Por: José Antonio Córdoba
El destino o la vida, es curiosa,
irónica y cuando menos, ¡sorprendente!
Hoy los bosques de robles, pinos,
castaños o alcornocales han dejado paso a casas, bloques, rascacielos,
aparcamientos, superficies comerciales... El antaño prado verde se está
convirtiendo tal cual día nublado amenazante de agua. Hoy en la lejanía solo
vemos lo que queremos ver, ¡tecnología!
Pero los que marchamos a
destiempo de la evolución, seguimos fijándonos en pequeños matices, me viene a
la mente la secuencia de la película WALL-E, cuando encuentra dentro de una
bota un brote verde. Esa ilusión, esa capacidad por los pequeños detalles es la
que estamos dejando olvidada en algún recóndito lugar de nuestro “cerebro 3.0”.
Hablo hoy del olvido, pues “no ha
mucho tiempo atrás” que este despistado empaquetador de letras, encontró algo
olvidado, o más bien, que se le daba a olvidar.
¿Quién duda de que los senderos ─ahora
que estamos caminando hacia la Pasión de nuestro Señor─ que Dios nos marca? Sabía Jesús de su fin, porque así lo
reconoció he hizo suyo. Pero nosotros somos tan ignorantes que reconociendo nuestra
senda, preferimos obviarla para hacer la del vecino.
Pues yo no sé si he reconocido mi
senda, pero la he hecho mía. Y en este caminar, mis pasos se han ido entrecruzando
continuamente con los de alguien. ¿Pero que puede pedirle un caminante a la
Luna o a las estrellas? Solo su luz.
Al fin de cuentas son pequeños matices,
visiones que no duran más que el resplandor de una estrella fugaz. Es ese
espejismo que sufre el sediento, y cuanto más real, más difuso se vuelve.
Uno lleva mucho tiempo
olvidándose, de dónde viene, de quien eres, en decremento de lo que los demás
quieren ver. En definitiva, sacrificando tú propia cultura por la de otros, que
lejos quedan, de tener la misma riqueza. En esta nueva andadura, dónde parado
en el tiempo, miro de dónde vengo, quien soy y quien pueda llegar a ser, me he
sentado en una piedra de mi camino a contemplar cuanto me rodea, no tengo
prisas, el tiempo es algo efímero, pero esa estrella fugaz sigue apareciéndose
en mis oscuras noches, iluminándolo todo a su paso.
Es bonito, pararte y sentarte a
contemplar el mundo, la vida, las gentes, la naturaleza. ¿Hay vida más allá del
puto dinero? Hay vida y casi siempre sacrificada por la hoja afilada de don
Euro, y de sus secuaces, el consumismo.
Hoy que a uno solo le acompaña su
orgullo, se siente rico, en este mundo donde muchas personas lo han sacrificado
en pos de un pedazo de pan, de un plato de comida en la mesa, de poder tener luz,
agua... Y me siento rico, porque mi orgullo, es el que me hace mantenerme aquí,
con la pluma en la mano contando lo que muchos de los que leeréis esto no
queréis ver, pues pensáis que son los desvaríos de un muerto de hambre, y no os
equivocáis, pero pensar, que no tardaréis en que os vea pasar por delante de
mí.
Pues en esta situación, cuando
uno es relegado a lo que es, y ve como tener un café en las manos, es un lujo;
un pan, un sueño; y un plato de comida, una esperanza vana. En este momento que
uno alza la vista a Cristo, diciéndole: “nada tengo y nada te puedo ofrecer”,
aparece esa estrella fugaz. Cuando uno creer estar en la mayor de las
oscuridades, aparece con su resplandor, y continúa su camino.
Pero esto es la vida, una utopía.
La de un mortal que quiere viajar a las estrellas; la de un caballero sin
escudo; la de un vagabundo que sueña por una Dama; la de un viejo que mira a la
vida, como si de un niño chico se tratase; la de alguien que hace años que su
sombra le abandonó; la de alguien, que
en su cartera solo lleva a sus hijos y su orgullo.

