jueves, 26 de septiembre de 2013

EL INDEPENDIENTE Nº 71

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El Independiente, nº 70

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¡QUE HORROR! (Por El Pere, colaborador habitualde El Independiente)


Es posible, y como es posible, pasa. El horror del tren que hacía el recorrido de Madrid a Galicia tuvo la desgracia de que por un fallo humano murieran muchas personas por culpa de la falta de atención del maquinista.



¡Que horror! Gritaba una señora. Pues yo digo que si, que horror. El dolor de los familiares no tiene límites ni palabras. El dolor de los familiares es algo que no se puede olvidar mientras se viva. Aunque el tiempo sea el mejor amigo del olvido. Esos padres, esos hermanos, esas familias destrozadas por un dolor que ni el tiempo borrará.

Tengo que decir que el pueblo llano, la masa de los ciudadanos acudían para donar sangre, y así poder sanar a aquellas personas que la necesitaban. Aquí se demuestra que el ser humano posee unos sentimientos y unos valores que debemos demostrar mientras estemos en esta vida. Tenemos que ser mas solidarios, creer en los derechos de los seres humanos, defender estos derechos a nivel mundial y tratar que la vida terrenal sea más justa, más sencilla, más cordial, más valerosa, más protegida y más, mucho más, de verdad.

La vida del ser humano debe de estar fundamentada sobre sus valores, y estos ponerlos en práctica. Los seres humanos no estamos capacitados para llevar una vida de desorden, de subsistencia, de desprotección social. Las leyes actuales mundiales les falta mucho por superar para conseguir el derecho a la igualdad.

Hay países que las leyes existentes están hecha para los poderosos, creando diferencias monstruosas entre el hombre y la mujer. Creando esclavitud. Y todo el mal que padece el tercer mundo debe de ser denunciado, activando leyes mundiales capaces de que los seres humanos disfruten de una vida social y sensata.

La diferencia de clases ha producido en el mundo mucho sufrimiento y padecimiento. Aún en la actualidad, los valores humanos están por el suelo. Esto hace que la vida sea injusta, poco social y yo diría que incluso criminal.

Debemos ser respetuosos con el mundo en que vivimos para hacerlo mejor y más civilizado.

lunes, 16 de septiembre de 2013

¿Para qué queremos a esos canallas? (Por el Pere, colaborador habitual de El semanal El INdependiente, de Sanlúcar)


           Ni siquiera han tomado una decisión para crear leyes que favorezcan a la humanidad. Fijaros en las noticias. Un tercer mundo creado por haberles robado su cultura, su riqueza y sus tierras.


            Los españoles no nos salvamos porque fuimos a saquear los países sudamericanos. Nos aprovechábamos de sus riquezas materiales como de sus metales preciosos, oro y plata. Matamos con crueldad a los nativos. Aún así, y a pesar de todo, el mundo sigue.

            Fíjense lo que hicieron con Nelsón Mandela en Sudáfrica, la Inquisición por parte de la iglesia, y no se cuantas crueldades más en la humanidad. No queremos más canallas en el mundo. Esto está en estos momentos en una situación muy peligrosa a nivel mundial. Existe muchísimo armamento capaz de destruir la vida. A los banqueros, con tan solo mirarle a la cara, se les nota la falsedad y la crueldad que poseen. Ahí tenemos lo que han hecho con las preferentes. Han robado los ahorros de toda una vida entera.

            Y para que más. Con la edad que tengo actualmente (74 años), he visto tanta crueldad, falsos, aprovechados y rateros. Ya lo dijo San Ambrosio “los poderosos adinerados, están ricos por haber robado a los pobres”

            Llevan por bandera la crueldad y se esconden como hizo el Sanedrín con Jesús que al final vino a dar testimonio y lo condenaron a morir colgado en el madero. Todo, todo, por lo crueles que son.

