Hartos del hambre racionada de una
libreta maldita llena de cantidades absurdas de alimentos de la cual
dependíamos para no morir de lastima, decidimos salir de este círculo moribundo
por la hambruna y desesperación y embarcarnos en la aventura de libertad, de un
sueño pletórico de necesidades cubiertas allá.., en el otro lado.
17 años,
Único hijo de una familia trabajadora que según la libreta solo recibiría
dos rollos de papel higiénico al mes por familia entre otras minucias,
estudiante del instituto politécnico naval decidió unirse a la
travesía del estrecho de la florida e intentar dejar tras de sí, el hambre o la
vida.
La noche
anterior a la partida se lo había dicho a sus padres, los cuales intentaron
disuadirle a toda costa, contándole casos de familiares desaparecidos en su
intento de huir de la isla. Esa noche no durmieron mucho, ni el, ni sus padres.
Se les oía hablar, sobre todo a la mama, acabando al poco rato en llanto, un
llanto sin consuelo del que el papa estaba tratando de apaciguar, el suyo… se
lo trago, como un largo trago y amargo como la hiel.
En la
mañana preparaba una pequeña bolsa con casi todo lo que poseía, un par de
calzones remendados con trozos de la bandera de cuba que la abuela había
recogido tiempo atrás, un pantalón, una camisa algo de comida y agua. Al
encontrarse a la mama en la cocina le dijo que no se preocupara, que la valsa
tenia motor, lo habían reparado hace algún tiempo pensando en esta ocasión, así
que era mucho más seguro y rápido. El sabía que todo era mentira pero no
encontraba la manera de calmar a su mama.
El sol se
estaba poniendo, se iban congregando en el lugar acordado. Allá había un
pequeño garaje donde escondían la valsa o como se pudiera llamar a aquel
amasijos de tablas, garrafones grandes de plástico, todo atado con cuerdas y un
par de remos construido de metal y madera. Lo subieron a un pequeño camión que
lo llevaría a la habana y desde “playa del Este” saldrían para tratar llegar
a cayo hueso.
Eran dos
las que buscaban fortuna, “la Asunción” y “la Limpia” (hasta le pusieron
nombres al amasijos de cosas), Cada una de ellas llevaban 7 asustados
tripulantes.
Con la
ayuda de los faros del camión, llegaron a la orilla cargados con las
embarcaciones. Esta era la última oportunidad de echarse atrás, se miraban unos
a otros durante unos segundos y sin mediar palabra se iban subiendo al
bote, los demás empujaban. Un bote estaba completo y comenzó a remar. El
otro, animaban al muchacho que se había quedado en el agua… un último empujón,
levanto el brazo despidiéndose y les deseo suerte. Decidió no seguir.
Habían
decidido hacer turnos para remar, el timonel encendía una pequeña linterna para
mirar la brújula y así poder ir en el rumbo correcto y seguidamente la apagaba.
Trataban de pasar con el máximo sigilo, y a su vez tenían que alejarse lo
máximo posible de la costa antes de que amaneciera para poder burlar al
ejército que patrullaba esa zona.
Las
primeras horas comenzaron a quedarse atrás, pero no el miedo. Este, iba
creciendo cuanto más insignificante y débiles se sentían. La oscuridad era
total, solo interrumpida de vez en cuando por el timonel que miraba su brújula,
en esos momentos podíamos ver a los demás compañeros. Fue una noche
terrible, sentir el poder de la inmensidad del mar y la oscuridad. Fue una
sensación de profunda fragilidad del ser humano difícilmente descriptible.
Amanecía,
los tenues rayos de sol comenzaron a salir. Vimos al otro bote “la asunción”
que estaba a unos 100 metros atrás, y delante se hallaban varias barcas que
seguramente habían salido esa noche unas horas antes. En un principio sintió
alegría después se daría cuenta que no era así. Llego el momento de relevar a
los remeros. Estos, se refrescaron la cara, y se frotaban los brazos intentando
así aliviar el dolor del esfuerzo. Cogieron algo de comida y comenzaron a comer
con los ojos puestos en el horizonte, los demás en silencio hicieron lo mismo.
