sábado, 25 de julio de 2015

El amor está reservado para los valientes

Por: Víctor Corcoba Herrero




Un cobarde es incapaz de mostrar humanidad alguna; hacerlo está reservado para los valientes, que saben lo que es amar sin condiciones, ni condicionantes. El mayor acto de valentía siempre nace en lo profundo del alma, y se alienta con el compromiso del amor hacia nuestros semejantes. Ellos son los artífices de la paz. Me estoy refiriendo a aquellos ciudadanos, grupos de personas o instituciones que promueven y protegen los derechos humanos de manera armónica, rechazando todo tipo de violencia. Sin duda, son nuestros ángeles. Muchas de esas personas arriesgan su vida, soportan multitud de intimidaciones y represalias, son víctimas de ejecuciones y torturas, sufren detenciones arbitrarias, amenazas de muerte, pero continúan con su quehacer callado, a pesar de los acosos y difamaciones que suelen recibir a diario. Inadmisiblemente, a esta gente de buen hacer y mejor obrar, que son la luz, en excesivas ocasiones se le intenta apagar la llama.

            Comprenderá el lector mi admiración. Estos héroes de la vida suelen tener un corazón muy grande, fruto del verdadero amor, injertado como abecedario de su existencia. Ciertamente, han optado por un futuro pacífico y no escatiman esfuerzo alguno; es su oportunidad, la de hacer valer los derechos humanos con la firmeza necesaria. Sin duda, saben mejor que nadie que vivimos tiempos espinosos, que nos desbordan por su violencia y venganza, hoy mismo un grupo de expertos de Naciones Unidas y del sistema Interamericano de Derechos Humanos,  lamentan los intentos de desacreditar e intimidar a defensores de derechos humanos en una televisión pública de un país, en represalia por activismo y su cooperación con la ONU y organismos regionales que se ocupan de las garantías fundamentales. Indudablemente, todos los gobiernos del mundo mundial deberían saber que deben respetar y defender la participación de estos gentíos de paz.

            Lo mismo sucede con las agresiones, secuestros y crímenes a periodistas, que lo único que hacen es mostrar al mundo el aluvión de contrariedades e injusticias, con el fin de que la ciudadanía esté informada para que pueda tomar decisiones acertadas. Por consiguiente, es esencial que estos hechos no queden impunes, y la comunidad internacional debe actuar con la contundencia necesaria para que no vuelvan a suceder. Este es el momento de contrastar la lógica del miedo con la ética de la responsabilidad, para promover un hábitat más de todos y de nadie, y para ello pienso que el respeto a los derechos humanos fundamentales, junto con el desarrollo socioeconómico y la libertad, son esenciales para el futuro y la supervivencia de la familia humana. La idea aristotélica de que la excelencia moral es resultado del hábito, puesto que nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía; puede ayudarnos a tomar la orientación debida.

            Si en verdad nos moviera el amor, nuestra acción debe ser valiente, no tibia; pues, nos consta, que todavía hay demasiada represión en todo los continentes, exorbitante  irresponsabilidad, lo que nos exige a toda la ciudadanía retomar una nueva conciencia de los derechos humanos, tan devaluados hoy en día. Por tanto, bravo por esos defensores que hacen lo posible, y a veces  hasta lo imposible, para defender los ideales  y las aspiraciones que son válidas para todas las culturas y todas las personas; y también bravo, por esos periodistas entregados en dilucidar las verdad de los acontecimientos. La libertad de expresión es la piedra angular de este combate de valentía, que no es otro, que advertir que los derechos humanos pertenecen a toda la humanidad, y nadie debería invocar diferencias para atentar contra algo que es inherente al ser humano y a cada uno de nosotros.

            Al fin y al cabo, por mucho que un ser humano valga, jamás tendrá valor más alto que el de ser ciudadano del mundo, con lo que eso conlleva, de valentía y de humanidad. ¿Qué mayor prueba de afecto?. Recuerden, que siempre se ha dicho, que allá donde reina el auténtico amor,  sobran las palabras. Qué gran verdad.