Hoy, en la época que vivimos, la crueldad sigue existiendo a altos niveles, y ¡cuidado! Que se avecina algo muy grave como la destrucción de la humanidad. La vida es parte de un ciclo, y como dije, el armamento que existe es devorador y si se utiliza…

Estamos destruyendo la dignidad humana, sus valores, su cultura, a base de robos, leyes nefastas, impuestos imposibles de soportar, y todo sube, y si caen las personas, dicen estos poderosos, que caigan.

Los gobernantes no se ponen de acuerdo, no consideran a los trabajadores ni a la juventud ni a nada. Con su indumentaria de chuleo, su cinismo, su arrogancia, su falsedad y sus engaños, tienen al mundo casi aterrorizado. Ninguno se baja los sueldos y no desean saber nada de los que necesitan ayuda, Así está, paro y más impuestos. Son unos canallas. ¿Y para que queremos a estos canallas?

jueves, 12 de septiembre de 2013

Una de elefantes y reyes (Por Juan Nadie)



A un hombre normal y corriente, que en su adolescencia dispara y mata a su hermano por error se le debería quedar grabado tan funesto episodio, “las armas las carga el diablo... y la dispara los tontos”




            Un arma es un arma, una herramienta de muerte sirva esta como mero objeto de colección o para cazar elefantes. Da igual si hablamos de un misil de crucero o de escopeta de caza. Y no es ningún secreto que nuestro monarca (investido rey por la gracia de Dios y el Generalísimo) es un entusiasta de la caza.

            El ser humanos siempre ha cazado. Al principio por necesidad y mas tarde por deporte, algo que da gran felicidad y satisfacción al que practica tan destructivo pasatiempo. ¡Tiene que dar una sensación de poder viril a aquel que destroza una perdiz o un conejo con una repetidora! Seguramente esta eyaculación como la pólvora pueda parecer un orgasmo a aquel que cace piezas mayores.

            Para un monarca matar pequeñas aves y mamíferos, debe ser algo tan soporífero como hablar a la nación en el día de Navidad. Es por ello que imagino que monarcas y otros poderosos tienen que batir algo grande, majestuoso, que esté a su altura, sea esta pieza un ejemplar de oso pardo batido en la Rusia de Putin (preparado a base de Vodka) o mejor aún, un magnifico ejemplar de elefante macho de imponentes colmillos.

            Si uno hiciera un ejercicio de imaginación ficticia, podríamos ver a nuestro “Juan Carlos” a treinta metros de un enorme elefante de seis toneladas, con dos balas en el cargador de su escopeta. Valiente, con temple. Para derribar a la bestia que ataca y hace vibrar el suelo bajo sus patas solo tiene dos oportunidades. Disparar al coloso en el corazón o justo debajo de la frente, solo en estos puntos es vulnerable el elefante. No se puede fallar puesto que si la bestia solo es herida ¡la muerte del cazador es casi segura!

            El elefante es un animal inteligente que siente el dolor e identifica a quien se lo ha causado. Un elefante aplasta con sus patas, ensarta con los colmillos y despedaza con la trompa a aquel que solo ha llegado a herirle.

            Hoy en día debemos recordar que existen armas, que dejan seco a un elefante de seis mil Kilos a una distancia de dos kilómetros. También e puede batir a uno de estos desde un helicóptero o una avioneta. Así que quitémonos de esa idea romántica de un hombre frente a un gigante, jugándose su majestuoso pellejo.

            Cuentan que Houston, el genial director de cine, durante el rodaje en África de una de sus películas se obsesiono tanto con querer cazar un elefante que la obsesión acabó afectando el rodaje de la película. Cuando uno de sus amigos le dijo algo así como que cazar a tan majestuoso animal era un “pecado a los ojos de Dios”. Houston le respondió: “Ese es el motivo. Precisamente porque es un pecado que puedo cometer pagando una licencia”. Cuanta razón tenía.

            Algo así debe pensar Juan Carlos, que puede cometer un pecado inmune a las leyes del hombre y de la creación. Aunque nuestro monarca ya ni paga por el pecado. Otros lo invitan a pecar. Nuestro monarca peca gratis.
            Los millones de personas en crisis económica con que cuenta en su Reino de España. ¿Y nos piden que seamos indulgentes con él?

