Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Me parece muy grave que Europa
se haya abandonado (espero que no tanto) y se deje dominar por un sentimiento
de soledad, de divisiones y de pérdidas de solidaridad con el espíritu
ciudadano. Naturalmente, estos desencuentros conducen a la caída de tantos
sueños trazados. Necesitamos, con urgencia, reponernos y levantar cabeza. De lo
contrario, como ningún ser humano puede vivir sin perspectivas de
futuro, todo se vendrá a la deriva y los desencuentros acrecentarán nuevas
formas de agresión y violencia. Los tratados internacionales han de tomar el
impulso necesario, para digerir este momento de desesperación que inunda a una buena
parte de la población mundial, e incorporar en lo posible otros aires más
esperanzadores. Creo que es muy penoso que el 60% de los europeos desconfíen de
la Unión Europea. La desconfianza siempre es algo que nos inquieta, por lo que
el silencio de los que tienen la llave del cambio también me ofende. Hasta no
hace mucho, el mundo se miraba en Europa, y veía en él un horizonte de
confianza y seguridad. Bajo este recelo, sí así es, todo se debilita. Por lo
tanto, lo que comenzó como una unión
meramente económica, debe evolucionar hacia un encuentro. Únicamente, de este
modo, se puede propiciar estabilidad y prosperidad para todos los moradores.
Desde luego, no es posible la
marcha atrás europeísta, no se puede (ni tampoco se debe) desmontar el camino
emprendido. Sería algo catastrófico. A mi juicio, lo que procede, para salvar
sobre todo decepciones, son liderazgos fuertes, capaces de volver a ilusionar a
la gente, con discursos convincentes, por su realización. Sólo así se puede
volver a encandilar al mundo. Actualmente nadie se fía de nadie. Bajo estas
mimbres va a ser complicado recuperar el entusiasmo de otro tiempo.
Ciertamente, es muy fuerte el eurodesencanto para construir nada. Cuando uno se
sume en la destrucción todo se convierte en burla. Con este panorama resulta muy
difícil entablar un serio diálogo, y es desde
el diálogo, la manera de dar luz a una
comunidad de pueblos e individuos, máxime cuando todo se supedita al capricho
de las leyes del mercado, obviando la dignidad del ciudadano. Esto requiere,
trabajar de otra manera, sobre todo más integradora, para que ninguno sea
discriminado y toda la ciudadanía pueda sentirse obrera de uno mismo, de una
gran familia y así poder vivir responsablemente.
Precisamente, los desencuentros
nacen de la falta de respuestas a las expectativas trazadas. En un principio, la
Unión Europea se ganó por sí mismo el entusiasmo por su afán expansivo y
conciliador. Ahora toca enderezar la labor de las instituciones y hacer
reformas por aumentar la transparencia y hacerlas más democráticas. La
ciudadanía tiene que contar cada vez con más canales para participar en el
proceso político. Valores como la solidaridad, el compromiso por los otros, la
responsabilidad con los que sufren y con los pobres, aún no tienen una fuerte
motivación en el planeta. Sin embargo, en medio de este desencanto, tampoco
deja de subsistir un deseo del bien, una necesidad de realizarse como persona.
Ello refleja, la insatisfacción causada por el desgobierno, por la pérdida de
sentido de los valores morales, la falta de colaboración y de cooperación ante
realidades francamente trágicas. Indudablemente, está claro que el bienestar
ciudadano no sólo depende de la economía. Es por esto que hay que actuar hacia
relaciones mucho más profundas, que se basen en valores comunes e intereses
compartidos de amplio alcance.
Ahora bien, debemos ser
conscientes, que este desencanto
europeísta no beneficia a nadie, la interdependencia se ha globalizado. Verdaderamente,
tiene que ser prioritario corregir los desequilibrios económicos y buscar
espacios que estimulen las ideas y el fortalecimiento de vínculos entre todos
los pueblos del mundo. Tenemos que avivar nuevas oportunidades, pero no a
cualquier precio, la cooperación tiene que ser auténtica. El aguijón de la
desilusión nos ha dejado herida cualquier esperanza. La sombra del tedio y de
la sin razón, del absurdo o del engaño, de la fractura ideológica y de la
contrariedad anímica, nos ha injertado sus imborrables huellas en muchas vidas
ciudadanas. Por eso, es fundamental pasar de las ideas a las acciones, salir
del estancamiento y del déficit democrático, cooperar y colaborar para que el
consenso entre los Estados miembros sea posible, dotar de recursos para poder
desarrollar políticas de cohesión y de crecimiento conjunto. Casi nada.
En cualquier caso, si queremos
hacer progresar al mundo en la concordia y en la justicia habrá que mundializar
los encuentros, y este lento proceso de maduración de Europa, puede ser un buen
referente, sobre todo si vuelve a germinar un continente unido tras
sobreponerse de la controversias surgidas. Al fin y al cabo, la referencia de
unidad tiene que ser el resultado de un estilo determinado de vivir juntos en
sociedad, lo que hace falta es conseguirlo. De ahí la importancia de la
ejemplarizante labor institucional, para que germine una solidaridad genuina,
que por supuesto no nazca de un querer quedar bien, sino de la hondura, de la
determinación firme y perseverante de empeñarnos por el bien colectivo; es
decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos realmente garantes
de todos. Sin duda, no hay mayor progreso que el ser humano razonable, y para
ello, hay que pensar en grande y mirar lejos. Dicho queda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario