sábado, 27 de junio de 2015

Entre las torturas y las cadenas

Por: Víctor Cotrcoba Herrero



A veces tengo la sensación de que somos una especie atormentada; puesto que nos movemos entre la congoja de un porvenir que no solemos alcanzar, a través de un pasado que nos encadena cuando menos como linaje y, en demasiadas ocasiones, con un cúmulo de despropósitos. Y, aunque la prohibición de la tortura es absoluta en todo el mundo, lo cierto es que cada día son más los que huyen de la violencia y la persecución. En efecto, son muchos los seres humanos que precisan recuperarse y recobrar su dignidad, poder ser ellos mismos, sin más cadena que el tronco que nos encadena como ciudadanos del mundo. Por supuesto, la cautividad de dolor y sufrimiento no cesa en ninguna parte del planeta, sobre todo en el contexto de los continuos y permanentes conflictos armados. La proliferación de crisis humanitarias, extendidas como jamás, debe hacernos reflexionar. Por tanto, sería saludable que, coincidiendo con el Día Internacional de las Naciones Unidas en Apoyo de las Víctimas de la tortura (26 de junio), la familia humana prestase una más efectiva asistencia psicosocial a todos los colectivos torturados y, de este modo, lograr que todos los países otorguen reparación a sus martirizados, pues, aunque existe un marco jurídico amplio para la lucha contra todo tipo de torturas, no siempre está asegurada la protección, y aún menos, la asistencia al torturado.

            Por otra parte, tan importante como permanecer activos en el auxilio, es no ser ciegos para poder alzar la voz ante el aluvión de actos de tortura. De un tiempo a esta parte, hemos de reconocer que la inhumanidad nos ha degradado como sujetos pensantes a límites insospechados. La deshumanización, de no cesar este diluvio de prácticas crueles, será generalizada en los próximos años. Por eso es de esperar que se retomen, con urgencia, diálogos serenos y sinceros para que las convenciones no pierdan su cátedra de autoridad, y se pueda fomentar el consenso de toda la comunidad internacional, ante la protección efectiva de los valores esencialmente humanos de la ciudadanía. En este sentido, nos alegra que la Asamblea General de Naciones Unidas acabe de adoptar una resolución que declara el diecinueve de junio como Día Internacional para la eliminación de la tortura de violencia sexual en los conflictos, con la intención de generar conciencia al abordar este flagelo. En consecuencia, es un acto meritorio que la Misión de Argentina ante Naciones Unidas patrocinase tan importante resolución, porque sin duda se está contribuyendo a cimentar una cultura cuando menos de sosiego. A propósito de esto, Cristina Perceval, embajadora de ese país ante la ONU, ha puesto el acento en buscar soluciones concretas para miles y miles de seres humanos, mayoritariamente mujeres, niñas y niños, víctimas del odio y la intolerancia, de la crueldad de distintas formas de violencia, en esta ocasión de la violencia sexual utilizada en conflicto como arma de guerra para humillar, dominar, someter y degradar nuestra humana dignidad. Ojalá sus palabras nos hagan meditar. A mi juicio, el ser humano no se da cuenta de cuánto puede hacer, más que cuando realiza propósitos, delibera, imagina y proyecta que otro mundo es posible.

            Realmente son tantas, y tan persistentes, las cadenas que nos torturan hasta destruirnos, que el valor del ser humano apenas vale nada en los circuitos del poder corrupto. De ahí, que reintegrarse a la vida cotidiana después de sufrir torturas de todo tipo sea cada vez más complicado y, subsiguientemente, nunca podrán justificarse este tipo de penas sanguinarias, feroces, independientemente del modo en que se manifiesten o produzcan. El ser humano es único, irrepetible, singular por sí mismo, y como tal, hemos de eliminar esta repugnante lacra de prácticas deshumanizadoras. Realmente nos llama la atención la debilidad de la reacción política internacional ante este abundante caudal de torturas que nos asalta. Resulta curioso ver como algunos países todo lo justifican, luchando por no reconocer lo que verdaderamente se conoce, posponiendo las decisiones significativas, actuando como si nada ocurriera. Sin embargo, investigaciones de Amnistía Internacional indican que agentes de policía y miembros del ejército utilizan sistemáticamente la tortura para obtener información y confesiones, para castigar y agotar a las personas detenidas. Mal que nos pese infinidad de seres humanos de todos los continentes se juegan la vida a diario luchando contra las torturas, contra la mismas cadenas de la muerte, y su degradación total.

            Ciertamente, cuesta entender que aún no marchemos unidos en la lucha contra la tortura y la sinrazón más salvaje. Así, resulta complicado de concebir, que el suplicio bajo custodia continúe endémico en muchas naciones y los esfuerzos por llevar a los responsables ante la justicia sea sumamente dificultoso. De igual modo, también nos resulta doloroso, que una gran parte de los humanos acepten el uso de la tortura y otros hechos degradantes, como respuesta a los altos índices de delincuencia violenta. Asimismo, en algunos pueblos siguen permitiéndose castigos tales como la flagelación y las investigaciones sobre el uso de la tortura son casi insólitas. Además, en todos los rincones, y sustancialmente en los países que han vivido la caída de gobernantes que llevaban largo tiempo en el poder, se percibe un sentimiento de frustración por la lentitud de los cambios, en cuanto a otro clima más sosegado y de menos venganzas. Naturalmente, ante esta bochornosa situación deberíamos recalcar y reclamar, igualmente, la inequívoca y absoluta prohibición de cualquier trato inhumano, cruel o degradante, sabiendo que la espiral de la violencia sólo la frena la reconciliación de unos para con otros.

            Todo este ambiente de contrariedades me lleva a propiciar el siguiente deseo: Tenemos que aprender a vernos como hermanos y a vivir como familia. Ahora bien: ¿Quién es libre para empezar a hacerlo?. Quizás el que sepa dominar sus impulsos, el que busque sus tiempos y sepa profundizar en lo que somos, el que rompa con las cadenas de este interesado mundo, aquel que confíe en su propia conciencia y sepa pulir las aristas de su carácter. No olvidemos que cada uno de nosotros tiene en sí una identidad personal, que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto. Indudablemente, para desterrar esta existencia que nos deshumaniza, hemos de apostar por un pensamiento diferente, por otros programas educativos, por otro sentido de la vida y de la convivencia. Para ello, tal vez tengamos que propiciar esa ecología humana que nos haga sentirnos diferentes, y así, poder ser capaces de confinar para siempre esa violación gravísima de los derechos humanos, entre los que se halla la tortura, o cualquier aberración horrenda de la conciencia humana.

            En relación a esto, la nueva encíclica del Papa Francisco, puede servirnos de orientación, puesto que establece la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno. La dignificación del ser humano y de su hábitat aún queda por conquistarla. No perdamos más tiempo y establezcamos un mundo para todos y todos para un mundo más ligado al bien colectivo. Hoy, sin duda, es una exigencia ética fundamental. Pasemos, por consiguiente, de la moral de los principios al proceder de las responsabilidades. Al fin y al cabo, seamos conscientes, de que somos los auténticos responsables de cuanto acontece en este planeta. No tiremos la piedra y escondamos la mano, por favor.        

Dios nos estremece en el amor

Por: Víctor Corcoba Herrero



Tras este tormento en el que muero cada día,
me reencuentro con el verbo y la palabra,
con la voz del niño que jamás abandoné,
con la invencible ternura de sentirme
en los brazos de Dios, rodeándome de paz.

Lo cierto es que ahora me siento más verso,
saber que Dios me asiste en las ciegas noches,
observar  que Dios va conmigo a todas partes,
sentir que Dios me acoge con los brazos abiertos,
con espíritu conciliador, con alma reconciliada.

Ahora que alegría, qué gozo más vivo,
poder respirar sin miedo y recrearme sin dolor,
sentir que Dios me vive y se desvive conmigo,
concebir su silencio, pensar que me escucha,
y hasta poder recogerme sí me siento náufrago.

No me abandones mi Dios, despiértame
para siempre,  hazme imaginar tu  paraíso,
soñar tu sueño, meditar sobre tu soledad,
crecer por dentro hasta fundirme en ti,
para que al derretirme quede cautivo del amor.