            Da igual el coste del transporte, avión militar o avión privado, esta no es la cuestión. Que se puede esperar de una corona que aparte de vender revistas para marujas y aparecer en eventos deportivos,  y no parar de parir froilanes por doquier, para asegurase así la corona.

            La cuestión es ¿de que nos protege Juan Carlos? ¿de los osos? ¿de los elefantes? Aprenderá alguna vez que las armas las carga el diablo... y la disparan los tontos!

martes, 3 de septiembre de 2013

Magallanes: El hombre que encabezó la vuelta al mundo



El hombre que encabezó la vuelta al mundo
CUANDO los primeros hombres fueron a la Luna, planearon con una precisión matemática adónde iban y cómo llegar. Y podían comunicarse con la Tierra. Pero cuando las cinco naves de Fernando de Magallanes —embarcaciones de madera que en su mayoría medían unos veinte metros de eslora, una longitud comparable a la de un camión moderno con remolque— zarparon de España en 1519, navegaban hacia lo desconocido. Sus tripulantes estaban totalmente incomunicados.
Los viajes de Magallanes se encuentran entre las hazañas náuticas más intrépidas y valerosas de todos los tiempos, constituyen un monumento a la gran era de la exploración: una era de valor y temor, de júbilo y tragedia, de luchar por Dios y por las riquezas. Remontémonos pues a aquella época, alrededor del año 1480, cuando nació Fernando de Magallanes en el norte de Portugal, e informémonos un poco acerca del sobresaliente hombre que comunicó el mundo y de sus épicos viajes.
De paje de la corte a marino intrépido
La familia Magallanes pertenece a la nobleza, por lo que, según la costumbre, Fernando entra de muy joven en la corte para servir de paje real. Allí cursa sus estudios y también oye de primera mano de las hazañas de hombres como Cristóbal Colón, que acaba de regresar de las Américas tras haber buscado una ruta marítima occidental para llegar a las legendarias islas de las Especias (Indonesia). El joven Fernando sueña con el día en que él también pueda oír el golpeteo de las velas sobre su cabeza y sentir en el rostro el roción de océanos sin explorar.
Lamentablemente, en 1495 muere asesinado su protector, el rey Juan II, y sube al trono el duque Manuel, un hombre al que le atrae la riqueza pero no la exploración. Por alguna razón, al rey Manuel I no le cae bien Fernando, que para entonces tiene 15 años de edad, y por años no accede a sus peticiones de salir a la mar. Pero cuando Vasco da Gama regresa de la India cargado de especias, Manuel I ve en ello la posibilidad de obtener muchas riquezas. Finalmente, en 1505 da permiso a Magallanes para embarcarse. Este zarpa en una flota portuguesa hacia África oriental y la India para ayudar a arrebatar a los mercaderes árabes el control del comercio de especias. Posteriormente embarca con otra expedición militar en dirección a Malaca, más hacia el este.
En 1513, Magallanes participa en una escaramuza en Marruecos, es herido de gravedad en la rodilla y queda cojo para el resto de su vida. Pide al rey Manuel que le aumente la pensión, pero la animosidad del monarca hacia Magallanes no ha disminuido en lo más mínimo a pesar de sus hazañas, sacrificio y valor. Apenas le concede lo suficiente para vivir modesta y dignamente.
En estos momentos, los más difíciles de su vida, Magallanes recibe la visita de un viejo amigo, el famoso navegante Juan de Lisboa. Hablan sobre cómo llegar a las islas de las Especias dirigiéndose hacia el sudoeste, cruzando el paso —un estrecho que, según se decía, atravesaba América del Sur— y navegando luego por el océano que Balboa había descubierto poco antes cuando atravesó el istmo de Panamá. Ambos creen que al otro lado de dicho océano se encuentran las islas de las Especias.
