Autor: Jose Antonio Cordoba
Esperando se
le echaran encima y sabedor de que vendería cara su inferioridad, se sorprendió
al ver como todos se dirigían a una mesa situada en un rincón de la taberna
donde no había ventanas, junto a la mesa estaba el tabernero que se apresuraba
a limpiarla y ordenar las sillas. Todos tomaron asiento, al poco una silueta
femenina salía de detrás de la barra con unas jarras de vino. Ella se apresuró
a servir en primer lugar al extranjero, a un gesto del anciano. Cuando el brazo
de ella pasó rozando la cabeza de Arnaldo, él se giró encontrándose de lleno
con el escote provocativo de la joven, semi-oculto por su larga melena,
agachando la cabeza se limitó a coger la jarra y darle un par de vueltas sobre
sí misma en la mesa. Mientras ella repartía las jarras a los presentes, él
levantó la mirada y se fijó en la muchacha, su semblante no dejó que los
presentes se dieran cuenta de su sorpresa, tenía frente a él a aquella muchacha
del primer día, hoy no llevaba pañuelo en la cabeza, por lo que pudo comprobar
como su cabello era del color del oro. Sus ojos, aunque esquivos a su mirada,
pudo distinguirlos de color miel intenso.
Pronto se quedaron solos en
la sala de la taberna, pues la joven ya había regresado a la trastienda, los
presentes miraron al hombre mayor y éste, meciéndose las barbas procedió a
explicar al extranjero cuales eran sus negocios, y sus relaciones tanto con la
corona, como con el señor de la villa. Y lo perjudicial de la
presencia de expías de la corona en la villa. Tras estas palabras uno de los
hombres de aspecto corpulento y serio, reveló a Arnaldo que sus hombres había
apresado a dos expías de la
Corona, no habituales en la villa, pues a esos los tenían
comprados, y que dieron cuenta de ellos tras interrogarles. Ahora sí que el
rostro del extranjero había cambiado, sus ojos denotaban cierta preocupación.
Los villanos percatados de la preocupación del soldado rompieron a reír, cuando
se hubieron calmado, le informaron de que los expías buscaban a un hombre,
desconocían su aspecto, aunque era fácil distinguirlo por el acero que colgaba
de su cintura, y que según les habían dicho era primordial para la corona
encontrarlo, y dar aviso a la guardia real, se rumoreaba que viajaba con un
tesoro incalculable propiedad de la
Corona, aunque los mismos expías dudaban de que fuera cierto.
Arnaldo
ante este giro inesperado de los acontecimientos les relató a los presentes el
motivo que le había llevado hasta la villa de Sanlúcar, y porqué le perseguían.
Claro está que la historia contada a los presentes, no explicaba la realidad de
su necesidad de embarcar a las Indias. Él relató a los presentes, como había
sido capitán en los Tercios Viejos de España...
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