Un mundo de caminantes, de peregrinos con alma

Por: Víctor Corcoba Herrero



La concepción del ser humano como un trotamundos es algo frecuente en todos los moradores de las diversas culturas. Somos peregrinos en una tierra de nadie, conquistada por algunos para sí, pero que no es suya. Europa misma se ha hallado alrededor de la memoria del apóstol gallego, en Santiago, a través de las diversas rutas europeístas. En su tiempo, ya Goethe apuntó, que la conciencia de Europa había nacido peregrinando. Personalmente, estoy convencido de que la peregrinación a Santiago de Compostela, fue uno de los elementos que favorecieron la comprensión mutua entre seres humanos venidos de todas partes, a una ciudad que destaca por ser un importante núcleo de caminantes y caminos, junto con Jerusalén y Roma, al señalar la tradición de que allí se dio sepultura al citado predicador. No olvidemos que la historia de la formación de las naciones europeas camina a la par y coincidente con la penetración del culto. Lo mismo sucede en otros continentes, a pesar de las crisis espirituales, la religiosidad del ser humano es tan fuerte que permanece unida a ese origen común. Sabemos como el poeta y prosista español Machado, que el camino no está hecho, que lo tenemos que realizar cada cual consigo mismo, porque evidentemente “se hace camino al andar”. Además nadie puede realizar el camino por nosotros; y es, en cada uno de nosotros, donde se halla la eternidad del mundo, el pasado y el porvenir.
Ciertamente, nuestra existencia es un camino interior, que es el que nos otorga alegrías y tristezas, como cualquier sendero de la faz de la tierra. Mientras por un lado, hay una ciudadanía que todo lo derrocha, por mero afán de consumir, otra ciudadanía se muere en la desesperación de no tener nada que llevarse a la boca. Cohabita, de este modo, una deshumanización total que a todos nos está volviendo infelices. Omitimos que somos algo más que materia, que portamos una dimensión espiritual que nos hace reencontrarnos en el camino como seres humanos; y es, precisamente, ese encuentro con la creación y con el peregrinaje del alma en su conjunto, lo que nos hace descubrir el verdadero sentido de la vida. Naturalmente, y aunque cada ser humano tiene que inventarse su propio camino, hemos de ser una gran familia, donde todos los componentes se ayuden y se sostengan entre sí. Este es el gran objetivo de los caminantes, que no van a ningún sitio y están en todas partes auxiliando; que no indican camino alguno y frecuentan todos, con el único deseo de ser humildes para abrirse a los demás. Sin duda, tenemos que dejar que cada ser se ingenie su específico camino, pero también hemos de estar a su mano, porque individualmente somos frágiles y todos tenemos límites.
Por desgracia, en este mundo de caminantes y caminos; de peregrinos con alma, nada es lo que parece. Junto a una galopante deshumanización, las divisiones son tan graves, que todo se ha desnaturalizado y desmembrado. Por consiguiente, el ser humano tiene que retornar a los valores de su innato espíritu, volver a ser la autenticidad del camino si en verdad quiere reencontrarse y entenderse consigo y con los suyos, beber de sus orígenes, revivir aquellos valores que hicieron humana su historia y engrandecieron a la especie. No perdamos más tiempo. El mundo es uno y único. Los caminantes y los caminos diversos, pero no levantemos murallas de egoísmo, dejemos libremente fluir las almas con su intelecto, porque tan necesario como desarrollar políticas eficaces contra el hambre, es también la renovación espiritual y humana del mundo. No es cuestión de doctrinas tampoco, más bien que la gente se halle, para que pueda reorientarse y, así, pueda distinguir lo fundamental de lo accesorio. Ya está bien de dejarnos moldear por asuntos que nos aborregan y esclavizan, precisamos no tener miedo del silencio para escucharnos, tampoco de la soledad para sentirnos en nuestra específica intimidad; y, lo que es más significativo, tener tiempo para recrearnos en la bondad del camino. ¿Quién no ansía ser vía, por la que todos pasen y convivan, y que luego recuerden?. Pensar que uno existe porque alguien te perpetúa, pienso que esto es lo que realmente nos acrecienta como seres armónicos. Si Gandhi, dijo: “no hay camino para la paz, la paz es el camino”; yo, también expreso, que la reflexión no es alimento, pero alienta; sobre todo en un momento en el que cohabitan tantas guerras silenciosas que nos están destruyendo totalmente.
Tan vital como verse libre de toda miseria es que el mundo tome conciencia de que somos peregrinos con alma, que es aquello por lo que realmente cohabitamos, sentimos y maduramos. Por tanto, la experiencia de la peregrinación es una manera de dar conciencia a un transitar de aquí para allá, observando ese desequilibrio creciente, lo que llega a desencadenar un verdadero choque entre culturas. Por otra parte, para madurar como personas hemos de huir de mesianismos prometedores, y reinventarnos otras actitudes más hermanas con nuestros semejantes. Cuando la podredumbre alcanza el alma de las cosas, hay que buscar otras luces que nos corrijan los fallos, carencias y errores, no en vano somos animales itinerantes. El poeta León Felipe, decía al respecto: “ser en la vida romero, /romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos./ Ser en la vida romero,/ sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo./ Ser en la vida romero…. sólo romero”. Quizás esta descomposición mundana precise más que nunca este alcohol de romero, pues igual que Europa entera se ha encontrado en otro tiempo alrededor de la memoria de Santiago, también ahora sea menester reanudar otro vivir, más en sentido profundo y compartido.
Lo que no podemos es quedarnos parados, somos caminantes, y como tales hemos de caminar unidos para construir, cuando menos otro mundo más habitable, o lo que es lo mismo, un planeta pacífico, sostenible y equitativo. Indudablemente, es hora de injertar en las almas esperanza y apoyo. Son muchos los caminantes que son mártires, pues, no conocen otra vida que la del tormento. Esta es la realidad. Desde luego, hemos de ser francos y reconocer que el mundo ha de asentarse mucho más en los valores humanos. Está muy bien la letra, nos la conocemos todos, pero hay que ir a su espíritu para que se haga esencia ese ánimo. Ante ello, esta es la hora de construir un nuevo planeta, con unos moradores fieles a sus tradiciones, a su rico patrimonio espiritual del que forma parte cada civilización, para que sea faro de caminantes y estímulo en el camino que todos llevamos consigo, sin obviar que la sensatez siempre es la ruta hacia el amanecer; y, en cambio, la distracción, el trayecto hacia la anochecer. Al fin, que cada cual opte por su calzada, sabiendo que permitir una injusticia significa abrir la arteria a todas las que siguen; mientras quien volviendo a hacer el camino viejo, aprende el nuevo, puede considerarse un mentor.

lunes, 20 de julio de 2015

Una actitud de cercanía es lo que nos falta a todos


Por: Víctor Corcoba Herrero

            Tenemos que advertirnos cercanos de corazón. Realmente hemos acortado las distancias, pero no hemos aminorado aquello que nos separa como especie. A mi juicio, hasta ahora cultivamos más una actitud excluyente que un talante inclusivo. Lo cierto es que para todo necesitamos sentirnos piña; tan próximos como tiernos, tan del camino como caminantes, tan de la multitud como de uno mismo en definitiva. Esto se injerta exclusivamente desde el amor, que se manifiesta más en obras que en palabras, más en dar que en recibir, más en donarse que en separarse. Por desgracia, ¡cuántos análogos nuestros viven con gran sufrimiento nuestro rechazo!. Hemos perdido la ternura y, lo que es peor, la capacidad de comprender para poder aproximarnos unos a otros, en cambio hemos ganado riadas de hechos violentos. Téngase en cuenta que para una persona no violenta, como decía Gandhi, todo el mundo es su familia. En consecuencia, pido el destierro de toda violencia  antes de que todo el mundo acabe violentado por la necedad.       Cuidado, que esto también se contagia.

            Por eso, está muy bien que ahora se proponga garantizar una educación equitativa y de calidad por un lado, y promover el crecimiento económico y el trabajo decente por el otro, para todos, pero hace falta además, que la marginalidad se destierre de los ojos del alma de toda la ciudadanía. En este sentido, es necesario contraponerse a los intereses económicos egoístas de unos privilegiados y  a la lógica del poder de unos pocos, que excluyen a la mayoría de la población mundial. Precisamente, Naciones Unidas, acaba de estimar que cerca de setenta y cinco millones de jóvenes están desempleados a nivel mundial, la mayoría de los cuales viven en países en desarrollo, sin realizar labor alguna, como si ya fueran productos de abandono y desecho. ¡Qué poco valemos los seres humanos para algunos!. La Organización Mundial del Trabajo añade, asimismo, que si bien ciento veinticinco millones de jóvenes, es decir, uno de cada cinco que están trabajando, viven con menos de un dólar al día. En vista de este problema, la humanidad a través de sus organismos internacionales, tiene que invertir mucho más en actitudes solidarias, para que podamos construir un futuro más de todos y menos de nadie. O sea, más justo en suma, sin tantas desigualdades.

            Ahora bien, justicia sin compasión también es un signo de crueldad que nos aleja. Cuántos lideres hoy en día hablan  muy bien, pero no se les entiende, porque se encuentran alejados del pueblo, les falta sufrir con ese pueblo, al que dicen defender y representar, las contrariedades del camino; y les sobra, sin embargo, dialéctica. Es esa cercanía auténtica, la que se siente y se sufre desde dentro, la que siembra de coraje y esperanza a la ciudadanía en su conjunto. No hay mejor actitud de vecindad que ver a los seres humanos de servicio continuo, sin otra reserva que no poder estar en dos sitios a la vez. Esta ha de ser una actitud humana por naturaleza, y como tal hemos de cultivarla a jornada completa, lo que va a significar comprender y valorar las riquezas de nuestro semejante. A propósito, nunca me cansaré de repetir: El aislamiento jamás, la exclusión nunca; la cercanía siempre, la inclusión en todo momento. Esta es la receta de una cultura de proximidad que el planeta necesita, con urgencia, y como el aire que respiramos.