Con los estómagos satisfechos, el ánimo cambio comenzando a surgir pequeñas
conversaciones y anécdotas que cada cual contaba, todas ellas muy divertidas,
las risas fluían como las ligeras olas por las que navegaban.
Los
rayos de sol se iban fortaleciendo, uno de los muchachos metió la mano en el
agua, sentirla lo refrescaba. Al poco tiempo un reproche de un compañero lo
hizo desistir de su acción al recordarle que eran aguas peligrosas plagadas de
tiburones. Esto le hizo reflexionar que en “la asunción” había una mujer, todos
sabíamos que no podía subir al bote una mujer con el periodo. Ella les
aseguró que no, por eso se unió al grupo, rezaron para que les hubiese dicho la
verdad. Si mentía, condenaba a muerte a todo el grupo. Los tiburones que huelen
la sangre a gran distancia, se acercarían en grupo y comenzaría una cacería
atroz donde no se salvaría nadie.
Era un
poco más de medio día, el sol pegaba con toda su fuerza, el viento aumentaba su
velocidad.. Un rápido vistazo a la derecha hizo percatarse que habían alcanzado
a un hombre que navegaba dentro de una llanta de camión. Observaron que en los
brazos tenia amarrados las palas de los remos para poder impulsarse
mejor. Las manos las tenía destrozadas y de su boca salía una tenue voz
pidiendo agua, pero sus ojos…. ¡ O dios Sus ojos!, disculpen pero no
puedo describir con palabras esa visión, ese momento se quedó grabado con fuego
en mi mente y no lo puedo borrar ni contar.
Nos
acercamos a él para darle agua, pero este sin embargo, quiso subirse al bote.
Entre todos lo empujaron y se alejaron rápidamente de su alcance, casi hace
volcar la embarcación con ese forcejeo. Tensos todavía por lo ocurrido
seguíamos observando como nos alejábamos de él y a su vez la otra embarcación
iba en su rumbo. Al llegar a su altura decidieron subirlo, ellos tenían un
pasajero menos, el que se quedó en la playa, la noche anterior. Cuando lo subieron,
un grito de horror inundo el aire. En uno de sus pies le faltaban los dedos, en
el otro casi desapareció por completo, los peces estaban comenzando su festín.
La mujer aterrorizada, quiso alejarse lo más posible de aquel hombre, pero en
su desesperación y su brusco movimiento rompió algo, un crujido bajo sus pies
le hizo temer lo peor. Todos se le quedaron mirando sin moverse, segundo más
tarde el bote se fue deshaciendo en pedazos….. La angustia y el miedo los
embargaba, sus ansias de salir a flote, de aferrarse a una vida que se le
negaba en esos precisos instantes.
Los
remeros se esforzaban por ir más rápido y alejarse así de ese fatídico
desenlace, todos sabían que no se podía hacer nada, no podían ir en su ayuda
porque todos acabaríamos de igual manera.
Después
de pasar otra noche horrible, tras 40 horas de travesía, un ligero viento
fresco hizo estremecerse a todos, poco a poco iban apareciendo nubes y el mar
comenzó a encresparse. Se avecinaba una tormenta, o eso parecía. El mareo y los
vómitos no tardarían en llegar. Entre los orines, heces y ahora los vómitos
parecía aquello una pocilga flotante en un mar embravecido de olas de más de 5
metros.
Parecía
el final de nuestra travesía, el sueño se estaba difuminando y se presentaba
ante sus ojos la otra cara de la moneda, la cruz…Una cruz que cada minuto se
hacía más pesada y grande y a su vez acogedora. Cuando vieron que se acercaba
un gran barco, era la guardia costera americana.
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