Magallanes suspira por encontrar lo que Colón no pudo: la ruta occidental hacia el Oriente, la cual, cree él, es más corta que la oriental. Pero como necesita respaldo económico, y aún se siente angustiado por la insistente oposición del rey Manuel, decide hacer lo mismo que hizo Colón unos años antes: solicita el auspicio del rey de España.
¿Le escuchará el rey de España?
Con sus cartas náuticas delante, Magallanes presenta sus argumentos al joven soberano español, Carlos I, quien está muy interesado en la ruta occidental que propone Magallanes a las islas de las Especias, pues así no tendrán que invadir las rutas marítimas portuguesas. Es más, Magallanes le dice que las islas de las Especias probablemente estén en territorio español, no portugués. (Véase la nota “El Tratado de Tordesillas”.)
Carlos I se deja persuadir. Entrega a Magallanes cinco naves viejas a fin de repararlas para la expedición, lo nombra capitán general de la flota y le promete una parte de las ganancias procedentes de las especias que traiga de vuelta. Magallanes pone enseguida manos a la obra. Pero debido a que el rey Manuel trata maliciosamente de sabotear el proyecto, transcurre más de un año antes de que la flota esté por fin lista para su épico viaje.
La mayor hazaña náutica de la historia
El 20 de septiembre de 1519, las naves San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago —de mayor a menor— zarpan hacia América del Sur siguiendo a la Trinidad, la nave capitana al mando de Magallanes y la segunda en tamaño. El 13 de diciembre llegan a Brasil, y bajo la majestuosa sombra del Pan de Azúcar, entran en la hermosa bahía de Río de Janeiro para reparar las naves y abastecerse de provisiones. Luego continúan hacia el sur, bordeando la costa de lo que hoy se conoce como La Argentina, en busca del escondido paso a otro océano. Mientras tanto, los días se van haciendo más fríos y empiezan a aparecer icebergs. Finalmente, el 31 de marzo de 1520, Magallanes decide invernar en el gélido puerto de San Julián.
Para entonces el viaje ya ha durado seis veces más que la primera travesía del Atlántico por parte de Colón, y todavía no han encontrado el estrecho. Con la moral tan baja como la temperatura ambiental de San Julián, los hombres —incluidos algunos de los capitanes y oficiales— están desesperados por regresar a casa. Como se veía venir, finalmente estalla un motín. Pero Magallanes lo sofoca de inmediato y dos de los cabecillas pagan con su vida.
La presencia de barcos extranjeros en el puerto despierta, como es lógico, la curiosidad de los robustos y corpulentos habitantes del lugar. Dado que los tripulantes se sienten como enanos al lado de esos gigantes, dan a esa región el nombre de Patagonia —término derivado de una palabra española que significa “pies grandes”—, por el que todavía se la conoce en la actualidad. También ven lo que a sus ojos parecen ser lobos marinos del tamaño de un becerro, y gansos de color blanco y negro que nadan bajo el agua, comen pescado y tienen el pico como los cuervos. Sí, acertó. Se referían a las focas y los pingüinos.
Dado que en las latitudes polares son comunes las tormentas violentas repentinas, antes de terminar el invierno, la flota pierde la primera de sus embarcaciones, la pequeña nave Santiago. Pero afortunadamente la tripulación es rescatada de entre los restos del naufragio. Después, las cuatro naves restantes, como pequeñas mariposas azotadas por los incesantes y gélidos vientos, se abren poco a poco camino hacia el sur, por aguas cada vez más frías, hasta el 21 de octubre. En esa fecha, a través del roción y el aguanieve, todos los ojos se clavan en una abertura que se percibe al oeste. ¿Será el paso que buscan? ¡Sí! Por fin giran y entran en el estrecho que después recibió el nombre de estrecho de Magallanes. Pero incluso en este momento de triunfo la alegría queda empañada. La nave San Antonio deserta, desaparece en el laberinto de canales del estrecho, y regresa a España.