            Indudablemente, el mundo tiene que sentirse cercano en sí mismo, con una ciudadanía diversa, pero unida. Sólo mediante el diálogo y el compromiso ciudadano, se puede mejorar la convivencia y atesorar anhelos, sin tantas fragmentaciones absurdas. Esta desilusión que, tantas veces nos circunda, nos lleva también a una especie de huida, cuando lo que hay que impulsar son caminos de unidad. No hay futuro para ninguna sociedad, para nuestro mundo, si no sabemos convivir (cohabitar) colindantes, para despojarnos de tensiones y avivar, de este modo, otro clima más armónico. Convendría, pues, que todos volviéramos más los ojos a nuestro interior, y viéramos cuántas veces nosotros hemos dejado privados de la cercanía de un abrazo o de una mesa compartida, a alguien de los nuestros. Desde luego, esa indiferencia hacia nuestra misma especie es la peor de las actitudes que el ser humano puede llevar consigo. Auxilia siempre a los demás, incluyo antes que a ti mismo, podría ser un buen propósito para empezar, sobre todo para tomar una actitud más próxima al ser y a sus colectividades, de la que todos formamos parte y somos parte.

sábado, 18 de julio de 2015

Una cultura de la concurrencia para un tiempo naciente

Por. Víctor Corcoba Herrero





            Tenemos que caminar hacia la cultura de la concurrencia, pero no como fuerza, sino como humanidad; sabiendo que somos muchos y diversos, pero todos imprescindibles, máxime en un mundo globalizado como el actual, tan crecido de cultos y tan recreado de interrogantes, sobre todo para forjar un proyecto de unidad. Sin duda, este es el gran cambio que hemos de suscitar, y los referentes pueden ayudarnos a propiciar este pensamiento. El dieciocho de julio de cada año, festividad del nacimiento de Nelson Mandela, precisamente Naciones Unidas se une al llamamiento de la fundación que lleva su nombre para dedicar unos minutos de nuestro tiempo a ayudar a los demás, homenajeando a Nelson Mandela en su día. Su referencia ha de motivarnos a pensar, en el modo y manera de cultivar esa confluencia de sentimientos, sabiendo que dedicó su vida al servicio de la humanidad, primeramente como abogado defensor de los derechos humanos, después como preso de conciencia, y siempre como un labriego de lo armónico, que culminó como primer presidente elegido democráticamente de una Sudáfrica libre. Indudablemente, todos los humanos nos merecemos tener las mismas posibilidades para conquistar esa paz que nos merecemos y, para ello, necesitamos entrar en diálogo. Desde luego, los seres humanos han de conversar con más autenticidad, sin complejos; únicamente así, escuchándonos más, podremos crear nuevas realidades para un tiempo nuevo.

            Para Nelson Mandela, la educación era el alma del cambio. A mi juicio, continúa siéndolo, pero además tenemos que tomar otras actitudes más vinculantes con el ser humano. Lo que es evidente es que no nos podemos cerrar, ni excluir a nadie, son las culturas abiertas las que persisten en el tiempo, y esta ha de ser la base de la concurrencia: todos somos ciudadanos, dependientes unos de otros, y aunque tengamos diferentes lenguas, tradiciones, a todos nos une el deseo de vivir armónicamente. Necesitamos concurrir en un objetivo (el bien mundial), no uniformarnos, más bien crecernos comunitariamente desde la independencia personal de cada uno. Bien es verdad que todos tenemos limitaciones, pero para este tiempo naciente se precisa coraje, yo diría que mucha audacia para sacar el mayor bien que podamos frente a los contratiempos que también puedan surgir. Quizás sea el momento de la resistencia para superar cualquier diluvio de vacilaciones. Los humanos sabemos que hay momentos de una angustia fuerte en la vida que nos oprime, pero también hay momentos de gran alegría. Los dos sentimientos cohabitan con nosotros, forman parte de nosotros, conviven a nuestro lado. Pese a todo, estoy convencido, de que no hay mejor remedio que el compartirlo todo, que la ternura convenida como cultura, para poder sobreponernos a cualquier dolor; puesto que la humanidad por sí misma, debe estar siempre unida y, como tal, también ha de ser inseparable.

            En cualquier caso, siempre ha sido más acertado contener al ser humano por la afecto y la recompensa que por el desafecto y el castigo.  El propio Mandela nos hizo ver lo que el mundo, y cada uno de nosotros podemos conseguir si creemos, soñamos y trabajamos codo con codo, para que esa cultura de la amistosa concurrencia se injerte en la multitud, liberándonos de tantas inútiles contiendas y cadenas. El ser humano, en su conjunto, ha de concurrir al auxilio permanentemente. Hoy por ti, mañana por mí; lo dice el propio refranero popular. A mi manera de ver, esto es lo que nos pide esta nueva época, de tantos desequilibrios sociales, nuevos impulsos para encontrar caminos de esperanza, que nos ilusionen a todos en el sentido más profundo del término. Está visto que la ilusión es el motor que nos mueve.  ¿Qué sería del mundo sin ella?, pues nada. No hay futuro para ningún país, para ninguna sociedad, si no sabemos ser todos más asistentes y bondadosos. La esperanza es primordial para que ese sueño ilusionante se enraíce y conviva con los seres humanos. Jamás hay que tener miedo al encuentro, al diálogo, a la confrontación constructiva con el análogo. Claro, el respeto es básico, porque al final sino hay consideración todo se desdice, y así no podremos reformar el mundo.

            Quizás para mejorar esa cultura de la concurrencia, y con vistas a converger en una cultura armónica, tengamos que reconquistar la justicia en las sociedades que hoy por hoy cargan con un legado de abusos de los derechos humanos. Mal que nos pese, muchos moradores llevan tras de sí una larga historia de humillaciones. Con demasiada frecuencia se piensa en la pobreza con intereses egoístas. Tenemos que volver a renacer hacia un mundo nuevo sin fronteras, es posible, sólo es necesario activar otro cultivo menos materialista,  remover las conciencias, movilizarnos para alcanzar otros horizontes más confluentes con la vida. Los ojos de algunos niños pobres son los que juzgan al mundo de la opulencia. Lo nefasto es que no sepamos mirar y ver estas contrariedades, para poder encarnar un moderno período, donde los servidores de lo público no sólo hagan política, sino que también practiquen con la ciudadanía el amor en su sentido más hondo, de servicio permanente y continuo, para poder regenerar el mundo en que vivimos.

            Indudablemente, una cultura de la concurrencia exige cooperación y una buena dosis de comprensión y reconciliación. No existe una mejor prueba de avance de una civilización que la del progreso cooperante a pesar de las diferencias que pueda haber. Seguramente para conciliar todo esto, antes tengamos que reconciliarnos hasta con nosotros mismos, dejándonos transformar nuestro propio corazón. Por eso, estaría bien abrir una escuela de mediadores de paz, como ha propuesto recientemente la Unión de Naciones Sudamericanas a Naciones Unidas. Por esta razón es necesario trabajar mucho más sobre nosotros mismos, sobre nuestra humanidad de la que todos formamos parte, para no ser nunca obstáculo, y favorecer el acercamiento de unos para con otros. Si se tiene esta actitud de concurrencia, sin absurdas rivalidades, será más fácil experimentar los valores auténticamente humanos de generosidad, honradez y entrega de sí, atmósfera que nos acercará a la verdadera solidaridad, uno de los valores fundamentales y universales en que deberían basarse las relaciones entre los pueblos en el siglo XXI .

