Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Es
hora de dejarse mirar, de observar que el silencio nos habla, que una
oración es también una mano tendida al que pide ayuda, de vivir los
calvarios compartiendo caricias, de contemplar el madero de la cruz,
y de sumergirnos en la soledad elocuente de multitud de caminantes.
Nada hay más místico que un corazón liberado del mundanal ruido.
Si en verdad queremos reencontrarnos con sentimientos profundos, con
lenguajes que nos llenen de luz, no tenemos que tener miedo a
despojarnos de hipocresías. Tampoco tengamos recelo en dejarnos
sorprender por las novedades, ni avivemos las inseguridades, no
perdamos la confianza en el ser humano, e intentemos activar la
esperanza en un mundo recuperado. Nunca nos resignemos, todo
situación se puede cambiar, es cuestión de querer hacerlo.
Aprendamos de la vida, de ese deseo permanente por vivir, a lo mejor
descubrimos el deber de hacer algo y despertamos.
Ciertamente,
en lugar de vivientes, en ocasiones parecemos gente dormida,
adormecida y sin alma. Cuántas veces tenemos necesidad de gritar y
no lo hacemos. Por otra parte, sí hiciésemos memoria del encuentro
con Jesús, de sus expresiones y vida, seguramente tendríamos otro
semblante más auténtico, más del corazón y de la propia
existencia. En ocasiones, andamos y apenas apreciamos nuestros
exclusivos latidos. Hemos dejado de ser la poesía del alma. Sabemos
que no puede faltar el Amor, el que transforma nuestro propio yo, en
ninguna procesión que custodie lo que el Creador nos ha entregado y
nos sigue transmitiendo a través de su Hijo, pero la realidad es
bien distinta. Nos creemos autosuficientes, y despreciamos el mundo y
sus valores, y hasta el mismísimo orden sobrenatural. Por desgracia,
caminamos en la superficialidad y todo lo orientamos a fines
utilitaristas, de placer o poder.
Este
hallarse con Jesús nos invita a tomar otras sendas más humildes,
como él lo hizo, a donarse y a acompañar, a descender a la miseria
humana y así alcanzar otros ascensos de horizontes más genuinos, a
ser una persona viva, a la que todo le afecta y con la que se
solidariza. El odio no tiene razón de ser en un mundo cautivado por
el verdadero amor. Tampoco la venganza cuando el perdón debe
procesionar por todas la habitaciones interiores del ser humano. La
guerra jamás tiene sentido, si Cristo es nuestra paz. Para qué
tantos egoísmos inútiles, tantas violaciones y violencias, o el
cultivo de la codicia de quienes buscan ganancias fáciles, si en un
abrir de ojos y cerrarlos se nos ha ido la vida. Tenemos que sentir
la vida fluir desde dentro. Probablemente actuaríamos de otra
manera. Estoy convencido de ello. Hay deberes que vienen del corazón,
como ir al auxilio del necesitado y ser su consuelo.
Por
consiguiente, hacer memoria de Jesus es vivir más allá de la mera
emoción, es aprender a reinventarnos en la generosidad, es salir de
uno mismo y verse en los demás. Tenemos que volvernos cercanos unos
de otros, el mismo Jesús habla con todos, no tiene hogar porque su
hogar es el ser humano, no se queda con nada y habita en medio de
todos. ¡Qué pena tantos corazones cerrados! No tiene sentido tanta
soberbia si somos nada. Por eso, es bueno ir con Jesús, seguir a
Jesús, vivir con Jesús, para saborear la alegría por la creación,
el verdadero conocimiento y la auténtica libertad. Y que cada uno
de nosotros pueda exclamar: "Ayer, estaba crucificado con
Cristo, hoy, soy glorificado con él. Ayer, estaba muerto con él,
hoy, estoy vivo con él. Ayer, fui sepultado con él, hoy, he
resucitado con él". (Gregorio Nacianceno). Por lo demás, como
dijo Santa Teresa de Jesús, de devociones absurdas y santos
amargados, líbranos Señor.
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