Como el Creador yo también quiero vivir
en el amor, para amar sin otro abecedario
que el donarme; y también quiero morir
en el recuerdo, para recordar lo recibido.
Y así, sé que me hallo porque Dios me alienta.

domingo, 21 de junio de 2015

Tenemos las más altas cotas de miseria

Por: Víctor Corcoba Herrero




A veces pienso que siempre hay que morir un poco para despertar, para salir de nosotros mismos, de nuestros egoísmos, de nuestro bienestar, y poder abrazar así la auténtica solidaridad con nuestros semejantes. Este es el genuino horizonte a conquistar. Verdaderamente desconsuela una existencia sin perspectiva. Frecuentemente, además, nos perdemos con apegos materiales como si este paraíso fuese eterno, cuando lo importante es vivir donándonos. Más de una vez andamos por la vida endiosados, pensamos que somos poderosos, que lo sabemos todo, y cuando nos derrotan se nos viene todo abajo. Bien es verdad que el egoísmo nos puede, que el orgullo nos domina y la estupidez nos encandila. No hay cristales de más aumento que nuestros propios ojos cuando nos miramos hacia dentro. Deberíamos corregir esto pacientemente, y caminar más despojados, más con actitud de servicio.

            En ocasiones, ciertamente, se necesita una buena dosis de paciencia para soportar las desigualdades, las calumnias, las enfermedades, los atropellos; pero al fin, creo que vale la pena no sentirse ofendido y mostrar un espíritu conciliador. Sabemos que las regiones de América del Norte y Asia-Pacífico han incrementado el mercado de ricos y, que esta última zona recupera el primer lugar en población de alto patrimonio; sin embargo, tenemos las más altas cotas de miseria material, puesto que cada día cohabitan con nosotros más pobres, pero también hay una miseria moral que nos convierte en cautivos del vicio y prisioneros de todo tipo de corrupciones, y hasta una miseria más espiritual que nos golpea cuando nos alejamos unos de otros y, en lugar de amor, fabricamos odio e intereses. Naturalmente, no se puede ser más mísero, cuando el poder, el lujo y el dinero, se antepone a la exigencia humana de una distribución equitativa, a la sobriedad y al compartir para que todos nos sintamos bajo ese clima armónico que, absolutamente todos nos merecemos, por el simple hecho de ser personas. 

            Debido a este incremento de miseria humana, todo se degrada, hasta la misma tierra productiva. Según Naciones Unidas, alrededor de quinientos millones de hectáreas podrían rescatarse de forma eficaz en lugar de ser abandonadas. No olvidemos que esta degradación también contribuye a generar una cuarta parte de los gases de efecto invernadero que están calentando el planeta. No me extraña, pues, que un líder mundial como el Papa se afane a través de una encíclica sobre la protección del medio ambiente, en pedir responsabilidad ante un mundo en destrucción. Se ha dicho que la única tristeza es no ser santos (L.Bloy); podríamos decir también que hay una señera miseria, la de no vivir como hijos del amor y, por consiguiente, hermanos de corazón. El día que la humanidad se sienta como una familia unida e indivisible, habremos progresado en la auténtica riqueza, en la de sentirnos, ciudadanos del mundo. De lo contrario, esta misma humanidad morirá por sí misma, entre la desesperanza y el aburrimiento, entre el rencor y la venganza, entre el todo y la nada en definitiva.

            Desde luego, hay una manera de contribuir a nuestra propia protección, y es la de no encogerse de hombros ante nada, ni ante nadie. Por ello, quizás tengamos que avergonzarnos de nuestra pasividad, de nuestro dejar hacer, obviando que todo lo que le ocurre a un ser humano, por lejano que nos parezca, no debe resultarnos ajeno a nosotros. Es hora, por tanto, de establecer un final para las contiendas y un principio para el amor. Evidentemente, tenemos que dejar de sembrar dolores, poniendo en práctica la instrucción de obtener lo mejor de cada cual. "¿Qué otro libro se puede estudiar mejor que el de la humanidad?", como se interrogaba el pensador indio Mahatma Gandhi. Con esta interpelación, cada uno consigo mismo, tal vez deberíamos ser más compasivos, más habitantes en guardia, más humanidad en común, reconociendo que los niños son los continuadores del linaje, y que nosotros hemos de ejemplarizar nuestras acciones con vistas a su enseñanza. No es fácil, lo decía el mismo fundador del Budismo: "Para enseñar a los demás, primero has de hacer tú algo muy duro: has de enderezarte a ti mismo". En consecuencia, para empezar a enderezarnos, sospechemos de aquella generosidad que no cuesta y no duele.

sábado, 20 de junio de 2015

El sitio (IV)

Por: José Antonio Córdoba


Ella en completo silencio y casi con gestos de ritual, abrió la puerta, una oquedad  oscura quedaba ante sus ojos, por lo que el caballero volvió al centro de la terraza y de la hoguera extrajo una hacha llameante. Deshizo el camino andado dirigiéndose hacia el hueco oscuro que le presentaba la anfitriona y por el cual le invitaba a pasar.

─¡Acercaros caballero!, en esta sala se haya la razón de ser de este lugar, ─le indicaba la mujer.

Él, casi como quien va a saltar a al vacío se acercó hasta el dintel de la puerta, y mientras accedía al interior le dirigió una mirada a su improvisada guía, pero solo encontró bondad en sus ojos y tranquilidad en su rostro.

Una luz pobremente anaranjada apenas iluminaba de la oscuridad de aquella sala, lo justo para dar unos pasos sin tropezar. Él se limitó a recorrer la pared que tenía a su derecha observando un muro frío y sin decoración alguna,  por lo que decidió encaminase al centro de la sala, ¡nada, allí no había nada!, pensando en una posible celda, buscó la puerta, pero esta seguía abierta y al contraluz de la noche se recortada la figura de la mujer. Dio unos pasos hacia ella y al iluminarle el rostro esta miraba fijamente al frente, a la espalda de él, como si su presencia no fuera obstáculo alguno para su mirada. Así que se dio la vuelta y caminó hacia la pared que la mujer miraba tan fijamente, mientras pensaba lo poco que ésta podía ver debido a la oscuridad, pero aun así, ella seguía mirando algo fijamente.

Parecía que la sala engañaba en dimensiones, pues parecía más larga que ancha, en estas cavilaciones caminaba cuando ante sus ojos y como si de un espectro fantasmal se tratase, una tela blanca se movió por alguna corriente de aire, por lo cual el juego de luces y sombras lo dejó petrificado. Avanzó con cierta prudencia, o quizás temor, y ante su rostro se iluminaba un colosal blasón, uno bajo el cual había combatido en innumerables ocasiones a los sarracenos. Ante él, permanecía colgado de aquella pared un blasón de su antigua Orden, de los Pobres Caballeros de Cristo. ─¡Es Usted hermano, un Caballero del Temple, no lo olvide mientras viva!, ─con aquellas palabras lo recibía el Maestre del Temple en Jerusalén, la noche de Julio en que llegó a la Ciudad Santa para incorporarse al contingente de Caballeros de la Orden en aquella parte del Mundo conocido.

─¡Caballero!, no sé cuántos recuerdos estarán ahora mismo pasando por su mente, pero antes de que sigáis y podáis llegar a juicios precipitados sobre lo que estáis contemplando, justo a vuestros pies tenéis una oquedad en el suelo, iluminarla ¡por favor! con vuestra hacha e introducirla por la misma.

El Caballero, casi como por instinto reaccionó y así lo hizo. Allí junto a su pie izquierdo estaba la oquedad, bajó la antorcha y la introdujo, pensando en que esta se apagaría, al poco un hilo de luz empezó a recorrer el suelo de la sala, y él como hipnotizado, siguió con la mirada como aquel hilo de luz iba recorriendo el suelo de la sala en un perfecta línea y giraba con tal precisión al llegar a una esquina, cuando se vino a dar cuenta estaba contemplando nuevamente la oquedad, ahora sí, con una llama bien considerable, dio un par de pasos hacia atrás y una tenue cortina de luz se fue alzando desde el suelo. Poco a poco, en aquella sala, en verdad inmensa, empezaba a hacerse la luz.