            Que nadie se devalúe como persona. Todos nos merecemos algo mejor. Una responsabilidad compartida, que englobe a todo la gente, será el modo de lograr un planeta más habitable y una ciudadanía más dignificada. Nelson Mandela, dijo que "jamás olvidaría cómo millones de personas en todo el mundo se unieron a nosotros en solidaridad para luchar contra la injusticia de nuestra opresión mientras estuvimos en prisión"; yo también digo hoy, que es esta cultura de la muchedumbre la que nos hace pensar, que siempre es mucho más interesante que saber, porque al fin se puede rectificar y enmendar los caminos. La humanidad necesita personas de pensamiento que, sin duda, son la semilla de la acción. Lo peor es quedarse parado, o indiferente, en un tiempo explosivamente naciente. Ciertamente,  necesitamos alimentar el espíritu con grandes reflexiones, pero también meditar sobre el ser humano, sobre lo que soy, para hallar una respuesta a este desconcierto mundano y a esta incertidumbre mundializada.

La gran reforma que el mundo precisa es más de valores que de valías

Por: Víctor Corcoba Herrero




           
            La vida, que por otra parte es un permanente proyecto de reformas, hoy precisa más que nunca reconsiderarse. De pronto, parece todo predispuesto para el cambio, y así es, pero hay que tener en cuenta el modo y manera de llevarlo a cabo, así como las preferencias y los sujetos de esas renuevas. Ciertamente, el mundo lo construimos entre todos y, entre todos, tenemos que activar aquellas transformaciones necesarias para seguir compartiendo espacios, o sea, conviviendo. Para ello, uno tiene que cultivarse para sí, pero también tiene que dejarse cautivar por los otros cultivos, tan necesarios como los propios. Esta es la gran reforma que el planeta hoy precisa, crecer más con el espíritu para comprender que todas las manos son necesarias para desarrollarnos como personas.

            Por desgracia, somos esclavos del poder, de las finanzas, de lo económico; y en vez de ser más dominadores, tenemos que ser más servidores, más respetuosos con otras culturas, más considerados con los que menos tienen.  A propósito, recientemente una relatora especial de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, Victoria Tauli-Corpuz, llamaba la atención al mundo, y sobre todo al gobierno de Belice, a garantizar el respeto del pueblo maya a la no discriminación y a la propiedad tradicional. Desde luego, cuando se pierde la consideración por el análogo, difícilmente vamos a poder avanzar hacia progreso alguno; puesto que el ser humano degradado, pierde hasta su propio valor espiritual, convirtiéndose en un ser perverso, destructor,  y voraz.

            Indudablemente, el saber humano es imperfecto, deficiente, se precisa la fuerza moral para complementarnos, sobre todo para implicarnos en el buen hacer de las cosas. Además, cualquier individuo no se desarrolla por sí mismo, sino en relación con otros; de ahí, que uno más se crezca cuanto más se asciende en valores humanos, en valores del propio espíritu. Una sociedad, materialmente desarrollada como un mercado, en continua opresión de oferta y demanda, nos lleva al vacío permanente. Por consiguiente, se requieren de nuevos aires, es verdad, para superar esta visión competitiva de mercado, para vislumbrar otros horizontes más compartidos, donde cada uno se sienta verdaderamente responsable de su semejante. Esta es la auténtica solidaridad, la que nace de nuestro interior y que no se congratula únicamente con dar lo que nos sobra, sino adquiriendo un verdadero compromiso de auxilio permanente hacia aquel ciudadano más vulnerable.

            Hace tiempo que la insolidaridad humana es manifiesta en el mundo, solo hay que ver los muros que levantamos unos contra otros o las desigualdades que tejemos cada día unos en favor de otros. Precisamente las bolsas de pobreza subsisten por esa falta de fraternidad y por el abuso de los dominadores, más dependientes del egoísmo y del dios dinero, que de la asistencia a la voz de los que claman ayuda.  Ante esta lamentable situación, pienso que es hora de activar reformas que nos hagan más humanos. Lo vengo diciendo desde hace muchos años. Sólo hay que ver que gran parte de los territorios del mundo atraviesan graves crisis humanitarias, y nadie los aborda. La desesperación, la miseria, la denegación de dignidad, se ha convertido en algo que está ahí, y lo peor, es que el otro mundo del bien/estar (dudo que algún día pueda ser del bien/ser) permanece pasivo, sin inmutarse, ajeno a los tristes acontecimientos, viviendo tan solo para sí mismo.

            Sería saludable, pues, que cada uno de nosotros respondiéramos con menos indiferencia y más coraje interior; pero, claro, para ello hemos de convencernos, cada cual consigo, que la humanidad de la que formamos parte es una familia y, cómo tal, también todo nos afecta. Todo lo contrario a lo que venimos observando. Ya ven, lo complicado que es llegar a acuerdos entre naciones, quizás porque escasea entre los ciudadanos esa pedagogía espiritual de donación total, gratuita e incondicional por principio natural. Verdaderamente, estamos todos llamados a vivir en el mundo, pero no del mundo, con lo que esto conlleva de privilegio para algunos y de desventaja para otros. Y, de igual modo, hemos de estar todos también en guardia ante una voz que pide clemencia para que deje de pedirla. Cualquiera de nosotros podríamos ser los demandantes de compasión.

sábado, 11 de julio de 2015

Por: Víctor Corcoba Herrero




Aspiro a ser el verso que fructifique,
el agua que colme, la poesía que injerte,
la palabra que calme, el lenguaje que auxilie,
la fuerza regeneradora de la pasión
por el verbo y sus conjugaciones.

Anhelo al Creador por su bondad,
y creo en su verbo como don,
y en la encarnación de Cristo como luz,
y en su espíritu como Redención,
y en su mística como señal armónica,
y en el destino transcendente del cuerpo.

Somos lo que somos y enhebramos el ser.
Vivimos, a veces sin querer nos lapidamos,
en lugar de esperanzar la tierra con el cielo.
No debemos degradarnos en el cultivo,
hemos de propiciar encuentros,
hasta dejarnos atrapar por el Autor.

La eternidad es suya, la soledad es nuestra.
Hemos de abrirnos a la voz del Señor,
sólo así, podremos sentirnos acompañados
y acompasados, cada cual consigo,
y Dios en toda vida, y toda vida en Dios.

Para ser de Dios hay que ser valientes.
Valientes como el agua que emana,
y abre cauces, y se encauza hacia la mar.
La cruz del camino es dura, pero vivifica.

Hay que tener el valor de valerse para sí,
de envolverse con la palabra y ser palabra.
Nunca es tarde para darse y donarse,
para confluir en el poema del que nos ama.

Dejémonos ser el sueño de su amor.
Abandonémonos a sus brazos en abrazos.
Ninguno de nosotros podemos crearnos,
es Él quien puede hacer que las piedras,
alimenten; y que los aires, alienten.

Yo sólo quiero ser la recreación creada,
su deseo más íntimo, su voz más silenciosa,
¡esa armonía que nos hace más de Dios!.

