Por: José Antonio Córdoba
La sorpresa que casi me derriba de mí
caballo, fue provocada pues al retirar su casco el hermano que comandaba a
estos caballeros, dejó a la vista una espléndida melena castaña, y la misma un
curtido, pero bello rostro de mujer. Como para no sorprenderse, mis compañeros
rieron, pues patética tenía que haber sido mi reacción, aunque la de
ellos no fue menor al comprobar como nuestros salvadores, pasaban a ser
nuestras salvadoras. Quince hermosas mujeres. Quince corpulentas Damas. Quince
benditos ángeles, ahora, si las creía enviadas por Dios.
Conocía -aunque nunca las había visto-
de este grupo de jinetes que provenían de un lugar remoto de oriente, aunque
aquello de que fueran mujeres figuraba más como una leyenda. Se hablaba de su
magistral técnica sobre el caballo, así como de su destreza con todo tipo de
armas. Hoy había sido testigo de ello. Me reía imaginando la cara de los árabes
muertos o de los puestos en fuga, si conocieran que les habían combatido
mujeres.
Tras la sorpresa, se presentaron, la
jefa de la partida dijo que ellas eran las “Antianiras”, mujeres guerreras, al
servicio al servicio de la Orden. Regresaban de dar escolta a un embajador,
proveniente de las tierras de este, más allá de donde el sol despunta cada
mañana. Durante el viaje, nos contaron que eran descendientes de los Dármatas,
grandes jinetes de las estepas. Ellos –hablaba la mujer- había combatido con
los romanos, Europa siempre había sido un referente para su pueblo y el de sus
antepasados. Cuando ella era pequeña, su padre y algunos de sus caballeros,
sorprendieron a un grupo numeroso de turcos, que emboscados esperaban para
atacar una columna de francos, casi todos peregrinos, salvo una pequeña
escolta. Según cuentan, mi padre y sus caballeros, rodearon a la columna
franca, para poder encarar el ataque de los turcos sobre los peregrinos. Se
dice que cuando los turcos cabalgaban hacia los peregrinos, los nuestros ya
tenían terreno ganado y ante el estupor de los francos al verse –o eso creían-
atacados por los dos flancos, formaron en círculo esperando el ataque, un
ataque que nunca se produjo, pues los nuestros sobrepasaron a los francos, y
continuaron la carga contra los turcos. La escolta de los francos al ver como
dos de los caballeros de mi padre se quedaban con ellos, no sabían que hacer.
Las vestimentas de nuestros caballeros distan mucho de la de los francos, su
imagen no te permite tener un claro si son amistosos o no. Aquellos caballeros
permanecieron en todo momento cabalgando alrededor del improvisado círculo, más
pendientes al resto de sus camaradas que a la columna de peregrinos.
La carga de los Darmatas, consiguió
hacer desistir a los turcos de su intención. De vuelta mi padre y sus
caballeros hicieron todo lo posible por entablar diálogo, pero en la columna
nadie hablaba nuestra legua y al igual ocurría entre nuestras filas. Así que
por gestos y muchos empujones consiguieron hacer entender a la columna que los
protegerían.
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