Mientras todo esto tenía al caballero ensimismado, la anfitriona se había acercado hasta él, y como una madre contempla a su hijo cuando este observa algo que no entiende y cree que es magia, pero que ella sabe toda la verdad, así contemplaba ella al Caballero. Lo dejó un rato más que él recorriera con la mirada cuantos objetos ahora se alzaban a su vista…



Pueblos en conflicto, ciudadanos desesperados

Por: Víctor Corcoba Herrero




Reconozco que una de las estampas que más me conmueve es ver la huida forzada de seres humanos. Por desgracia, son muchas las almas que han de trasladarse para poder sobrevivir. La guerra continua siendo la principal causa del inexcusable desplazamiento. Las cifras nos dejan sin palabras. El cincuenta y cinco por ciento de los refugiados provienen de cinco países afectados por conflictos armados y situaciones de violencia generalizada: Afganistán, Somalia, Irak, Siria y Sudán del Sur. Respecto a las personas desplazadas, figuran no solo países lejanos a América Latina como Siria, sino también la misma Colombia. Asimismo, hay diez millones de ciudadanos que carecen de una nacionalidad, en países tales como Myanmar, Côte d'Iviore, República Dominicana, Tailandia, entre otros. En cualquier caso, todos ellos son latidos de vida que desean normalizarse. La esperanza de una salida humana a su desesperación jamás la pierden. Recordemos que, en las adversidades, cualquier persona es salvada por la confianza puesta en sus análogos.

            Este desbordante número de desplazados nos recuerda la necesidad de superar divisiones, de poner sosiego en un mundo convulso, de renovar nuestro compromiso por entendernos, de la obligación de auxiliar a las personas que han tenido que abandonar su propio hábitat. No podemos permitir que ni una sola persona se vea rota por contiendas inútiles de unos contra otros, que ni una sola familia se vea desgarrada por el absurdo de las batallas. Los niños son casi siempre los que más sufren. La asistencia humanitaria no es suficiente, se precisa atajar de raíz este mal con otros gestos más directos, como la construcción de un mundo más respetuoso con la ciudadanía, y especialmente con los más débiles, teniendo en cuenta que la solución a este problema sólo puede venir del diálogo comprensivo, de la moderación en nuestras actitudes, de la compasión por quien sufre esta situación de exclusión, con la búsqueda de soluciones conjuntas y globales, a través del sentido de la responsabilidad de todos para con todos.

            Reconozco que no es nada fácil tener que reiniciar la vida alejado de los nuestros, teniendo presente además que la mayoría de las personas que huyen desesperadas,  tienen que elegir entre algo horrible o algo aún peor. Por consiguiente, hemos tomar conciencia de esta angustiosa realidad, donde los pueblos se alzan en irracionales conflictos, apoderándose de ciudadanos verdaderamente desmoralizados. Al conmemorar durante este mes de junio, concretamente el veinte, el Día Mundial de los Refugiados, pienso que sería bueno, no sólo recordar las causas que obligan a estas personas a desplazarse obligadas por todo el mundo, también sería humano hacernos el propósito, cada cual consigo mismo, de brindarles nuestro incondicional apoyo. No olvidemos que podemos ser cualquiera de nosotros los que un día podemos padecer esa movilidad impuesta.

            En muchos casos huyen a la desesperada, para salvar su propia existencia, con la intención de hallar seguridad, protección y una manera de satisfacer sus necesidades más básicas. Por eso, la solidaridad internacional es imprescindible. Me consta que multitud de ciudadanos, ante esta aglomeración de sufrimientos inenarrables,  depende de la asistencia material y de la protección jurídica de organizaciones caritativas. En consecuencia, tanto nuestra comprensión como nuestro auxilio, contribuirá a que encuentren en el mundo el hogar perdido.      Ciertamente, la especie humana en su globalidad ha de abrir sus brazos a esos pueblos en conflicto, para acoger a esos ciudadanos desalentados, abatidos, sin horizonte alguno.

            Hagamos, pues, del planeta una ciudadanía sin fronteras, donde todos nos sintamos porción y proclama de la reconciliación, según la cual nadie pueda ser considerado un estorbo, fuera de lugar o descartable. Realmente, todos necesitamos sentirnos acompañados por gente compasiva y, a la vez, acompasados por lo armónico. Todo lo contrario a lo que se percibe hoy en un mundo rebasado por violaciones sistemáticas y generalizadas de los derechos humanos, lo que genera un clima de terror como jamás, que acalla cualquier voz disidente. En muchos países no rige la ley, sino el miedo.  Mal que nos pese, este es el horrendo escenario en el que nos movemos. Pienso, por consiguiente, que ha llegado el momento de que los gobiernos del mundo, y especialmente los de Europa, norte de África y Oriente Medio, se esfuercen más por hacer frente a este creciente éxodo de solicitantes de asilo y migrantes en todo el Mediterráneo. Naciones Unidas estima que la cantidad de refugiados podría duplicarse en los próximos meses, por lo que urge implementar planes mundiales que den respuestas eficaces al fenómeno. Insisto, hablamos de vidas humanas que huyen en busca de una vida a salvo. Es por ello, que cada día estoy más convencido que la cultura del hermanamiento se hace vital para superar actitudes defensivas y recelosas, de desinterés y apatía.

            Personalmente, hace tiempo que vengo reivindicando menos políticas interesadas y más cultivo por la unión de la especie humana. Son muchos los pueblos que arden en mil conflictos, pero ante este cruel fenómeno, lo peor es quedarse sin hacer nada, lo humano es que respondamos cooperando e intensificando los esfuerzos para crear condiciones adecuadas de convivencia. Bien es verdad, que no se puede reducir el avance de los pueblos a un mero crecimiento económico, obtenido en la mayoría de las veces sin considerar a las personas más indefensas, el mundo sólo puede mejorar si no se abandona a nadie, si todos cuentan en esa atención primaria; si somos capaces de avivar una cultura de acogida, y no de exclusión, como hasta ahora se ha venido haciendo.

            Conviene recordar que aún millones de personas alrededor del orbe se encuentran atrapadas en una especie de limbo jurídico, al no ser consideradas como nacionales por ningún país, afectando al disfrute de sus derechos más básicos. ¿Habrá algo más inhumano que ninguna nación nos acepte?. Evidentemente, esta tensión aparte de destruir a la persona que es víctima del hecho, la misma sociedad se deshumaniza, con el consabido desarraigo que a todos nos embrutece. Por otra parte, no perdamos de vista que de los más de cincuenta millones de personas desplazadas forzadamente que hay en el mundo casi la mitad son criaturas en formación. Debido a estos abultados números, la agencia de Naciones Unidas para los refugiados, con la colaboración de una firma comercial, acaba de tomar la decisión de desarrollar una campaña de sensibilización, mediante una sugestiva mochila, para generar empatía y recordar al público lo que significa el desplazamiento forzado para los chavales.

            Esta expansión de lucha cotidiana por la supervivencia debe interpelarnos a todos, también a la Comunidad Internacional, pero nuestra tarea debe ser más exigente para favorecer respuestas concretas de cercanía y acompañamiento hacia esa ciudadanía marginada, también hacia esas personas que huyen de sus hogares por causas parecidas a las que motivan la huida de los refugiados, pero que no cruzan una frontera internacional. Los datos son descomunales. Según Naciones Unidas, cada minuto ocho personas lo dejan todo para huir de la guerra, la persecución o el terror. Invito, pues, a reflexionar sobre este contexto que va a más, de personas forzadamente desarraigadas, cuando menos para defender su dignidad, mejorar su calidad de vida, con la esperanza de que vuelvan a alegrar su existencia con nuestro apoyo. El ser humano necesita querer, pero también sentirse querido. Y es muy duro, que ante la lejanía de los afectos familiares, nadie te vierta una sonrisa de luz, ante la incertidumbre de futuro, en la que suelen encontrarse los campos de refugiados.

jueves, 18 de junio de 2015

Sr. Alcalde. Víctor Mora.