La población como secuencia en el tiempo

Por: Víctor Corcoba Herrero





La idea aristotélica de que "el instante es la continuidad del tiempo, pues une el tiempo pasado con el tiempo futuro", me ha dado pie a dar fundamento a este artículo periodístico. A veces uno se sorprende hasta de que pueda existir y cohabitar en ese proceso, pero realmente es la vida la que da vida o la que nos dona luz, es decir, sabiduría para dar prolongación histórica a un modo de pensar y de hallarse. Por eso, en algunas ocasiones, uno se puebla de coraje y surge la esperanza, en base a unos valores compartidos, para contribuir a un futuro habitable para todos. No olvidemos, que al igual que los individuos, los pueblos nacen y mueren; pero la población persiste sobre el planeta, permanece como secuencia de la propia especie en el tiempo, a pesar de las muchas contrariedades que nos degradan la savia. Ciertamente, a lo largo de nuestra historia hemos tenido la oportunidad de celebrar nuestra humanidad común y nuestra diversidad, pero creo que ha llegado la hora de reflexionar sobre tan importante cuestión de persistencia y permanencia. Sería saludable, pues, que coincidiendo con el día mundial de la población (11 de julio), nos replanteáramos cuestiones que son básicas, para que la cadena, tanto de convivencia como de existencia, no se tambalee o se rompa.

            Para despuntar, somos tan minúsculos que cada ser humano puede nacer en cualquier sitio y formar parte de una cultura u otra. Nuestras poblaciones están observando, a mi juicio como jamás ha sucedido en nuestra tradición, procesos de mutua interdependencia e interacción a nivel global, que, si bien es verdad que toleran elementos problemáticos como las migraciones, tienen el objetivo de mejorar las condiciones de vida de la familia humana, no sólo en el aspecto económico, sino también en el humano. Por consiguiente, toda persona pertenece a la humanidad y comparte con la entera familia de los pueblos, la ilusión de un futuro mejor y la expectativa de una especie en unión. Dicho esto, conviene recapacitar sobre el desbordamiento del nivel del mar, que puede ser un auténtico problema. Téngase en cuenta que la cuarta parte de la ciudadanía mundial vive en zonas costeras o muy próximas. Por otra parte, multitud de moradores, especialmente en África, carecen de agua potable segura o padecen tremendas sequías que dificultan la producción de productos alimenticios. Un problema, particularmente grave hoy en día, es el de la calidad del agua disponible, si nos atenemos a las muchas muertes producidas. Además, la vida en los ríos, lagos, mares y océanos, que alimentan a gran parte de los humanos, mal que nos pese, aparte de verse afectada por el descontrol y el despilfarro en la extracción de los recursos pesqueros, también sufren una gran contaminación. Cerrarse en banda y no querer ver esta situación, por tremenda que nos parezca, para no corregirla cuanto antes, pienso que  es cargar sobre nuestra conciencia el peso de negar la continuidad de algunas especies.

            Verdaderamente, el mundo está hecho para repoblarse continuamente de seres vivos. Y en este sentido, para forjar un futuro mejor para las generaciones venideras, es imperioso promover una economía al servicio de toda la población mundial, así como activar una sana política, capaz de poner las instituciones al servicio de los ciudadanos, para superar presiones o cualquier otro síntoma de corrupción. Por eso, los Obispos de Nueva Zelanda se preguntaron qué significa el mandamiento "no matarás" cuando "un veinte por ciento de la población mundial consume recursos en tal medida que roba a las naciones pobres y a las futuras generaciones lo que necesitan para sobrevivir". Tema grave, gravísimo, y aunque puedan parecernos palabras densas y fuertes, la crueldad radica en dejar que la desesperación de algunos no cese jamás en vida, mientras otros, hasta por divertimento, lo derrochen todo, sin importarles para nada el bien colectivo, adueñándose del planeta como si fuera exclusivo de los poderosos, obviando muchos gobiernos el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, cuando en verdad deberíamos responder eficazmente ante cualquier violación.

            Pese a los enormes desafíos del momento actual, creo que han de propiciarse los debates a escala global y nacional sobre los derechos humanos y el desarrollo de la especie, centrándose a mi manera de ver, mucho más en el ser humano como tal, que es víctima y verdugo a la vez en tantísimas ocasiones, sobre todo a raíz del aluvión de deterioros humanos percibidos ante la falta de ética y, por ende, de humanidad perdida, proyecto que ha de ser recuperado cuanto antes. Por desgracia, no se puede avanzar en la medida en que los políticos caminen obsesionados sólo por atesorar o agrandar el poder, en lugar de servir a la ciudadanía. Junto a este pelaje ha crecido, asimismo, una legión de oportunistas que únicamente piensen en el rédito económico, en vez de activar el capital humano, que es lo verdaderamente progresista y rompedor. Pensemos, que mientras más vacío esté el alma de los moradores, más necesitados andaremos de objetos de deseo; aunque luego, tras su uso, los tiremos porque ya no sirvan para nada. Naturalmente la humanidad tiene que humanizarse con otros hábitos, para empezar renunciando a un mercado tentador y muy acaparador, sólo así podrá revivirse en esa deseada alianza entre la hoy maltrecha población y el  actual maltratado medio ambiente. 

            Hace falta, por tanto, que la población vuelva a sentir que todos somos parte de un todo, que tenemos una responsabilidad de poner orden en nuestras existencias. De ninguna manera podemos resistir ante este huracán persistente de degradación moral que nos invade. No me cansaré de escribirlo, de vociferarlo, puesto que estoy sugestionado que burlándonos de la honestidad nos estamos engañando, primeramente cada cual consigo mismo, y después, mofándose de nuestra propia bondad interior, como si fuésemos un trozo de materia sin voluntad. En consecuencia, es el momento de situar los problemas de la población en la perspectiva de un destino armónico, donde la decencia sea el abecedario permanente, mediante acciones conjuntas y valientes, para que cada ciudadano pueda hallar, por sí mismo, ese horizonte humanitario de autenticidad que engrandece al propio linaje. Todos somos conscientes de que ese camino no es fácil, porque se trata nada menos que de cambiar mentalidades, formas de vivir y de ser, pero confiemos en ese reforzarse como ciudadanía nueva, bajo el referente de la escucha a todo y a todos.

            Hoy más que nunca, las personas de todas las culturas pueden influir  de manera positiva unas en otras, cuando menos para hacernos reconsiderar nuestras acciones, crecidas por la violencia y la dominación de pensarnos dueños del universo. En cualquier caso, es bueno que nos interroguemos, y tengamos tiempo para hacerlo, máxime cuando cavilamos por un mundo más equitativo, y no escuchamos a los excluidos. Por ello, estoy convencido que la nueva población necesita otras motivaciones y, sobre todo, un camino educativo más acorde con la propia naturaleza creada. En definitiva, lo que le ha pasado a nuestra población es que su retroceso está ahí, más allá de la crisis financiera; y, lo nefasto del momento, es no ir al corazón del problema, que radica en el desprecio por algunos seres humanos (los marginados) y en el menoscabo de buena parte del hábitat; a la que, por cierto, ya le cuesta seguir la secuencia de vivir y dejar vivir.

