumía otra más, aunque me preocupaba el tono del Senescal, había preocupación en sus palabras tranquilas y pausadas.

Repensar o recapacitar para permanecer

Por: Víctor Corcoba Herrero



El ser humano necesita pensar, repensar o recapacitar sobre su distintivo valor en un mundo globalizado. Este es el primer deber que ha de considerar cada ser humano, habite donde habite y sea de la cultura que sea. Está en juego la continuidad de la propia especie, la natural familia humana. De momento, algo no funciona, y esto es grave, yo diría que gravísimo. La realidad es bien negra para algunos. No puede haber personas sin acceso a ganarse el pan de cada día, y a poder ganarlo con dignidad. Tampoco puede haber personas oprimidas, esclavas de determinados poderes corruptos, sin camino para poder huir. De igual modo, no puede haber personas que valgan menos que una ínfima cosa y no encuentren corazón que entienda de su agonía. Podríamos seguir mostrando la multitud de calvarios que cohabitan con nuestra época. Basta ya de limosnas sociales, el planeta precisa con urgencia una actitud de cambio, de búsqueda de nuevos caminos más justos y equitativos. Todo estos desajustes tienen un nombre, en lugar de pensar desde la riqueza hay que reflexionar desde la pobreza, ponerse en el lugar de los que no tienen voz y escucharles, invitarles a participar con sus propias palabras para poder salir de las tinieblas. Reconozco que no me interesan para nada, aquellos organismos que ciegos continúan con los mismos despropósitos. Todo ciudadano tiene que tener la posibilidad de vivir dignamente, y mientras esto no suceda y no pueda intervenir activamente en el bien colectivo, carece de interés cualquier proyecto.

                Debemos volver al pensamiento aglutinador de la especie en su totalidad, como auténtica familia humana, y como tal debe ser articulada y pensada.  Nadie puede ser más que nadie en dignidad, tampoco en deberes ni en derechos, hay que retornar a la centralidad del ser humano, repensando (y recapacitando) en un modo de coherencia y de valor social. La solidaridad, pero entendida como ventana de auténtico amor, debería ser el abecedario universal de todos los pueblos, de todas las naciones. No se trata de dar migajas, sino de cooperar todos junto a todos, por hacer un mundo más hermanado. Esta es la llave. Por desgracia, cuando se pierde el respeto por el ser humano cualquier atrocidad es posible. En cualquier caso, hemos de aceptar que la responsabilidad es compartida, y que no se puede cambiar nada en solitario. Por ello, sería saludable que, coincidiendo con el día internacional de la solidaridad humana (20 de diciembre), activásemos, cada cual desde donde se encuentre, los esfuerzos precisos para modular otro futuro más equitativo, dejando a un  lado la siembra de palabras huecas, e impulsando un valiente compromiso de promover un futuro humano para toda la humanidad. No podemos quedarnos tranquilos ante un viejo mundo, que continúa predicando con lenguaje mezquino e insolidario, dejándose mover por los que lo tienen todo.

                Personalmente, me niego a moverme en este clima de desigualdades que dicen muy poco de la ciudadanía solidaria. Prolifera la degradación, la falta de horizontes para algunos, mientras otros nadan en la abundancia. Si en verdad cultivásemos la solidaridad planetaria, o lo que es lo mismo  la inclusión y la  justicia social, el mundo sería otro, al menos más armónico y armonioso. Hay que decidirse y hacerse con una actitud más fraterna, de manera que aquellos que sufren, o los que menos se benefician, obtengan la incondicional ayuda de los más beneficiados. No es de recibo entregar migajas. Si en verdad queremos propiciar un acto de amor, hemos cuando menos de predisponernos a donarnos sin esperar recompensa alguna. No es cuestión de convertirnos en meros asistentes, sino en auténticos hermanos con lo que ello significa de encuentro y de compartir. Convertir al ser humano en una ganancia más, como hasta ahora se concibe, es destruirlo como ser pensante. De ahí la importancia de repensar (y recapacitar) sobre una nueva época, donde las barreras del individualismo den paso a un camino de apertura donde todos los humanos contemos por igual. Nuestro valor es inmenso, pero en su conjunto. Antaño nuestros progenitores nos educaban en el valor de lo que recibimos y tenemos,  quizás hoy tengamos que reeducar en el repensar de tantas paradojas vivientes. A veces me pregunto: ¿Para qué tanta institución que no resuelve nada?. A lo mejor ese dinero, que sustenta el entramado institucional, habría que repartirlo entre aquella gente que ha de abandonar su propia tierra para poder subsistir en otro lugar. Es cuestión de priorizar, y por siempre debe de prevalecer el ser humano. Así de claro y así de sencillo.