Por: Víctor Corcoba Herrero
Indudablemente, en todas las batallas hay un afán
destructivo total, tanto del espíritu de la persona como de su
propio hábitat. Nada importa la especie, y con ello, se desvirtúa
al propio género humano. En la actualidad, multitud de grupos
armados y redes delictivas dañan el planeta con una desbordada
cantidad de actividades ilícitas. Son auténticos asesinos de la
vida, de aquello que da sentido a nuestra propia existencia,
comerciando como ratas sin escrúpulos por la impureza del aire. No
entienden que la vida es para vivirla, no para destruirla o
derrocharla. La necedad les puede. Es tan fuerte el odio, y en otras
ocasiones la avaricia, que todo lo contaminan con sus absurdas
hazañas o todo lo llevan para sí. Están dispuestos a todo. Carecen
de humanidad y tiene la vista puesta en que todos valemos nada. Por
consiguiente, propagan la pobreza, lastran las oportunidades de la
gente y socavan sueños que no les pertenecen.
En vista de estas miserables actuaciones, por
cierto cada día más extendidas y globalizadas, puesto que tanto en
tiempos de paz como de guerra, el medio ambiente continua importando
más bien poco, a pesar de tanto ecologista, de boquilla más bien,
puesto que es la propia especie, en su globalidad, la que tiene que
comprometerse con una gestión verdaderamente sostenible de los
recursos naturales. Naturalmente, hay que actuar antes de que nos
gane la pasividad la batalla más necia. No podemos quedarnos en la
letra, esa ya la sabemos, tenemos que avanzar con otro espíritu, con
otras inquietudes, y hacerlo a corazón abierto, sabedores de que la
naturaleza nos sustenta como linaje. Por otra parte, uno de los
efectos más devastadores del hábitat es el desplazamiento masivo de
las personas que huyen de la violencia y la inseguridad, en
definitiva de las reyertas, lo que origina una excesiva explotación
de los propios recursos naturales. Ciertamente, vivimos en un tiempo
difícil, para empezar hemos aprendido a dominar el hábitat a
nuestro antojo o capricho, sin antes aprender a dominarnos a nosotros
mismos, nuestra propia furia destructiva.
A propósito, el gran escritor francés, Albert
Camus, siempre decía que "el gran Cartago lideró tres guerras:
después de la primera seguía teniendo poder; después de la segunda
seguía siendo habitable; después de la tercera ya no se encuentra
en el mapa". Sin duda, no le faltaba razón. Vamos camino de la
extinción. Por cierto, a mi me cuesta entender ese creciente número
de desplazados forzosos en todo el mundo, lo que nos evoca la
incapacidad de los gobiernos y, hasta de la misma comunidad
internacional, por poner orden y superar divisiones, prevenir y poner
fin a los bretes, a las combates baldíos. Sabemos que las
operaciones de mantenimiento de la paz son cada día más complejas,
porque son entornos operacionales inseguros y en contextos políticos
inestables, pero es fundamental intervenir de manera fulminante, no
sólo para salvar vidas humanas, sino también por cuestiones
ecológicas, evitando de este modo que los problemas ambientales
sigan creciendo.
Detrás del sufrimiento humano por las pugnas,
rivalidades y cruzadas egoístas, también suele cohabitar el
sufrimiento devastador del medio ambiente. A mi manera de ver, es muy
importante hacer los esfuerzos necesarios para limitar la destrucción
ambiental por parte de todas las partes en acción. No olvidemos que
es deber de toda la ciudadanía, de cada persona en particular,
organización y gobierno, contribuir a preservar las riquezas del
planeta para las generaciones próximas. Las nuevas descendencias,
por tanto, han de huir de las guerras, han de decir ¡no! a las
guerras con total rotundidad, puesto que a todos nos perjudica, hasta
el punto que vuelve bestia al triunfador y vengativo al subyugado.
Son tan estúpidas estas controversias, y sobre todo tan inútiles,
que yo estoy seguro que terminarían si los fallecidos pudiesen
regresar. Por eso, nunca existió una buena guerra, son todas
crueles, nefastas, demoledoras; de ahí, que la única manera de
vencerlas, no es otra, que evitarlas.
Nunca los humanos han necesitado tanto activar la
voluntad del cambio como en el momento presente, y desde luego, dicha
voluntad ha de estar motivada por el conocimiento y la conciencia
comprensiva. Si los informes muestran que el calentamiento planetario
es ya un fenómeno global causado por los humanos, ya que el consenso
científico sobre el origen humano del cambio climático es casi
absoluto, y las guerras son mantos de fuego destructor de vida,
mientras que los mercaderes de armas hacen fiesta, hemos de hacer
algo antes de que sea demasiado tarde. No podemos ser indiferentes a
los conflictos que siguen ensangrentado el planeta. Es hora, insisto,
de actuaciones. Empezar, sin dilación, por prevenirnos de la
explotación del medio ambiente en la guerra y en los conflictos
armados, me parece un buen comienzo. Por desgracia, y a pesar de
tantos avances, todos los días encontramos una buena ración de
salvajismo, de disputas irracionales y usureras, en los diarios de
todo el mundo.
Efectivamente, no podemos acostumbrarnos a
convivir con las guerras. Si el espíritu guerrillero se apodera del
alma humana, apaga y vámonos. No entiendo que celebremos tantos
actos para conmemorar onomásticas y centenarios de contiendas,
cuando hoy pasa lo mismo, hay pequeñas batallas por doquier lugar.
Esta es la realidad. Lamentablemente, continua la pugna de unos
contra otros. Las consecuencias de las guerras ahí están, por una
parte, niños y mujeres hambrientos, campos de exterminio con vidas
humanas, naturaleza al fin muerta, y por la otra, los grandes
festejos y la buena vida que se dan los productores de armas. Pero,
¿qué hacemos nosotros por cambiar esto? Ya sabemos que lo incivil
no deja piedra sobre piedra, es una salida cobarde a los problemas y
lo ha sido desde siempre, y por siempre una derrota de la ciudadanía
en su conjunto. Perdemos todos, pierde el planeta. Que lo
reflexionemos cuando menos.
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