Las prioridades de la vieja Europa de hoy

Por: Víctor Corcoba Herrero




Es cierto que el mundo no fue hecho en el tiempo, sino con el tiempo y, con ello, para diversas épocas; pero las alarmas actuales son tan acusadas, que tampoco conviene perder estación en ese hacer otro mundo más de todos y, por ende, más habitable. No podemos seguir engañándonos unos a otros. El hombre razonable piensa en esto e intenta buscar respiros para toda la humanidad. No se trata de que vivan únicamente los seres privilegiados, las prioridades han de ser precisamente todo lo contrario. Europa hoy tiene una clara obligación de auxiliar a quienes buscan protección. Mirar para otro lado representa una amenaza a las bases del sistema humanitario que los europeos lucharon por construir para toda la ciudadanía. Naturalmente, cada Estado tiene la responsabilidad de proteger el bienestar de su población y ésta incluye la soberanía fiscal, que no debe ser subordinada a actores externos, pero la solidaridad es un abecedario perfecto que ha de tomar vida en todo gobierno que se preste de europeísta. No se trata de ser caritativos, que sería humillante, sino de ser personas solidarias, lo que implica respeto por la ciudadanía y fraternización, términos clave en la esperanzada Europa de los pueblos.

            Hagamos meditación histórica. En el proyecto de los artífices de esta vieja Europa, que sin duda ahora hemos de reconstruirla entre todos cada día, siempre estuvo ese espíritu de concordia, de servicio mutuo, de ayuda incondicional en favor de la libertad y la dignidad humana, sin otra frontera que la unión por principio. Eran conscientes de que las contiendas se alientan desde la indiferencia y de que las guerras se alimentan de las divisiones de unos y otros por los intentos de apropiarse de espacios y poderes, que nos llevan al retroceso humano. Por eso, cuesta entender que, bajo estas bases de solidaridad democrática, el continente europeísta no apueste por más unidad y más apertura, ante los desafíos de un mundo globalizado. Me parece fundamental, pues, que la responsabilidad ciudadana madure y pueda colaborar, mediante referéndum o cualquier otro tipo de acciones participativas, lejos de una cultura de conflicto. Esta estética ciudadana, que busca la armonía democrática en sus relaciones, respetando la justicia siempre, es la que hay que propiciar desde las instituciones. Por desgracia, cuánto dolor y cuánto sufrimiento se produce todavía en este Continente, que anhela la paz, pero que retorna a las tentaciones de la apatía, la desgana, y el desprecio de otro tiempo.

            En todo caso, la Europa de las diversas velocidades, no es la Europa que han querido construir sus fundadores. A mi juicio, ante este cúmulo de desajustes y desconciertos, el continente ha de reaccionar con otro espíritu más valiente, para hacer frente con la vitalidad y la energía del pasado, a los muchos problemas actuales. Unidos, nada se nos puede resistir. El mundo de los emprendedores siempre ha partido de este viejo Continente, el que ahora parece estar cansado y, lo que es aún peor, sin nervio; para poder reiniciar una apuesta contundente, en vista a que la ciudadanía pueda ser auténticamente solidaria y libre. Ya está bien de herirnos, de derrotarnos como ciudadanos,  de sentirnos asediados por el pesimismo, es hora de hacer frente a las muchas oportunidades que se nos presentan, a través de una Europa mucho más dialogante, que escucha a los más vulnerables, y que sabe tender puentes de entendimiento. El compromiso, evidentemente, ha de ser común, comenzando por la acogida de los emigrantes, y apelando a la solidaridad con países que lo estén pasando mal, acogiendo con beneplácito cualquier decisión democrática que se tome.

            Hoy Grecia lo está pasando mal, debido en gran parte al colapso financiero de 2007-08, del cual no fue responsable la nación helena, mañana puede ser otra nación; de ahí, la necesidad  de reflexionar sobre la solidaridad, ya no como simple asistencia con respecto a lo más necesitados, sino como conciencia global de algo que no funciona, y como tal hay que buscar caminos, entre todos, para corregir o reformar lo que ha dejado de ser efectivo. No se trata de dar limosnas sociales, la ciudadanía pide dignidad, como es propio de un estado social, democrático y de Derecho. Por consiguiente, Europa debe volver a sus raíces de unidad y de ciudadanía, con una visión mucho más ética de las instituciones, de sus actividades y de las propias relaciones humanas, sin temor a nada, sabiendo que el valor del ser humano es lo verdaderamente prioritario. No obviemos, en consecuencia, que la ciudadanía de la Unión se crea, precisamente, para reforzar y potenciar esa identidad europeísta (solidaria), haciendo que los ciudadanos (solidariamente) participen más estrechamente en el proceso de la integración comunitaria.

viernes, 10 de julio de 2015

El amor no se apodera de nadie

Por: Víctor Corcoba Herrero




Nadie, sí nadie puede apoderarse de nadie.
Y menos por amor, que amar es donarse.
Quién es quién para concederse ser dueño.

Me asustan los poderosos que se apoderan
del futuro de los frágiles y les roban
el presente para que no vayan hacia delante.

Una vez recorrido el camino nada vuelve
a ser lo que fue, el pasado ya no regresa,
sólo permanece el amor con sus recuerdos.

En la memoria cohabitarán interrogantes,
sobre lo que pudo haber sido y no fue,
o sobre lo que fue y pudo no haber sido.

Duerme con  el pensamiento de la muerte,
la esperanza de una existencia inmortal,
donde el amor es pasión que nunca expira.

¿Qué es la muerte, sino el trampolín
a una vida en verso, a una existencia
en armonía, a un vivir sin ser del mundo?

Necesitamos crecer, para ser algo en alguien.
Precisamos sentir, para estar seguros del yo.
Requerimos amar, para no morir jamás y ser.

Todo esto, prueba la presencia del Creador.
La coexistencia de su verbo que nos envuelve.
Y aunque se eterniza callado, todo es por Dios.

Pues cuando todos nos dejen y se vayan,
nos quedaremos a solas, junto a su silencio,
trazando el poema que aún no hemos escrito.

Dios que es amor, sabrá de nuestro amor.
Verá nuestras manos y nuestros labios,
si existieron por sí y para sí, y para los demás.

domingo, 5 de julio de 2015

El factor moral como instrumento de avance

Por: Víctor Corcoba Herrero




A poco que nos adentremos en el mundo observaremos que el aluvión de injusticias sociales nos deja sin aire, así como la corrupción política que sufren todos los pueblos en mayor o en menor medida, lo que nos invita a reflexionar sobre ello. En relación a esto, personalmente pienso, que la cuestión no es tanto la renovación de personas como el sentido ético de la ciudadanía. Únicamente sobre esta conciencia moral es posible construir un mundo más humano, y resolver los problemas complejos  y graves que nos afectan. Hasta ahora ha triunfado la fuerza del poder económico, político, social, en lugar de la dignidad del ser humano como tal, despojado de cualquier interés de grupo. Así, en Europa, lo urgente actualmente es establecer vallas protectoras para el euro, en vez de establecer políticas sociales que nos lleven a conquistar un mundo más fraterno. Mientras en África y Oriente Medio, los incesantes conflictos armados obligan a una desbandada de desplazamientos humanos, en el centro de la cuestión cultural  ha de incluirse abrir caminos a la auténtica libertad de la persona, ya que se hace todo lo contrario. Hemos de reconocer, por tanto, que bajo estas realidades inhumanas, se resienta hasta el mismo fundamento de la convivencia, amenazada y abocada al mayor de los caos, a su disolución como especie; y, lo que es peor, a una verdadera inmoralidad que nos trasciende a un mundo de salvajadas sin precedentes.