Las tres naves restantes, flanqueadas por inhóspitos fiordos y picos nevados, se abren camino tenazmente por el tortuoso estrecho. Como en el lado sur divisan un sinfín de fogatas, posiblemente de los campamentos indios, llaman a dicha región la Tierra del Fuego.
El suplicio pacífico
Tras cinco angustiosas semanas, salen a un océano de aguas tan tranquilas que Magallanes lo llamó Pacífico. Los hombres rezan, cantan himnos y celebran su conquista con salvas de cañón. Pero su euforia no dura mucho. Les esperan tribulaciones peores que las experimentadas hasta entonces, pues este no es el pequeño mar que esperaban, sino que parece interminable, y los hombres se encuentran cada vez más hambrientos, débiles y enfermos.
Antonio Pigafetta, de origen italiano y naturaleza fuerte, lleva un diario. En él escribe: “El miércoles 28 de noviembre [de 1520 entramos] [...] en el [...] mar Pacífico, en el cual navegamos durante tres meses y veinte días sin probar ningún alimento fresco. [...] La galleta que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, [...] y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y hedionda. [...] Llegamos al terrible trance de comer pedazos del cuero [...] [y] serrín de madera [...], pues hasta las ratas [...] llegaron a ser un manjar tan caro, que se pagaba cada una a medio ducado”. Así, mientras los frescos vientos alisios llenan las velas, y las cristalinas aguas se deslizan por debajo de la quilla, los hombres van decayendo a causa del escorbuto. Para cuando llegan a las islas Marianas, el 6 de marzo de 1521, ya han muerto diecinueve.
Pero en este lugar, debido a hostilidades con los isleños, solo consiguen un poco de alimento fresco y tienen que volver a zarpar. Finalmente, el 16 de marzo avistan las Filipinas. Por fin, todos los hombres comen bien, descansan y recuperan la salud y las fuerzas.
Un sueño frustrado por la tragedia
Magallanes es un hombre muy religioso y convierte al catolicismo a muchos isleños y sus gobernantes. Pero su celo se convierte en su perdición. Interviene en una disputa entre tribus y, con solo 60 hombres, ataca a unos mil quinientos nativos, creyendo que la ballesta, el mosquete y Dios le garantizarán la victoria. No obstante, tanto él como varios de sus hombres pierden la vida. Magallanes tiene unos 41 años. Su leal compañero Pigafetta se lamenta con estas palabras: “Mataron a nuestro modelo, nuestra luz, nuestra fuente de ánimo y nuestro verdadero guía”. Unos días más tarde, alrededor de veintisiete oficiales, que no habían hecho más que observar desde sus barcos lo que sucedía, mueren asesinados a manos de jefes indígenas que anteriormente habían sido amigables.
Cuando Magallanes muere, lo hace en aguas conocidas. Un poco más al sur están las islas de las Especias, y al oeste, Malaca, donde luchó en 1511. Si, tal como piensan algunos historiadores, Magallanes fue a las Filipinas una vez concluida la batalla de Malaca, entonces sí circunnavegó el globo, aunque, por supuesto, no en un solo viaje. Llegó a las Filipinas tanto por el este como por el oeste.
Un viaje de regreso plagado de desgracias
Al quedar tan pocos hombres, les resulta imposible manejar tres naves; así que deciden hundir la Concepción y con las otras dos llegan a su destino final, las islas de las Especias. Cargan las dos embarcaciones de especias y luego se separan. Posteriormente los tripulantes de la Trinidad, nave en muy mal estado, son capturados por los portugueses y echados en prisión.
La Victoria, bajo el mando del ex amotinado Juan Sebastián Elcano, logra evadirse. Evitando todos los puertos excepto uno, se aventura a tomar la ruta portuguesa en torno al cabo de Buena Esperanza. Pero la estrategia de no detenerse para obtener víveres resulta costosa. Cuando finalmente llegan a España el 6 de septiembre de 1522, tres años después de su partida, solo quedan como supervivientes dieciocho hombres enfermos y demacrados. De todas formas, estos son los primeros e indiscutibles navegantes que dieron la vuelta al mundo. Y Elcano es un héroe. Por increíble que parezca, la venta de las veintiséis toneladas de especias de la Victoria cubre todos los gastos de la expedición.