Por: Enrique Guisado

Le recuerdo al Alcalde Víctor Mora, si se acuerda porque dimitió, su compañera Irene García, según la misma, fue por no poder llevar la alcaldía para adelante, por el exceso de cargos que tenia, y ´´ tenia´´ nada más y nada menos que nueves, a sin quiere, Víctor Mora, que trabajen sus compañeros de corporación, con la barbaridad de cargos que les ha dado a cada uno de ellos, el que menos cargos, tiene cuatro, y el que más diez, ¿cómo se pueden llevar todos estos cargos?
Tendrán que doctorarse algunos, como el ´´ Maestro Liendres´´ este exceso de cargos es debido a que la concejala Irene García, no puede hacer su función en Sanlúcar, ya que su trabajo estará en Cádiz, y el Alcalde Víctor Mora, no ha tenido más remedio que repartirlos entre todos.
Les deseo a todos que cumplan con lo que han prometido y jurado, ya que después es lo primero que se le olvidan y también existe en esta ciudad un reglamento de participación ciudadana y ha muchos se les llenan la boca hablando del mismo pero al final todo se queda en agua de borraja.
Le recuerdo al alcalde Víctor Mora que ya van dos presupuestos del traslado de la depuradora y aún no se ha hecho nada; también se está hablando mucho de los accesos a Sanlúcar y todavía ´´ nanay de la china´´ y de las zonas ajardinadas nadie hace nada por las mismas, las limpiezas de los usillos tampoco se está haciendo nada y tiene desde ahora hasta el mes de Septiembre y no digamos nada del abandonos de las parcelas del Ayuntamiento, que tienen toda clase de despojos y esto no es de ahora esto ya es viejo y digo esto por si hay alguien que diga que se acaba de incorporar el nuevo equipo de gobierno, pero muchos de los mismos conocen muy bien lo que estoy diciendo y no han hecho nada en toda la legislatura pasada.
Le recuerdo al alcalde Víctor Mora, ¿qué tiempo tiene que pasar para que se arregle de una puñetera vez la glorieta de la carretera de Chipiona, a la altura del Hospital? ¿Y el Parque de la Dehesilla? Que esta tercermundista, el terreno está cediendo y las grietas que tiene son un peligro constante.
Y algunos de estos problemas ya podían estar arreglados o a punto de terminarse, porque, ¿qué has hecho en los dos años aproximadamente que has estado de alcalde, desde que dimitió su compañera Irene García?

sábado, 13 de junio de 2015

¡Las ideologías atemorizan!

Por: Víctor Corcoba Herrero




La mundialización más que un proceso económico, tecnológico o de comunicación, también es una nueva mentalidad de conciencia unitaria, que no uniforme, lo que ha de comprometernos a ser tolerantes y solidarios. Sin embargo, cada día vemos más seres humanos con delirios de superioridad, dispuestos a desdibujar cualquier vínculo humano y a no escatimar momento para sembrar ideas perversas, de menosprecio hacia nuestro propio análogo. Personalmente no me gustan las ideologías y menos las que nos hacen perder hasta el sentido común. Pienso, además, que cuando una persona se hace sectaria es que ha perdido hasta su propia identidad. Ahí está la ideología de género poniendo en discusión interesada y absurda, en la mayoría de las veces, la complementariedad entre mujer y hombre. Evidentemente, no se trata de contraponer, ni de subordinar vida alguna, los seres humanos somos como somos, y todos hemos de tener igual dignidad.

            Al parecer, la honestidad de la vida humana no estaba prevista en los planes de vida actual, porque hay tantos sistemas sociales, políticos y económicos, que en lugar de dignificar a la persona se valen de ella. Por desgracia, el miedo es muchas veces superior al nivel de la decencia. La concepción economicista de esta sociedad aborregada suele hacer prevalecer el beneficio egoísta más allá de los parámetros de la justicia social. Por tanto, cuidado con los doctrinarios, suelen ser gente ensuciada por la soberbia, poco transparente, y con modos dominantes en sus hechos. En consecuencia, partiendo de que los ideólogos suelen falsificarlo todo, debemos ser conscientes de que nuestros pensamientos se convierten en palabras, y como tales, han de nacer libremente, para que cuando se transformen en acciones, no tengan una actitud rígida, sino compasiva. Incumbe a todos, a cada uno de nosotros, aceptar nuestra interdependencia y, de esta manera, activar nuestras bondades, tanto las éticas como las estéticas, para tomar la orientación debida que nos permita cuando menos convivir a pesar de nuestras diferencias.

            Naturalmente debemos permanecer siempre atentos a cualquier factor de intransigencia. Las ideologías extremistas, las tensiones comunitarias y la discriminación de las minorías, se han convertido en algo usual que soportamos con cierto aguante y resignación, obviando que detrás de todo ello se alberga un odio tremendo convertido en ideología, cuyo postulado cardinal es la tendencia humana a falsear la realidad en función de los  intereses del grupo. Cualquiera que disienta pasa a ser un problema, pues va contra el dogma de la verdad categórica que proclama el ideólogo. Ciertamente, nos domina la mentira permanente, la inseguridad y la escasez de recursos dificultan hasta el mismo reparto de asistencia humanitaria. La estampa cruel, de que miles de emigrantes continúen siendo rescatados en el Mediterráneo camino de Europa, nos deja sin palabras, pero todos hacemos bien poco por evitarlo. Quizás el problema es que hoy, apenas nos dejan ver, ni tener tiempo para meditar. La reflexión no es incentivo del sistema.

            Sin duda, malgastamos energías en cuestiones inútiles. Por otra parte, las ideologías están más preocupadas (y ocupadas) en defender su poder y sus privilegios que en interesarse por la ciudadanía. ¿Por qué hay aún gente que sigue pasando hambre, mientras otros derrochan recursos, sin importarle la carencia de otros? La mezquindad, el fanatismo, la ambición de poder son motivos que alientan el espíritu guerrero; alimentando, en ocasiones, una desvergonzada ideología que todo lo justifica a su antojo. Eso sí, se les reconoce a poco que ahondemos en sus hechos, que son unos auténticos especuladores, aunque para ello aviven los desencuentros, impulsen el terror, pero su corazón está tan corrupto que han perdido hasta la capacidad de sentir por los demás. Desde luego, no hay nada que desespere tanto a nuestras habitaciones interiores como verse no asistido en nuestros sentimientos. Al fin y al cabo, creo que nos deshonran tantas estupideces ideológicas, que aparte de atemorizarnos, nos dejan sin nervio, o lo que es lo mismo, sin espíritu. Y ya se sabe, un alma desorganizada y sin deseo de reencontrarse consigo misma; carga en su permanente tropiezo, también su propia condena.

El sitio (III)

