Por: Víctor Corcoba Herrero
Sí en verdad queremos estar
preparados para poder disculpar los defectos de los demás, hemos de
tener claro y de reconocer los derechos humanos universales y la
complejidad de los pueblos. Yo mismo reivindicaba en un artículo
reciente al individuo como pueblo, no como masa, convencido de que
solo podemos avanzar como familia de familias, o si se quiere como
comunidad de países, con sus singularidades culturales, pero
indudablemente tenemos que recurrir a la solidaridad, o a la
fraternización humana, reconociendo que absolutamente todos, sí
toda la especie, compartimos un destino común. Por eso es tan
importante la condescendencia, comprensión y hasta la misma bondad;
puesto que, benevolencia -como decía Antonio Machado- "no
quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino
voluntad de bien". Efectivamente, esta energía positiva ha de
partir del entendimiento y del respeto recíproco de todas las partes
en cuestión. De ahí la importancia de educar para la convivencia
desde la pluralidad de cultos y cultivos, como un manantial de
creatividad y de renovación para todas las sociedades.
Por supuesto, sí todos somos
imperfectos y necesitamos de esa clemencia de nuestros semejantes,
luego por la misma razón hemos de tolerar los defectos del mundo,
hasta poder encontrar la solución global que nos permita ponerles
remedio. Para ello, indivisibles unos y otros, tenemos que dar ese
paso efectivo, tan vital para el momento actual, en la búsqueda del
restablecimiento de los sanos principios avivados por Naciones
Unidas. En todo caso, tampoco se puede tolerar el mal, porque
causaría trastornos mayores y dejaría de ser un bien. Este es un
gran reto en los tiempos reinantes, ya que en nombre de un falso
concepto de disculpas o de tolerancias, en ocasiones se termina
persiguiendo a los que defienden la verdadera autenticidad del
vinculo comprensivo que ha de unirnos en el viaje compartido hacia un
futuro armónico y esperanzador para toda la especie. Precisamente,
la diplomacia tan fomentada desde los gobiernos, considerada como
llave maestra de entendimiento o arte de lo viable, se basa en la
constante convicción de que la armonía se puede alcanzar antes con
la mano tendida que con demostraciones de fuerza, con la escucha en
lugar de los reproches, con el diálogo en vez de dar la callada por
respuesta.
Sabemos que la paz no es simplemente
ausencia de guerras, sino que es obra de justicia, de tolerancia y de
solidaridad. Y la justicia, como principio, requiere la disciplina de
la entereza más paciente. No se trata de que olvidemos los defectos
de los demás, sino de hacérselos ver, ayudándole a que pueda
avanzar mediante nuestro incondicional apoyo tolerante. Hemos de
cambiar actitudes, lo que requiere una educación en valores, y no
solo en contenidos, para toda la humanidad. Que nadie quede excluido.
En tiempos revueltos, de incertidumbre, los hay que intentan explotar
el miedo y los temores, en lugar de pensar que son más las analogías
que nos unen, y que tenemos que ser solidarios, recordando que la
activa compasión comienza con cada uno de nosotros cada día, justo
en el momento de relacionarnos con los demás. Al menos como decía,
el profesor de física y científico alemán, Georg
Christoph Lichtenberg (1742-1799):
"concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón,
el de la tolerancia". Y aunque no nos guste ser tolerantes,
pensemos que nos une el mismo lenguaje, el del amor que nos empuja a
tener, cuando menos el mismo respeto que pedimos por nosotros.
Pienso, por tanto, que debemos
seguir siendo fieles a los ideales trazados y que constituyen la
esencia viva de la Carta de las Naciones Unidas y de la Declaración
de Derechos Humanos; y, entre estos valores, está el de ser
tolerantes, lo que establece una necesidad concluyente en un mundo
tan interconectado como en el que vivimos. Por otra parte, los
diversos sistemas educativos han de formarnos en el valor para
acercamos más los unos a los otros, sin complejos, para entender las
diferencias, no como distanciamiento, sino como una invitación al
intercambio de ideas. El estar preparados para disculpar las
carencias de los demás, aunque muchas veces el daño comience en
nuestra egoísta visión, es parte de la solución a los desafíos de
la época. Sin duda, este ejercicio formativo ha de servirnos para
tomar una mayor conciencia y un mayor respeto hacia los derechos
humanos universales y las libertades fundamentales. Uno no es
tolerante porque sí, lo es porque ha sido enseñado para ello, se le
ha inculcado haciéndole participe que una humanidad fraternizada
implica vivir y trabajar como una familia, sobre la base de la
reconciliación, en beneficio de la enorme riqueza que representa la
variedad cultural.
Y bajo esta multiplicidad de
latidos, todos ellos diferentes pero confluentes, hemos de
contribuir, cada uno con su aporte, a que el mundo sea un lugar apto
para el conjunto de la especie humana. Nos lo merecemos. De qué nos
sirve poder viajar, ir de aquí para allá, si aún no contamos con
un planeta de moradores que nos comprendan. Actívese en el alma la
razón de ser ciudadano del mundo, que no es otra que la cultura del
encuentro, la única capaz de construir un orbe más humano, en el
cual no nos importe si la persona es blanca o negra, judía o
musulmana. Naturalmente, un espíritu tolerante jamás vive en la
indiferencia y no conoce la apatía a la hora de aceptar a los demás.
La tolerancia no significa indiferencia ni aceptación desganada
hacia el semejante, es una actitud ante la vida basada en la
comprensión mutua y en el respeto al prójimo, para que se sienta
próximo siempre, con la certeza de que la diversidad mundial hay que
aceptarla y jamás temerla. Entiendo, en consecuencia, que cualquier
acción puede ser tolerada, siempre y cuando la razón sea libre para
poder cesarla. Quien no tolera la intolerancia tampoco es tolerante.
Pongámonos, pues, todos con espíritu de alianza familiar, para que
al fin, se familiarice la especie sin grilletes ni muros.
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