Somos
caminantes de un camino sin retorno.
Hemos
de recorrerlo cada cual consigo mismo.
Junto
a los demás la aventura es más llevadera.
Si
quieres alcanzar el horizonte, camina unido.
Y
si también aspiras a ser verso, se tú la poesía.
La
belleza está en la sonrisa vertida cada día.
En
la mirada que acaricia, en los ojos que besan.
En
el sol recibido y en la llama que donamos.
En
la verdad que no neguemos y que reunamos.
En
la suma vivida y en lo que nos resta por vivir.
Lo
admirable es que el ser humano no desista.
Que
continúe creciendo por la vereda del tiempo.
Que
siga recreándose ante el soplo de un instante.
Que
persiga la autenticidad como pulso de su vida.
Que
prosiga en la pausa del verso con toda el alma.
Llegado
a este celeste paisaje, todo es eterno.
Atrás
queda el universo y sus circunstancias.
Igualmente
las apariencias y sus semblantes.
Hay
que despojarse de túnicas que no dejan ser.
La
inmortalidad llega por la vía del espíritu.
Entrégale,
pues, a tu vida la experiencia del yo.
Y
a tu corazón que palpita, el de la tolerancia.
La
compasión estimula a una bondad hacia sí
y
hacia los demás, que nos renace y nos renueva.
Renovados
por el amor, el amor nos sublima.
No
dejes que se muera el día sin que espigue
en
el corazón el entusiasmo por entregarse,
hasta
sentir en el gozo del otro tu propio gozo.
Más
allá de no perder de vista unos a otros,
seamos
un único latido, para volvernos mundo.
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