Por: José Antonio Córdoba


Al acceder a la atalaya del castillo le abandonó la sensación de estar en la Tierra. A la mente se le venían aquellas historias que, él, siempre había achacado a las memorias cansadas de aquellos ancianos que tanto se afanaban en contárselas una y otra vez. Cuantas veces había escuchado aquellos relatos de lugares sobre la faz de la Tierra, que se decían, eran escaleras al Cielo. Hoy, esta noche, él había ascendido, sin saberlo, por una de ellas. Desde la puerta de la atalaya, miraba a su alrededor y pese a la oscuridad de la noche, con los tenues resplandores de las estrellas y la siempre majestuosa Luna, se iluminaba un paisaje casi irreal, mágico en colores, de sombras y luces, y figuras cuando menos sugerentes. Avanzó unos pasos sobre la terraza de la torre, casi como quien en vez de pisar la rígida piedra, pisara aguas pantanosas.
A cada paso ganaba visión de todo el entorno que la vista le permitía, comenzó a girar sobre sus talones cuando a la media vuelta se encontró de frete con su anfitriona, sus miradas se cruzaron con tanta fuerza, que ninguno de los dos la desvió del otro. Si en los ojos de él, había signos de que todas las confusiones del Universo se daban en aquel preciso momento en su mente, en la mirada de ella había una paz inmensa que al reflejarse la luz de la luna en su rostro, el caballero pudo contemplar como en este se dibuja una tímida sonrisa, casi furtiva. Sin embargo, la reacción del caballero fue en nada la que él esperaba, de sus ojos y sin consentirlo empezaron a brotar esas gotitas de agua salada, que todos las dan en llamar lágrimas, al sentir la humedad de éstas, se giró y se encaminó hacia uno de los lienzos almenados de la torre, apoyándose entre dos almenas se asomó al vacío mirando hacia abajo, pero no se veía los pies de la torre, ¿la altura de la torre?, o ¿la oscuridad de la noche?, ¿cuál sería el motivo de no ver el suelo sobre el que se asentaba aquella inmensa estructura de piedra? Recuperada la posición horizontal, seguía en sus cavilaciones mirando al frente, cuando sintió la mano de su acompañante sobre el hombro derecho, un gesto dulce, pero sin embargo la frialdad de su mano caló la ropa que vestía el hombre.
Tras unos instantes se giró en el mismo momento que ella le indicaba que la siguiera, pero él permaneció quieto y cuando fue a abrir la boca para pedir explicaciones a la mujer, ésta, le hizo señas de que guardara silencio y la siguiera. Casi a regañadientes, pero en el más absoluto silencio, él la siguió.
Apenas comenzaron caminar una dulce voz femenina empezó a hablar. ─¡Caballero!, habéis llegado a estas tierras donde vuestras intenciones para con este castillo son de sobra conocidas por todos los habitantes de este valle. ─Él quiso hablar, pero ella el invitó a que siguiera en silencio.
─En nada ─continuó diciendo la mujer─ sabéis de la historia de este valle, y menos aún de este hermoso recinto amurallado, donde a nuestros pies los habitantes del valle duermen tranquilos cada noche.
─Sois un Caballero, y me consta, que nada de los habituales del siglo, aunque ahora os disfracéis de ellos. ─¡Señora!, le increpó el Caballero, ─pero ella seguía adelante sin prestarle atención a su llamada de atención.
─Como decía, sois caballero y marcháis al frente de un grupo de hombres, con la sola intención de haceros de nombre, que no de honor, pues respondedme: ¿habéis encontrado tropas en este valle que os hayan salido al paso?, ¿soldados que os hayan guerreado?, ¿habéis encontrado guardias armados entre estas puertas? ─El caballero solo pudo guardar silencio.
Continuaban andando, por aquella inmensa explanada que era la terraza de la torre en dirección hacia la atalaya, justo por donde habían accedido al lugar. Sin embargo, ella se detuvo frente a una puerta cerrada que había junto a la entrada de la atalaya…

Es importante cooperar en el respeto mutuo

Por: Víctor Corcoba Herrero




Hace unos días paseando por una suculenta comarca española situada en el extremo meridional de la provincia de Granada, concretamente por su Costa Tropical, me sorprendió un grupo de niños, de no más de doce años, invitándome a comprar unas piedras que ellos mismos habían pintado. O en su defecto, les diera algunas monedas porque decían: "no tener dinero". Realmente me costaba dar crédito a lo que estaba oyendo, fundamentalmente en un lugar privilegiado por su propia riqueza natural, que contradice a ese trabajo infantil estrechamente vinculado a la pobreza. Rápidamente me di cuenta, que aquí la indigencia era otra, a estos chavales lo que les faltaba quizás fuese una familia estructurada, que se preocupase por ellos; y, sobre todo, una educación en valores. Si así no fuere, estos mozalbetes ante la negatividad a comprarles algo, no hubiesen actuado con deprecio hacia mí, máxime cuando me había interesado por su trabajo artístico. Únicamente querían dinero. La mundanidad les ha robado hasta la inocencia. Ya no digamos el respeto generacional.

            Días después, tras reflexionar sobre esta situación vivida, pienso que el derecho a la educación sigue siendo un concepto abstracto, alejado de la realidad de la vida cotidiana, inclusive en países que tienen sobre el papel un conjunto de acciones formativas diversas, obviando que la consideración por los otros es la primera condición, tanto para saber vivir como para acertar a convivir con los demás.  Ante este cúmulo de despropósitos, pensaba que es  un acierto o un principio de buen tacto, que este año coincidiendo con el Día Mundial contra el trabajo infantil (12 de junio), se haga un llamamiento a favor de una educación de calidad, gratuita y obligatoria para todos los niños hasta por lo menos la edad mínima de admisión al empleo, emprendiendo acciones formativas integrales para llegar a aquellos críos que únicamente viven en el mundo de los derechos y sin ningún deber. Efectivamente, hay que decir ¡no al trabajo infantil!, pero también hay que decir ¡sí a una educación que nos forme como personas responsables!. Por supuesto, no podemos omitir que cada día son más los menores de esta parte del mundo desarrollado, donde la educación básica está garantizada, que agreden, no solo a indigentes, también a sus propios progenitores. Ante estas circunstancias lo peor es permanecer pasivos, cuando lo prioritario, debería ser garantizar una red asistencial que de una respuesta directa y adecuada a este fenómeno emergente.

            Convencido, pues, que hoy muchos de los niños tienen más necesidad de respeto que de pan, y teniendo en cuenta que la deferencia a uno mismo es el primer eslabón educativo, creo que es hora de reflexionar más allá del sometimiento a los mercados, algo que es despreciable por principio. No olvidemos que sí importante es que la economía global active oportunidades y cree empleos para todos, también es fundamental forjar personas que sepan cohabitar, gobernarse a sí mismos,  con estilo de vida saludables, preocupados por sus semejantes, puesto que la educación no es un mero asunto de aprendizaje, es también una tarea que consiste en obtener lo mejor de uno mismo, para poder compartir y comprender.  Dicho lo cual, estimo importante incidir en la idea de que la forma de comportarse de un chaval siempre es aprendida. Por consiguiente, también se educa para que tengamos conciencia de lo que somos y de lo que aspiramos a ser, sobre todo para adquirir conciencia de la justicia. En este sentido, nos alegra que Alemania conmemore este año el veinticinco aniversario de la reunificación del país y Merkel haya querido agradecer la contribución de Estados Unidos, y que pese a las diferencias de opinión que naturalmente las habrá, subrayase esa alianza cooperante, cuando menos por un mundo más humano. Son estos referentes morales los que en verdad nos hacen respetarnos; sin embargo, cuando los que mandan pierden la vergüenza, también los que obedecen pierden la estima por el otro. Seamos coherentes.

            La cooperación, junto con la coherencia, es el elemento clave para un progreso verdadero de la especie. Tan solo desde la universal acción recíproca, sin alardes ni comparaciones, se puede avanzar y subsistir. Cualquier humano, por muy ínfima que nos parezca su hazaña, es necesaria. Tenemos que agilizar la colaboración en áreas de protección ambiental, en cuestiones educativas, en control de tráfico de drogas y en el comercio con vidas humanas, en temas de sanidad, y en todos los lenguajes hallar convergencias para que podamos dar pasos adelante. Desde luego, el cambio es inevitable ante un mundo globalizado que requiere un camino de unidad, que tal vez comience por estar dispuestos a escuchar más y a entender mejor. Me consta que hay un profundo deseo de redescubrir nuestro propio sentido existencial, pero a la vez hemos de reconciliarnos, y tener otros horizontes. Igualmente, creo, que hay un interés por el ser humano, por todo ser humano, y en verdad este signo es esperanzador, puesto que contempla al ciudadano como protagonista de los más altos valores de la vida social y de las relaciones entre culturas. Tal vez necesitemos para ello, otro espíritu más libre, porque el pensamiento como la fe religiosa no se dirige únicamente al culto a una opción o a un Dios, sino que educa a las personas en un sentimiento auténtico de igualdad y fraternidad, donde el respeto mutuo es atributo de esencia.

            Urge, en consecuencia, establecer procesos de distensión política, que inspiren otra forma de gobierno más cooperante, en el que las controversias que puedan surgir, se aminoren con el interés del bien colectivo, o sea, del bien global. Esta es la cuestión, más allá de los posibles resentimientos,  han de impulsarse el respeto a los derechos humanos como factor cardinal de lo armónico. El ser humano es esencialmente social, y su desarrollo depende en gran medida de la colaboración entre unos y otros. De ahí, lo necesario de estimular la creación de entornos favorables para que las personas convivan pensando más en el bien colectivo que en sí mismos. A este respecto, el director general de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), recientemente a reivindicado que todo el mundo debería unirse a un movimiento global para acabar con el hambre y la desnutrición de una vez por todas.  Yo añadiría que, además, la autentica expresión de solidaridad fraterna nace, justamente, del interés del ser humano por sí mismo, por sentirse persona de luz y no de tinieblas, por hallarse respetado por los suyos.

