Autor: Víctor Corcoba Herrero
A
veces pienso que sólo nos crecemos mediante el recuerdo.
Personalmente, suelo acudir con frecuencia al místico perfume del
paraíso del alma a saborear lo vivido, quizás para adentrarme con
nuevo empuje en lo que me queda por vivir. En esa memoria de
añoranzas, servidor también tiene prendida la luz en los
abecedarios de un cultivador de verbos, que son auténticas lámparas
para el momento presente. Lo fundamental es renacerse cada día. Lo
decía muy claro, este clarividente escritor, de nombre García
Márquez: "los
seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los
alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y
otra vez".
Ciertamente,
precisamos adaptarnos a los cambios y adoptar la manera de asimilar
estas mutaciones inherentes al tiempo, lejos de doquier incivil
contienda, poniendo como referencia situaciones injustas que viven
diversos personajes de sus relatos o historias de amor cuyos
protagonistas son viejos, haciendo crítica de este modo a la idea
expandida por la sociedad de que los mayores no pueden amar. Desde
luego, el amor no conoce edades, es lo sublime que hay, y es lo
único por lo que vale la pena vivir. El mundo, sin embargo, camina
por otros derroteros, por el del triunfo a cualquier precio, por la
ambición de poseer más, olvidándose que por mucho que uno trepe al
final todo se derrumba, menos el amor que nos hemos dado y el que
hemos donado sin intereses.
En
este sentido, el iluminado García Márquez, fue un personaje
de hondura, que describió la naturaleza corrupta como pocos, el
contexto de los hechos violentos, los rasgos culturales de la
especie, hasta inventarse la aldea de Macondo condicionada a diversas
circunstancias como resultado del lenguaje ó del mismo nudo de la
soledad que impregna la totalidad de su obra, que nos vuelve
irreconocibles y solitarios. Son este cúmulo de sensaciones el
material imprescindible para confabular narraciones verdaderamente
fructíferas. La respuesta para el intelectual no es la vida, sino lo
que acontece en la vida. La multitud de atropellos, de sinsentidos,
y abusos. Considero, pues, que sus palabras tienen especial
significado hoy para los ciudadanos de todo el mundo. Por eso,
aplaudo, que Naciones Unidas le rinda tributo (5 de junio) a un
hombre de pensamiento claro, que no sólo supo hablar hondo, también
descifró los tiempos venideros, sabiendo injertar literariamente la
emoción del cambio.
Debido
a lo mucho que nos une, pero también hay mucho que nos separa, tiene
que fortalecerse y revivirse el hermanamiento cada día, aunque sólo
sea para conocerse mejor y así poder respetarnos más. Sin duda, la
perdurable obra de García Márquez, nos insta a profundizar
en las múltiples situaciones a través del mágico diálogo de la
palabra, para reencontrarnos con la misteriosa existencia en sus
afanes y desvelos, con personajes sacados de la vida misma o
imaginarios, pero siempre dispuestos a dejarnos interpelar, porque
para él lo fundamental de una novela es "que mueva al lector
por su contenido político y social, y al mismo tiempo por su poder
para penetrar en la realidad y exponer su otra cara".
Indudablemente,
la imaginación que jamás puede ser aprisionada, como el ensueño de
nuestros interiores que todos llevamos consigo, es lo que nos permite
caminar. García Márquez pensaba en una "nueva y
arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros
hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea
posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de
soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre
la tierra". Realmente, pienso, que tenemos que obligarnos
para poder abrazar ese horizonte utópico, donde el ambiente armónico
perdure para todos, como también va a permanecer el deletreo de
historias como las del novelista, homenajeado asimismo en la 73
edición de la Feria del libro de Madrid, de la mejor manera que se
puede hacer, leyendo sus "Cien años de soledad" (8
de junio), una ficción de una familia a lo largo de varias
generaciones en el pueblo ficticio de Macondo.
A
lo largo de la novela, todos sus personajes están predestinados a
sufrir, como una losa, la soledad en carne propia, el aislamiento y
el olvido como si derivase de la naturaleza misma del ser humano, una
visión subjetiva en ocasiones que le llevará al autoconocimiento. A
mi entender, su literatura recrea como ninguna un fluir de
evocaciones y de saberes que nos dejan verdaderamente encandilados a
este transcurrir de los tiempos, en los que se funde el afecto de la
pasión con la irrealidad, la incomunicación con la muerte, el honor
con la venganza, el tiempo con la historia, la pasión con el
entusiasmo, el humor con el poder; en definitiva, todo aquello que
sucede en el propio curso de la vida.
García
Márquez se ha ido de este cauce visible, pero el recuerdo lo ha
inmortalizado. Sus historias son tan actuales, que llegan a
confundirse con las mejores crónicas escritas recientemente,
cautivadas con la claridad de un privilegiado poeta fascinado por la
palabra. Ha sido un expedicionario de la veracidad, con él la
literatura trazó mundos posibles, rutas apasionantes, yo mismo lo
descubrí como un sueño y lo digerí como un referente. También
aprendí de su obra la capacidad de síntesis sobre los
acontecimientos de la vida, sabiendo que la poesía se realza con la
palabra exacta y con la humildad del obrero. Y llegué a reconocerme,
junto a su nítido lenguaje, que no es posible vivir sin historias.
Él creó y recreó la vida a su modo y manera. Llegó al corazón de
las gentes, al corazón de las culturas, y hasta, en ocasiones, asumo
que escribió para no morir. Pues ha ganado la batalla de escribir,
tal vez para acompasar (y acompañar) la soledad que le pesaba muy
adentro, y en esto se marchó. Casi sin decir nada. O diciéndolo
todo, porque el silencio también nos habla de otra forma.
Los
genios siempre nos sorprenden con célebres frases, como ésta, que
no puedo por menos que injertarla a este insignificante desahogo: "el
mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en
primera clase y la literatura en el vagón de carga". A mí,
que tantas veces me ha enseñado a dialogar con él a través de sus
obras, me parece que está más vivo que nunca, y que la literatura
con su recuerdo, acrecienta el espacio que todos buscamos.
Para
Gabo (déjenme llamarle como lo hacen sus amigos, aunque yo
fuese sólo un lector anónimo) hay una cuestión de honor
intelectual para sobrellevar el ayer: "La memoria del corazón
elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese
artificio, logramos sobrellevar el pasado". Efectivamente,
en el prólogo de ese remoto literario está el futuro que nos
espera. Releerlo siempre es saludable, sobre todo para otro mañana
que tiene mucho que ver con el deseo del autor de "Cien años
de soledad", capaz de proyectar lúcidamente un mundo
diverso, bajo la sombra de un realismo mágico.
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