El nombre de Magallanes perdura
A Magallanes se le niega por años el lugar que le corresponde en la historia. Influidos por los informes de los capitanes amotinados, los españoles difaman su nombre calificándolo de duro e incompetente. Los portugueses lo tachan de traidor. Lamentablemente, su diario de navegación desapareció al tiempo de su muerte, probablemente a manos de aquellos que resultaban desenmascarados en él. Pero gracias al indómito Pigafetta —uno de los dieciocho supervivientes— y a aproximadamente otros cinco miembros de la expedición, tenemos por lo menos algún registro de este trágico pero extraordinario viaje.
Con el tiempo la historia revisó su criterio y hoy día el nombre de Magallanes recibe la honra debida. Llevan su nombre el estrecho de Magallanes, las Nubes de Magallanes —dos galaxias nebulosas descritas por primera vez por su tripulación— y la sonda espacial Magallanes. Y no olvidemos que el nombre del océano más grande del mundo, el Pacífico, se lo debemos también a Magallanes.
En efecto, “el hombre no efectuaría otro viaje de semejante trascendencia hasta el alunizaje del Apolo 11 cuatrocientos cuarenta y siete años después”, escribe Richard Humble en su obra The Voyage of Magellan (El viaje de Magallanes). ¿Por qué fue tan importante ese viaje? En primer lugar, demostró que las Américas no formaban parte de Asia ni estaban cerca de ella, como Colón pensaba. En segundo lugar, al final del viaje surgió la necesidad de crear una línea internacional de cambio de fecha debido a que existía una discrepancia de un día en las fechas. Y por último, como dijo el escritor científico Isaac Asimov, quedó probado que la Tierra es esférica. Precisamente con relación a esto último, Magallanes demostró en la práctica lo que la Biblia venía diciendo por dos mil doscientos cincuenta años. (Isaías 40:22; compárese con Job 26:7.) Seguro que este hombre tan religioso que encabezó la vuelta al mundo se habría sentido complacido de saberlo.
[Nota]
El Tratado de Tordesillas
  Con el inmenso mundo que se abría ante ellos, Portugal y España firmaron un tratado para compartir el comercio y los derechos soberanos sobre las nuevas tierras. Bajo la dirección de los papas Alejandro VI y Julio II trazaron una línea imaginaria de norte a sur a través de lo que hoy se conoce como Brasil. Las tierras que se descubrieran al este de dicha línea pertenecerían a Portugal; las demás, a España. Magallanes cometió el error de decir al rey Manuel de Portugal que si se prolongara esa línea a través de los polos hasta el otro lado del globo, las islas de las Especias probablemente caerían dentro del dominio de España. Con esta honrada observación, basada en la opinión que entonces imperaba de que el océano Pacífico era mucho más pequeño, se ganó una enardecida reprensión. Lo irónico fue que Magallanes estaba equivocado. De todas formas, su convicción lo motivó aún más a solicitar el auspicio del rey de España.

El suplicio del marino de antaño

  La vida del humilde marino, sobre todo durante los largos viajes de exploración, que solían durar años, no era precisamente un idílico crucero. A continuación puede verse una simple muestra de las penalidades que tenía que afrontar:
• Cuartos penosamente atestados y falta de intimidad
• Castigos crueles y frecuentes, al antojo del capitán
• Escorbuto y muerte por carencia de vitamina C
• Muerte a causa de naufragio, hambre, sed, frío o ataques de los indígenas
• Disentería o tifus por beber agua contaminada o pútrida
• Intoxicación alimentaria por consumir comida podrida o infestada de parásitos
• Fiebre por mordedura de ratas hambrientas
• Tifus por causa de los piojos que invadían los cuerpos y la ropa sucios
• A lo más, un 50% de posibilidades de regresar a casa con vida