            Por otra parte, volviendo al tema de la educación, que aunque ya sabemos que es un derecho fundamental y un bien público, me alarma que nos quedemos en los meros conocimientos. Pienso que se ha de avivar mucho más el pensamiento crítico, la creatividad, el diálogo y la resolución de problemas, la solidaridad y los valores que nos fraternicen. Tan importante como conocer es convivir, saber estar en el mundo, y en esto, los sistemas educativos han de promover una cultura del sosiego y de la tolerancia, trabajando por superar toda forma de conflicto que pueda surgir. Evidentemente, yo propiciaría un renovado pacto mundial, con las cualidades sublimes que infunde el respeto, lo que requiere una nueva generación de ciudadanos globales activos, formados de otra manera a como se ha venido haciendo hasta ahora. Ha llegado el momento de la ilusión por una convivencia plural, con una actitud de servicio permanente, y con unos comportamientos más dialogantes para potenciar esa cultura del encuentro, tan necesaria como imprescindible. Por eso, para educar a un niño antaño hacía falta una tribu, o al máximo un pueblo, hoy se necesita un mundo, para que podamos abrir la mente y el corazón a este globalizado contexto, donde el respeto, más que gobernar nuestras vidas, reine en cada alma humana.

viernes, 12 de junio de 2015

El verdadero progreso que queda por llegar

Por: Víctor Corcoba Herrero




Los seres humanos tenemos una gran asignatura pendiente, que no es otra que el retorno a una cultura modelada por los abecedarios nativos de un corazón auténtico, para que podamos entender el lenguaje del amor, y nos despojemos de una mentalidad que todo lo divide, en lugar de fraternizar; que todo lo fundamenta en la sospecha, en la confrontación y en la rivalidad, en vez de vincularlo al don de la reconciliación y a la grandeza de un impulso armónico. Lo que desde un punto de vista egocéntrico, puede parecernos imposible, irrealizable y, tal vez, hasta inaceptable, otro espíritu más desprendido puede hacernos comprender que la tolerancia es la mejor virtud para sanar cualquier herida. Evidentemente, hemos de volver a conectar con el pulso de un ánimo níveo; además tenemos que propiciar entendimientos, dejarnos envolver por esa sintonía armoniosa entre ascendientes y descendientes, para poder restablecer un clima de sosiego mayor del que conocieron nuestros antepasados. Este es el verdadero progreso que queda por llegar.

            Ciertamente, no podemos dejarnos tranquilizar por estos poderes mundanos, tan injustos como escandalosos en la mayoría de las veces, es necesario proceder a testimoniar otros mensajes más reconciliadores con la propia especie humana. Por eso, siempre es bueno que se reanuden conversaciones, aunque sólo sea para poner fin a acciones unilaterales que erosionan la convivencia. Las detenciones arbitrarias, que por cierto cada día se producen con más descaro por todo el planeta, han de poner fin en un mundo de ciudadanos  libres. Cada persona tiene derecho a tener voz y a ser oída. Al respecto, resulta bochornoso que diversas autoridades internacionales de máxima solvencia,  vengan reiterando desde hace un tiempo la llamada a las autoridades venezolanas para que pongan en libertad a todos los recluidos por el simple hecho de ejercer el derecho a la libertad de expresión. Convendría recordar a todos los pueblos, pues, que el progreso es la superación de todas las dependencias, es avance hacia esa autonomía que todos nos merecemos por cuestión de dignidad. Jamás trunquemos las alas del pensamiento a un semejante nuestro. Sería como cerrarnos caminos.

            Cuando el ser humano piensa únicamente en sus propios intereses, cuando se deja fascinar por los ídolos del dominio y del poder, resta independencia, y en lugar de abrirse la puerta a la esperanza, se abre la puerta a la violencia. Sin duda, en cada agresión hacemos renacer lo peor de nosotros y es como una vuelta a nuestro estado salvaje, del que debemos salir más pronto que tarde. A propósito, un nuevo informe regional de Naciones Unidas presentado recientemente en Bruselas, muestra las grandes barreras que afrontan los menores en la búsqueda de soluciones para hacer justicia por los abusos y discriminación que padecen. Desde luego, una sociedad que no logra hacer justicia, auxiliar a los que sufren, difícilmente se humaniza. De ahí lo importante que es reprender a los subversivos, reanimar a los temerosos, incluir a los excluidos, sustentar a los frágiles, instruir a los mezquinos, avivar a los débiles, moderar a los ambiciosos, estimular a los perezosos, reprobar a los malos, liberar a los oprimidos, esperanzar a los pobres; y, a  pesar de los pesares, amarlos a todos. No perdamos la esperanza. El final del ser humano no puede ser perverso a poco que cultivemos el amor, aunque no sea a jornada completa, pero si lo conjugamos con el amar para todos los tiempos y edades, seguro que encontramos algo prodigioso.

            En consecuencia, lo que nos hace progresar, puede que esté en no esquivar sufrimiento alguno, sino en la capacidad de aceptar los sinsabores, en madurar con ellos, para reencontrarnos con nuestras propias raíces humanitarias. Quizás nuestra grandeza esté anclada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Sin obviar de que todos tenemos una estrella, que antes o después nos engrandece. O sea que nos asciende. A lo mejor hemos vencido al propio mundo nuestro sin apenas darnos cuenta, ese que pensábamos instaurar como perfecto y que ahora, como ayer y acaso mañana, se tambalea. Seguramente para regresar al universo de la poesía, con el que personalmente sueño a diario, tengamos que ser más conciencia que cuerpo, más hálito que endiosamiento, más comunión que desunión, más de los demás que de nosotros mismos en definitiva.

sábado, 6 de junio de 2015

Crónica de un palio (Por un grupo de costaleros)

