Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
A
cualquiera de nosotros le gusta llevarse bien con uno mismo, vivir
mucho, pero mejor aún vivir bien y, todavía más, poder sentir el
amor todos los amaneceres, aunque sólo sea para poder amar, y hallar
en el bienestar del semejante su idéntico afecto. Personalmente, me
interesa mucho más el índice de placidez de un pueblo que su
producto interior bruto. Este último fruto lo único que hace es
volvernos materialistas. De ahí, que aplauda la labor de Naciones
Unidas, por reconocer la relevancia de la felicidad y el bienestar
como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia
de su inclusión en las políticas de gobierno. Pero también esta
complacencia íntima depende de cada uno de nosotros. En la medida
que nos donemos, sin esperar recompensa alguna, nos sentiremos más
satisfechos. Obviamente, se precisa un nuevo modelo de vida, que
apueste por una prosperidad más colectiva, no sólo basada en la
cuestión económica, sino también en otros paradigmas
medioambientales, sociales o propiamente humanos. A mi juicio,
tenemos que dejar que actúe más el sueño del amor sin condiciones,
para ser sensibles a tantos desórdenes sembrados desde la parcela
inhumana del dominio. Únicamente hay una cuestión importante en el
cotidiano quehacer existencial, contribuir a que lo armónico
cohabite en nuestros regios pasos. Todo lo demás no tiene
importancia.
Efectivamente,
sólo desde el reencuentro de unos y de otros, bajo el propio obrar
ético, es posible la concordia. Por desgracia, el mundo cada día
es más infeliz, y por ende, tremendamente injusto. Hemos perdido por
el camino tantos desvelos en la búsqueda de la verdad, que apenas
nos queda valor para reorientarnos en este caos que hemos generado
todos contra todos. Resulta significativo el cúmulo de
degradaciones vertidas alrededor del medio ambiente o del mismo ser
humano en cuanto a su innata dignidad. Por otra parte, resulta
verdaderamente mezquino que en los mismos países se formulen
políticas que conllevan a fuertes desigualdades, cuando los
gobiernos deberían animar a que la solidaridad entre regiones fuese
algo más que meras palabras, adoptando indicadores básicos de
bienestar mínimo para sus ciudadanos. Sería bueno, en consecuencia,
que coincidiendo con el Día Internacional de la Felicidad (20 de
marzo), adquiriésemos nuevos compromisos de desarrollo más
inclusivo y sostenible, reafirmando nuestra promesa de compartir con
los que menos tienen. Trabajar por el bien común, aparte de
engrandecernos y de tranquilizarnos por dentro, también nos
enriquece, sobre todo a la hora de reencontrarse uno consigo mismo,
que puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.
Sabemos
que la compasión fomenta el dicha anímica, por muy fuertes que sean
las cenizas de la desilusión. Al final nuestro corazón armoniza con
aquello que somos, no con lo que tenemos. Con frecuencia el mundo
busca la felicidad en los placeres, en los bienes materiales, y ese
camino lleno de competitividades, lo que genera es un volcán de
conflictos. Es preciso repetir, que no puede haber solidaridad, donde
no anida el amor verdadero. Sería precioso para el futuro del ser
humano que nos olvidásemos de nuestros intereses para entregarnos
con generosidad al servicio del prójimo. Hoy el mundo necesita
personas de horizontes amplios, ciudadanos de corazón grande,
dispuestos a dar lo mejor de sí por la especie humana. O sea, de
vivir para los demás.
La
persistente crisis actual, a mi juicio, lo que requiere claramente es
una revisión de las actuales estructuras políticas, económicas y
financieras a la luz del imperativo moral, para que el bienestar
alcance a todos los individuos. De cualquier manera, considero, que
urge corregir los errores de nuestros instintos. Tampoco se puede
vivir con tranquilidad viendo el rostro de horror de tantas vidas
inocentes, víctimas de la violación de los derechos humanos tantas
veces ignorados. Los centros escolares no pueden ser usados con fines
militares. La pobreza no puede ser enquistada en los más débiles.
Desde luego, estas horrendas situaciones tienen que cambiar si en
verdad pretendemos que todos los ciudadanos tengan las mismas
posibilidades de desarrollarse. En cualquier caso, para que culmine
un clima de progresos auténticos y suficientes para todos, habría
que modificar hábitos que se han vendido como ejemplarizantes; estoy
hablando de la tolerancia inmoral tapada por esas mismas estructuras
poderosas. No pueden quedar impunes hechos que corrompen, al final la
podredumbre alcanza a todos.
Realmente,
parece que vamos de fracaso en fracaso, y esto debe enseñarnos a
rectificar, a buscar nuevas fórmulas para reactivar el ánimo. Los
momentos actuales me parecen que son de una gran oportunidad para
volver a comenzar con más tesón la lucha por ese bienestar gozoso
que todos los seres humanos buscamos y nos merecemos. Por desdicha,
multitud de ideologías dominantes tratan de imponer unos criterios
egoístas, inspirados en el comercio más absurdo, implantando en la
mayoría de las ocasiones la violencia y el odio como medio racional
de los conflictos que puedan surgir. Es hora de que la ciudadanía
mundial despierte y aspire a reivindicar una vida feliz y plena,
libre de temores y ataduras, sin necesidades y en armonía con el
orbe. Indudablemente, el progreso y la calidad de vida de sus
moradores revierte en la felicidad que se respira. Por ello, hay que
buscar la orientación global, aunque tengamos retrocesos y
contradicciones, lo más importante es analizar el problema, ver que
sí los niveles de salud pública, de estabilidad laboral o de
calidad del medio ambiente, así como el goce pleno de los derechos
humanos, no pasan del papel a la realidad, debemos intervenir de
manera inmediata. Necesariamente, los valores de felicidad, armonía,
justicia, dignidad, son de aplicación directa, necesaria y
perentoria, para todos los pueblos y para todas las personas.
Ciertamente,
por lo dicho anteriormente, cuesta entender que haya personas felices
cuando otras, tan humanas como ellas, continúan sufriendo la
exclusión de la vida, el terror y las privaciones hasta de aliento
puro. Está visto, además, que el ser humano no puede lograr la paz,
la seguridad y la felicidad sin tener un equilibrio satisfactorio de
sus necesidades materiales, pero también espirituales. Un espíritu
feliz siempre es un bien común, pero antes tiene que apreciarse a sí
mismo. Consecuentemente, los distintos gobiernos del mundo han de
garantizar el armonioso desarrollo del ser humano, y en este sentido,
la familia que en verdad lo es, son los que primero cuidan y enseñan
a sus hijos, para que puedan llevar una vida feliz y solidaria entre
hermanos. Con premura, tenemos que desterrar los privilegios y
beneficios injustos en favor de los países o familias más
pudientes, clausurar los muchos paraísos fiscales que empobrecen a
los más pobres, para empezar a movernos por un orden más
equitativo. Al fin y al cabo, no olvidemos que el hombre más feliz
es aquel que sabe reconocerse en ese eslabón del camino, como un ser
que comparte y que se parte de alegría ante el bien ajeno,
viviéndolo como si fuera propio.