            Por desgracia, las divisiones forman parte de la identidad humana. En esto no hemos evolucionado. Nos puede la necedad del egoísmo, que llevado a sus extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de ciudadanía. Ciertamente, nos hemos globalizado, pero el individualismo nos sobrepasa, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, totalmente distinta a la verdad del otro ciudadano. De este modo, va a ser muy difícil entrar en diálogo, avanzar, puesto que esta cultura pone radicalmente en duda los mismos pensamientos. En este sentido el cardenal J. H. Newman, gran defensor de los derechos de la cognición, afirmaba con decisión que "la conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes".  Naturalmente, cuando todo lo hacemos subjetivo a nuestros propios negocios, la mundanidad toma posiciones privilegiadas. Es lo que está pasando en el momento presente. Estamos siendo gobernados por personas irresponsables, sin seriedad alguna, que anteponen sus avaricias a una vida de servicio a los demás, que es por la que han optado libremente. De ahí la  necesidad, de unirse cada vez más, como hace setenta años lo hicieron un grupo de naciones, ante las cenizas y los escombros de la Segunda guerra Mundial. En este momento Naciones Unidas cuenta con 193 Estados miembros y, tras de sí, con una historia verdaderamente elogiosa, con importantes frutos como el desmantelamiento del colonialismo, el triunfo sobre el apartheid, el mantenimiento de la paz en zonas en conflicto o la protección de los derechos humanos.

            Desde luego, si en verdad queremos hacer una vida humana más condescendiente con la propia especie, o sea más íntegra para que nos haga mejores personas, hemos de intensificar  la cuestión ética, o si quieren moral, y para ello, han de adquirir una importancia fundamental y decisiva las organizaciones internacionales. Lo prioritario ha de ser el ser humano más allá de las estructuras de poder, exigiendo un examen de las mismas y su transformación en una dimensión mucho más aglutinadora y universal.  No cabe la exclusión ciudadana. Todo esto da testimonio en favor de la obligación de unir ideas con la laboriosidad como virtud, que permitirá a todo ser humano, ser mejor ciudadano, crecer como persona. Por consiguiente, el progreso en cuestión debe llevarse a cabo mediante la ciudadanía en su globalidad y debe producir un bienestar global en la vida humana, lejos de quienes buscan asesinar, destruir y aniquilar el desarrollo humano y la cultura. Sin duda, tan importante como vivir es dejar vivir. Ahora bien, sin verdad, sin decencia y amor por nuestros análogos, todo se deja a merced de la lógica del poder, con efectos disgregadores sobre la sociedad, y lo que es más absurdo, con efectos destructores de la persona que lucha por el bien colectivo. Ya está bien de mesianismos prometedores que son falsos y que forjan decepciones, ha llegado el momento de humanizarnos, y que el escándalo de las disparidades hirientes cese, para progresar como seres pensantes, más allá de las cuestiones económicas.

            Naturalmente, nos merecemos cohabitar en un mundo rico en intelecto, pero éste inmerso al servicio de toda la ciudadanía, especialmente de los más vulnerables. Convendría ponernos en acción y no enviar armas a zonas de conflicto, abrir escuelas en su lugar, reeducarnos en lo armónico. Sería bueno, pensar en la imagen de un acorde sinfónico, todos los instrumentos suenan juntos, de manera coordinada, cada uno con su peculiaridad, y esto, en verdad, es lo que nos trasciende y emociona.  Cuando se tiene una vida plena todo se fraterniza, y siempre encontramos la manera de acogernos y respetarnos desde esa diversidad. Claro, para esa colmada existencia hace falta la construcción de una sociedad más justa, donde todo el mundo pueda vivir bien y ser dichoso, contagiada por el amor principalmente y por una regla de hábitos coherentes con el espíritu del afecto. Estoy convencido, por ende, que el ser humano tiene que aprender a quererse para poder respetarse mucho más, y aunque la verdad y la justicia no han de tener fronteras, tenemos que fomentar un sentimiento de pertenencia y no de exclusión como se ha venido haciendo en las últimas décadas.

            A mi entender hoy el mundo necesita prioritariamente escuelas de moral, pues, como decía Albert Camus, "un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada". Es capaz de cualquier cosa. De matar al primero que se le ponga en el camino, de torturarlo para que se sienta mal, de atormentarlo con cuestiones crueles, y hasta de injertarle doctrinas macabras para que no pueda ser él mismo. Cada día precisamos estar más en paz con nosotros mismos, y la manera de conseguirlo, no es otra que fraternizar, que convivir desde la clemencia. Lo que puede parecernos arcaico no lo es, puesto que no se trata de ejercer de compasivos, que también, pero sobre todo de personas equilibradas y es, esta sensatez, la que imprime el valor ético de nuestros actos. Allá donde la moral y las creencias son reducidas al ámbito exclusivamente privado, dificultosamente se va a poder formar una sociedad solidaria. Tengámoslo en cuenta. No le hemos prestado atención a esto, y la consecuencia, es el fracaso y el retroceso. La grandeza de una especie, mal que nos pese, está en relación directa a la evidencia de su fuerza moral. Desprendámonos de autocomplacencias, e inventémonos, si acaso un nuevo código ético, de ética moral, como horizonte para un nuevo renacer más verdadero, más incluyente, más de la conciencia, más de nuestro específico interior en definitiva.

sábado, 4 de julio de 2015

El sitio V

Por: José Antonio Córdoba


El Caballero, se había abandonado a recuerdos pasados, de como había decidido a la edad de 20 años iniciarse en el servicio a la Orden de los Caballeros del Temple. Las duras jornadas de adiestramiento castrense, espada, lanza, cabalgar, descabalgar, a veces saltar del caballo a galope, pero lo que con los años le fue atrayendo eran las horas de contemplación que le habían permitido encontrarse a él mismo, esas mismas horas que un buen día le llevaron a conocer al Maestre de Aragón, y que bajo su tutela fue desplazado a la Casa de París para iniciarse en el lenguaje simbólico, espina dorsal de las comunicaciones de la Orden.
Como enlace de la Orden visitó toda Europa, y el mundo árabe conocido, y algunos lugares desconocidos hasta su visita. Fue en uno de estos últimos viajes, que provenía de un oasis en plena península arábiga,  de regreso a Acre que tuvo que abandonar la posibilidad de acceder a la ciudad pues estaba en pleno asedio, así que embarcó hasta Rodas, a su llegada le comunicaron la caída de Acre.
 
En el viaje de regreso a Marsella, algo le invadió por dentro y a su llegada al puerto marsellés, buscó la casa de la Orden, más cercana, y colgó sus hábitos.
 