Por: José Antonio Córdoba


Dicen las Sagradas Escrituras, que a la edad de treinta y tres años, fue enjuiciado y en el Calvario en un madero clavado, y, que respondía al nombre de Jesús, el de Nazaret.
                Treinta y tres los años que este buen hombre ha estado en la Hermandad de la Oración en el Huerto, y como a Jesús, se le ha enjuiciado y de su cargo cesado. D. Manuel Campos Pérez, ha sido víctima de los mismos prejuicios, que como a Jesús le pasó con el Sanedrín, a Manuel le ha pasado con la Junta de Gobierno de esta Hermandad sanluqueña. Una Junta de Gobierno, de la cual la mayoría de sus componentes no habían Comulgado todavía con Dios, cuando este buen Capataz llegó a Sanlúcar de Barrameda.
                Cuando en nuestra Sanlúcar aún no se conocía el costal, Lucas Alcón contacta con D. Manuel Campos y le solicita la colaboración para transformar la cuadrilla de la “molía” a la de “costal”. Campos acepta y se trae a Sanlúcar algunos compañeros de la Amargura, para que le ayuden en esta transformación, entre ellos cuenta con dos pilares fundamentales, su padre y su primo Rafael.
                Los ensayos comienzan a sucederse denotando una filosofía nueva y clara, que da como resultado, que en poco tiempo se empiece a notar una transformación en un puñado de chavales y hombres, que empiezan a comportarse y trabajar como una auténtica cuadrilla. Tal es la transformación sufrida por la misma, que pese a no ser muy numerosa, este buen capataz tuvo la osadía de ponerla en la calle un Domingo de Ramos, afianzando una filosofía que cada vez se hacía más clara, más pronunciada y mucho mejor realizada. Inculcándonos –pues yo era uno de los de su cuadrilla- los pilares básicos a los que se debía de aferrar cualquiera que quisiera ser un buen aspirante a costalero. Y los cuales no han sido otros durante estos treinta y tres años, que: «SOLIDARIDAD», «HUMILDAD», «COMPAÑERISMO», pero sobre todo «SABER SUFRIR EN SILENCIO».
Fue con esa filosofía personal, espiritual y su experiencia, con lo que D. Manuel Campos dio forma a una cuadrilla de “verdaderos gladiadores del costal”, con una peculiar forma en sus andares, que no es mejor ni peor, a los de otras hermandades, pero eso sí, totalmente distintos. Hecho que así lo hizo constar D. Antonio Tabiel de Andrades, que bautizó a esta cuadrilla como «los Ángeles Costaleros»
La llegada de D. Manuel Campos Pérez a Sanlúcar, al mundo cofrade sanluqueño y a Gracia y Esperanza, significó un antes y un después en la forma de andar de los pasos de palios locales. Algo que no significó para él “una carrera de rosas”, fue criticado por llevar en aquella época dos relevos por palo. Y me pregunto: ¿Qué cofradía al día de hoy no le ha dado la razón?, si todas llevan actualmente  dos cuadrillas. Más, siguió estando en boca de la gente, cuando se atrevió a hacer algo que en Sanlúcar todos veían impensable. Él fue el primero en soltar los varales de palio, señoras y señores del mundo cofrade, ¿cómo llevan actualmente los pasos de palios, sus varales? No puedo olvidar, las críticas recibidas constantemente, por llevar un contraguía, ciego.  Para mí, esto dice mucho del tipo de persona es este capataz, y del corazón que alberga en su interior. Ya que este contraguía, ciego, le dio todo como patero debajo de María Santísima, ¡el mejor!
Podría seguir enumerando muchísimas cosas más, pero creo que esto, no es, de lo que realmente tenemos que hablar.
Este hombre, más que un capataz, ¡que lo es!, ha sido siempre un buen amigo y una mejor persona, preocupándose en todo momento por el bienestar de los pies de María Santísima.
De esta cuadrilla a cargo de D. Manuel Campos han salido las bases para otras hermandades, podría hablar de algunos de los capataces que hoy tenemos en la Carrera Oficial de Sanlúcar de Barrameda, ¡que miren por dónde!, creo que “a buen entendedor pocas palabras bastan”
Él tiene una forma muy particular de motivar a sus costaleros, precisamente en esos momentos malos que todo recorrido tiene, es donde le podemos oír decir: “¿Lo bajamos o hay huevos para otra marcha?”. ¡Sepan!, que nunca, nunca jamás su cuadrilla ha dicho, ¡bájalo! Y cuanto menos fuerza te queda, él se busca de una forma u otra una palabra idónea para incentivarte, para animarte, para darte fuerzas en ese mal momento. Pero lo que le hace aún más grande, es cuando dice: “¡Ahí queó!”, para a continuación decirnos: “¡Este paso no se arría, se posa!”, con la dificultad que eso nos conlleva.
Dice el refranero español: “A rey muerto, rey puesto”. El “vete y direte” se ha hecho realidad, en la Oración en el Huerto de Sanlúcar de Barrameda, D. Félix de los Reyes, inicia su andadura como capataz de Gracia y Esperanza. Un lugar que nunca debió de perder, como muchos ahora pronostican “que nunca debió de irse”. Recordar que quien lo sacó de las trabajaderas de Gracia y Esperanza en un ensayo fue D. Manuel Campos, para que empezara su formación como capataz, ¡algo le vería al muchacho D. Manuel! Pero he aquí que las paradojas existen, y este alumno aventajado, es cesado en su cargo de segundo capataz por D. Manuel, ya de D. Félix de los Reyes, cometió una indisciplina, que nunca debió de hacerla, como fue el “manipular” junto a otro componente de la cuadrilla, el palio de Gracia y Esperanza, eso sí es motivo de cese irrevocable.
¿Qué motivo real y de peso son los que sustentan la Junta de Gobierno, para el cese de D. Manuel Campos?
Quede claro que damos personalmente la enhorabuena a la Junta de Gobierno de la Oración en el Huerto de Sanlúcar de Barrameda, por su gestión al frente de la misma, estos tres años. Pero en el caso que nos atañe, no podemos compartir la decisión adoptada contra la figura de D. Manuel Campos, ya que como capataz de Gracia y Esperanza durante treinta y tres años, su cese debiera de haber sido por la puerta grande de esta casa de Dios. Un cese que ha carecido en todo momento de elegancia, respeto, agradecimiento y reconocimiento, para una persona como D. Manuel Campos, que en estos treinta y tres años, ha convivido con otras Juntas de Gobierno en esta su Hermandad y con las que nunca ha tenido una discrepancia, algo estimado hermanos de la actual Junta de Gobierno de la Oración en el Huerto, que con ustedes no se puede suscribir lo mismo, pues desde que tomaron posesión del cargo, todo han sido “dimes y diretes”, pegas y actitudes déspotas a la hora de dirigirse a este capataz como a los costaleros. Quizás, sea achacable a la inexperiencia de la que gozan, pero las palabras llegan al corazón y hacen tanto daño como vuestras acciones.
Lo que nos deja claro, que los valores que Manolo Campos ha impartido durante estos treinta y tres años, son algo de lo que ustedes no hacen gala, pues les recuerdo que pese a: «SOLIDARIDAD», «HUMILDAD», «COMPAÑERISMO», y «SABER SUFRIR EN SILENCIO». A Don Manuel Campos le avala su forma de trabajar y de la que ha dejado constancia en esta Hermandad, para lo cual la actual Junta de Gobierno debería de haberle abierto las puertas de nuestro templo y corazones, como tantos años él a hecho.
                Por esto y otras muchas cosas, solo noS resta hacer saber a D. Manuel Campos Pérez, que:
“¡Tus ÁNGELES COSTALEROS te hacemos entrega de nuestros VERDES CORAZONES, y por siempre, amigo, GRACIAS!”

Hay que armonizar las culturas

Por: Víctor Corcoba Herrero




Confieso que la vida me fascina y, sobre todo, el sueño de vivir, de hallarse y de celebrar el disfrute del tiempo, tanto del vivido como del tiempo que nos queda por vivir, hasta alcanzar a vislumbrar que todo tiene su grandeza y también sus miserias. De ahí que la máxima prioridad de la especie humana, apreciando que una ilusión junto a otras visiones se convierte en realidad, ha de ser la autenticidad del amor, o sea un crecimiento más del espíritu que de la materia, y así, de este modo, concentrar menos venganzas y más reconciliaciones para que el orbe subsista armónicamente ante el cúmulo de discordancias que nos invaden. Para Nelson Mandela, como para cualquier ciudadano de amplitud de miras, su ideal más querido es el de una sociedad libre y democrática en la que todos podamos vivir en armonía y con iguales posibilidades. Evidentemente, el mundo tiene que fraternizarse, y lo que ahora puede parecer una quimera, será la gran conquista de la humanidad. Claro está, tendremos que despojarnos de la mentira, luchar contra las injusticias, liberarnos de ataduras que nos aniquilan, desandar caminos competitivos, reflexionar -en definitiva-  más interiormente para poder amparar toda existencia por minúscula que nos parezca. Para ello, hemos de poner todo nuestro intelecto en ser servidores y jamás dueños de nadie, en ser ciudadanos dispuestos a abrazar la verdad y en sembrar de sonrisas nuestro camino, que la paz va con uno y no hay que buscarla por fuera.

            Ya sabemos que no habrá sosiego mientras perduren nuestras desventuradas hazañas, como son las opresiones de los pueblos, las inmoralidades y los desequilibrios económicos, la intolerancia y la discriminación, el caos y el desorden. Tampoco se trata de legislar más para reducir los riesgos, sino de legislar con otros horizontes, quizás los de la universalidad natural, para mejorar su cumplimiento. Las finanzas no pueden dirigir nuestras vidas como vienen haciéndolo. Tenemos que construir otra tierra, donde el mercado sirva al ser humano, y no viceversa. Al final, todo hemos de centrarlo en la persona como conjunto, como sueño, teniendo en cuenta que nada sucede a menos que primero sea un deseo. Y la gran aspiración de este linaje, en el momento actual, ha de ser menos palabras y más hechos, o si quieren, más concreción y menos abstracciones. Esta realidad de trabajar todos para todos hay que entenderla bien. El ciudadano, por ende, ha de poner más entusiasmo en las acciones que en los dichos. Quien ama nada se le resiste y hasta los sueños dejan de ser sueños. Es un poco el protocolo del instinto natural: tenía hambre y me has dado de comer, sin importarte nada. Considérese, pues, que al ser humano sólo le puede salvar su análogo. No somos islas, y la verdadera donación no puede aislarse en unos pocos, porque si se encierra no es amor, y al final acabará buscando su propio provecho o el interés de unos pocos.

            Bajo este pensamiento de lo global hemos de encauzar nuestra propia existencia. Hace tiempo que lo vengo reivindicando en sucesivos artículos y no cesaré de hacerlo, porque esta vida es de todos y de nadie en particular. Únicamente podremos hallar soluciones adecuadas si actuamos unidos y acordes. Existe, por tanto, un notorio, definitivo e inaplazable imperativo ético de pasar de las palabras a los hechos. En este sentido, es por ejemplo, un gesto de avance que Italia haya sido designada como país anfitrión de las celebraciones globales del Día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio) en un anuncio hecho público de forma conjunta por el gobierno italiano y el programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Igualmente resulta significativo que dicha jornada avive el uso eficiente de los recursos y la producción, así como un consumo sostenible en el contexto de la capacidad regeneradora del planeta, tal y como capta el eslogan, por cierto elegido por la comunidad mundial a través de sus votos en las redes sociales, refrendando de esta manera el carácter planetario de dicha onomástica: "Siete mil millones de sueños. Un solo planeta. Consume con moderación". Está visto que, mientras hay vida, siempre está la esperanza de no desistir de los sueños. Quizás deberíamos permanecer más atentos a este tipo de señales, puesto que son estas conmemoraciones, donde aparte de subrayar la posibilidad de trabajar unidos, lo que hace que la vida se muestre interesante. Téngase en cuenta, además, que así como una jornada bien empleada genera un dulce sueño, también una existencia moderada, entregada al bien común, de igual forma causa una dulce muerte. Sólo hay que mirar y verlo que así es.

            Naturalmente, cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza como parte de sí jamás se entristece y camina con la fuerza de la juventud, deseoso de hacer camino sobre la propia existencia. Es verdad que, en nuestros días, el ciudadano admirado por sus propios descubrimientos, se endiosa pero, a la vez, también se angustia sobre la evolución del mundo. Muchas veces camina como perdido y llega a no reconocerse y rechazarse. Otras veces recapacita, y esto es bueno, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad, e intenta abrir nuevos sueños poniéndose a disposición de la ciudadanía. Tal vez tengamos que renovarnos como sociedad, como familia humana, juzgando menos y donándonos más. Al fin y al cabo, nuestro dinamismo creativo es nuestro principal anhelo, pero no podemos caer en contradicción. Activar la coherencia con nuestra voluntad ha de ser prioritario. De lo contrario, seguiremos reivindicando de palabra la libertad, mientras  la realidad será otra, y seremos más esclavos que nunca, tanto social  como psicológicamente. Lo mismo sucede con el poder, en lugar de estar al servicio de toda la humanidad, conviviremos con otras situaciones que amenazan con destruirlo todo. Esta es la gran inquietud que debe hacernos recapacitar, al menos para optimizar nuestras actitudes, nuestro espíritu de concordia, nuestro vinculo de familia fraterna.

            Indudablemente, el curso de los acontecimientos a veces nos deja sin palabras. Sin duda, el espíritu técnico nos aproxima más unos a otros, también el espíritu científico nos ayuda a vivir más y mejor, pero hace falta otro espíritu, el humano, para que nos transformemos en ciudadanos compasivos, en individuos con sentido de estirpe, en pobladores solidarios más allá de las buenas intenciones. Necesitamos socializarnos desde la fraternidad. O si lo prefieren desde el amor más profundo. Esta es la clave y ha de ser nuestra nueva mentalidad, nuestro renovado espíritu crítico, lo cual hace que el ser humano tenga un sentido más vivo de pertenencia al linaje. Por consiguiente, ha de afianzarse la convicción de que los seres humanos nos pertenecemos unos a otros y, en consecuencia, hemos de perfeccionar el dominio sobre las cosas que nos circundan. No olvidemos que todos tenemos capacidad de discernimiento para dirigir correctamente las fuerzas hacia una comunidad universal, que se alimente del amor, o bien optar por aplastarnos con poderes que no dejan ni interrogarnos, y que en absoluto van a respetarnos como habitantes. Por ello hay que insistir sobre todo en que las culturas han de armonizarse, lejos de cualquier poder político o económico, con el único referente de que los sueños son posibles y de que la vida es una permanente sorpresa de que vivo para los demás y no para mí. Con razón una vida no ofrecida tampoco merece continuidad alguna. Eso me parece a mí. Que cada lector responda para sí.

viernes, 5 de junio de 2015

El sitio (II)

Por: José Antonio Córdoba


La cena de los caballeros fue distendida y con mucha sorna sobre la poca fuerza del arquero, la mala calidad de sus flechas o incluso del peso de aquellas letras.
Tras la cena, se montó guardia y el resto de los recién llegados aprovecharon para descansar. Sin embargo, su jefe, solo pudo dormir lo justo, lo necesario para sentirse descansado, pero algo le inquietaba, así que se levantó y avisando al centinela, se encaminó hacia la puerta del castillo, pensaba que debía de haber una puerta de paso disimulada entre las duelas de aquella inmensa mole de madera, y con una antorcha, paseaba una y otra vez por delante de la puerta, acariciaba su superficie, como si pretendiera encontrar un resorte o algo que le permitiera el paso, pero nada.
Miró el arco de piedra donde se embutía la puerta, y solo veía una casi desalentadora superficie lisa, casi no se notaba los cortes de la piedra.
Cuando se disponía regresar al campamento, cuando algo en su interior le dijo que era imposible que lo más obvio fuera posible, así que se dirigió a la puerta, clavó en el suelo la antorcha y buscó el centro de la misma, cuando lo calculó presionó con toda su fuerza, de no haber sido por la pierna derecha adelantada,  hubiera caído de bruces hacia delante. La puerta se había abierto con una facilidad tan abrumadora, como espeluznante, sobre todo, por el mudo movimiento que aquella inmensa puerta. Permanecía de pie, frente a la abertura de la puerta, mientras el hacha reflejaba tenuemente su figura en la oscuridad del interior. Estuvo tentado de dar la voz de alarma y convocar a sus caballeros, pero algo seguía invitándolo a entrar, pero solo a él. Así que cogió el hacha y se adentró en la fortaleza, nadie guardaba aquella puerta, tras la  misma un pasillo se abría hacia la derecha y decidió seguirlo, era ese lugar donde si quería reprimir un ataque dentro de las murallas, los asaltantes perecerían todos, hombres y monturas, pero aun así, pese que a que su presencia era delatada por el haz de la antorcha continuó su paso.
Una brisa nocturna y casi helada jugueteaba por los recodos de aquel pasillo-foso. Tras unos largos minutos se encontró frente a la entrada de lo que debía de ser la calle principal de la villa que se escondía tras aquellas murallas, siguió caminando pero todo era oscuridad solo rota por el crepitar llameante de su antorcha.
Sus pasos se detuvieron de pronto al sentir algo a sus espaldas, girándose a la vez que desenvainaba su acero, se encontró frente a un figura alta esbelta, un rostro de mujer se dejaba entrever bajo una melena tan negra como la misma noche, que era agitada por aquella brisa.
Sus ojos denotaban gran tranquilidad, una serenidad que llenó de paz al caballero, que antes de envainar su espada miró en derredor para comprobar que su vida no estaba en peligro.
La mujer sin dejar de mirarlo avanzó pasando junto a él y con un gesto le indicaba que la siguiera, así lo hizo el caballero. Pronto abandonaron la calle principal y entraron en una de las torres de la fortaleza, el ascenso por la misma era una rampa que se perdía hacia el cielo. La mujer indicó al caballero que apagara su hacha en un cubo que había al inicio de la rampa, y este la obedeció a la vez que empezaban a ascender por aquella rampa, los primeros pasos trascurrieron casi en completa oscuridad, hasta que la vista del hombre se adaptó a la oscuridad, una oscuridad que le extrañó pues pese a ello podía ver casi perfectamente por donde caminaban.
El ascenso se produjo en un silencio que al caballero de vez en cuando le hacía preocuparse y mirar hacia detrás de él, pero allí estaban ellos solos. Pronto la oscuridad de la torre empezó a teñirse del azul oscuro del cielo nocturno, bañado por el plateado río de la Luna...