Desde entonces había estado combatiendo en distintos lugares de Europa. Cuando se enteró de la persecución emprendida contra los templarios, viajó hasta Germania, estando al servicio de varios nobles por un tiempo. Pero había algo que le seguía quemando por dentro, noches sin conciliar el sueño, le llevaron casi a perder la cordura, o ganar en locura ─nunca lo supo definir muy bien─. Así que un día emprendió un viaje sin rumbo, marchó contra el sol, es decir, siempre cabalgó hacia donde el sol nacía cada mañana. Dos años estuvo en esta situación, comiendo de la buena voluntad de las personas, que le permitían se sentara a su mesa.
 
Un buen día en medio de la nada, junto a unas escuálidas palmeras, había una choza que hacia las veces de apeadero, al acercarse se percató de la presencia de un nutrido grupo de jinetes, por sus atuendos le hizo pensar que había viajado, mucho más allá, de las tierras persas. Con todo, tomó algunas precauciones, accedió al lugar, ¡en efecto!, aquél iba a ser el día del pobre infeliz que regentaba aquel lugar ─pensó─. En el interior no cabía ni un perro, pero como pudo casi desollándose por la pared consiguió acceder a lo que era la barra. Tras casi media hora de lenta espera el mesonero se le acercó y él pidió una agua miel, cuando el mesonero le puso la bebida, él dejó sobre el mostrador una daga egipcia ─el último recuerdo que le quedaba de sus buenos tiempos─, instándole a que se cobrara la bebida y le diera algo de comida para continuar su peregrinaje, el mesonero aceptó, con una avariciosa sonrisa en los labios. Justo en el momento que este iba a tomar posesión de aquella joya, una daga vino a clavarse justo al lado de su mano, el mesonero del sobresalto casi se cae de espaldas. El Caballero no se inmutó, se supo en problemas, y cualquier gesto suyo podría interpretarse como un enfrentamiento, así que esperó que el propietario del puñal volador, tomara posesión de su arma.
 
El silencio sepulcral del salón solo era roto por la brisa ardiente de la calima, que se colaba por entre las hojas de palmeras que servían de techo a aquel lugar. Entonces un pasillo se abrió entre los hombres apelotonados en la barra. Desde la otra punta un corpulento hombre caminaba despacio deslizando su vaso por toda la barra, lo que hacía que el despistado que hubiera dejado el suyo sobre ella, o lo cogía a tiempo, o se quedaba sin bebida. Se acercó al Caballero y sin mediar palabra tomó su daga por la empuñadura y la desclavó, para guardarla a continuación en su cinto. Tomó de la barra la daga egipcia y la contempló durante un rato, miró al mesonero y en una lengua desconocida para nuestro hombre le habló en tono imperativo al sirviente, este corrió hacia algún lugar antes de que quién le hablaba concluyera. Mientras tanto el Caballero sin levantar la cabeza se había erguido, sin cambiar de postura con respecto de la barra y asía su vaso dándole pequeños sorbos. En eso estaba cuando en un perfecto latín escuchó de labios de quien tenía a su lado: “Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini tuo da Gloriam”, Frater...

La utopía radica en el horizonte

Por: Víctor Corcoba Herrero




Tenemos que volver a nuestras raíces. El mundo debe concentrarse en vivir en sociedad, en atender a las personas más vulnerables,  en comprender el abecedario del corazón para contribuir a una vida más auténtica y desprendida. Ciertamente, cada ciudadano es como es, pero ha de buscar vivir en lo armónico; y es, desde esta estética del alma, como podemos avanzar hacia esa unidad conciliada y reconciliadora que tanto necesitamos. Con frecuencia, Naciones Unidas nos llama la atención sobre la represión sistemática y la violación constante de los derechos humanos. Estos desajustes sociales casi siempre parten de poderes que gobiernan con arbitrariedad e impunidad, sin miramiento alguno por el ser humano, al que se le desmotiva hacia una falsa conquista de un bienestar que no es tal, puesto que cada día somos más esclavos de nuestras propias contrariedades. Por desgracia, lo hemos concentrado todo en el individuo, cuando el horizonte es comunitario y la grandeza de un bienestar moral es cuestión global.

            Indudablemente, necesitamos tener horizontes por los que vivir, por los que luchar, es nuestra gran esperanza, en un mundo que por su naturaleza es tremendamente imperfecto, pero va a ser nuestro coraje y nuestra ética lo que va impedir que las cosas no tengan un final perverso. Todo va a depender de la propia especie humana, en el sentido de que podemos ser tanto constructores como destructores de un camino sin retorno. Por ello, tenemos que hacer todo lo posible por aminorar los sufrimientos en un mundo espantosamente permisivo, ocupado y preocupado por grandezas absurdas, en lugar de mostrar la mano tendida hacia aquellos seres humanos que a diario se ahogan en el miedo ante nuestra indiferencia. Sin duda, la ciudadanía tiene que mostrarse más acogedora.  Los países deben analizar individualmente el riesgo de tortura que sufren algunas personas migrantes y no deportar a nadie a un lugar donde corra el peligro de sufrir persecuciones o tormentos. Debemos protegernos unos a otros, no victimizarnos. No olvidemos, que un mundo sin clemencia es un mundo a la deriva, por mucho que se nos llene la boca de justicia.

            Nuestras raíces son las que son y han de estar relacionadas con la autenticidad del consuelo, y con la imagen de la esperanza puesta en nosotros mismos. Puede haber personas que hayan destruido en sí mismas el deseo de crecer como humanidad, optando por vivir egoístamente para su yo y el de los suyos, personas que han vivido para el odio y la mentira, que han pisoteado la inocencia de un niño y hasta la sonrisa de un abuelo, pero detrás de su terrible historia van a reencontrarse con la decadencia de su propia paz interior. A poco que ahondemos en lo que somos, veremos que nuestras existencias están en profunda comunión entre sí. Nos necesitamos todos para proseguir nuestras andanzas cada amanecer, incluso hasta en el sufrimiento si es compartido es menos sufrimiento, tampoco nadie puede vivir por sí mismo. En consecuencia, nunca es demasiado tarde para recomenzar una nueva vida, donde se avive mucho más la conciencia social, para de este modo reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar solidariamente al mundo y a sus análogos.

            Por desgracia, no sólo se viene produciendo un deterioro mundial de la convivencia, también soportamos una degradación del mismo ser humano, al que se le impide muchas veces, no solo transitar por el mundo, sino también vivir y poder desarrollarse. Cada día son más las fronteras y las barreras que nos trazamos unos contra otros, y mucho me temo que esto va en aumento, ante la debilidad de las reacciones internacionales. Todo se somete al poder y a los poderosos, luego se manipula la información hasta el extremo más ficticio, para que prevalezca el interés de los activistas de las finanzas. Así no se puede avanzar en esa añorada unidad. Es verdad que todo está interconectado, pero todo está asimismo dañado por una visión excluyente que margina y no ampara, aunque sabemos que toda sociedad tiene la obligación de defender y promover el bien colectivo. Ahí están los muchos deberes por hacer. Aún no hemos erradicado la miseria porque no hemos querido. Nadie asume responsabilidades. Y la factura de débitos desbordándonos. Mal que nos pese, pues, el horizonte es negro. Nos amenaza la tempestad. Trabajemos, pero de otra manera; a mi juicio, más coordinados y con menos venganzas. Este es el único remedio que se me ocurre para el mal de este siglo.