Por: Víctor Corcoba Herrero
Tan importante como vivir pienso que es sentirse bien uno consigo
mismo. Por desgracia, las circunstancias, el mismo ambiente contaminante o las
diversas formas de entender la vida, hemos de reconocer que ayudan bien poco,
por no decir nada, a ese completo bienestar físico, mental y social, que
propugna la mismísima Organización Mundial de la Salud. Realmente, uno tiene
que gustarse y, para ello, muchas veces hasta ha de comer y beber lo que no le
gusta, hacer lo que no hace, y, por supuesto, ser persona responsable con su
cuerpo, que debe de agitarse en su justa medida, mientras la mente reposa lo preciso.
Todo lo inverso a lo que propicia la sociedad actual, más ensimismada en saciar
apetencias sin control alguno, que en establecer criterios educacionales de
compromiso con una vida sana. Seguramente, en el equilibrio está la virtud,
para dar valor a todos los ceros de nuestra propia existencia; no en vano,
somos felices en la medida que tenemos robustez, fortaleza, energía en
definitiva.
Efectivamente, si
la forma física ha de cuidarse, no menos la salud mental, que nos aporta ese
equilibrio de estado emocional de una persona con su autoaceptación. Al fin y
al cabo, uno tiene que aceptarse para quererse, desde el autoconocimiento y el
autoaprendizaje. Sin duda, lo primero que hemos de aprender es a decir ¡no! a
cualquier práctica nociva, que nos haga sentir mal. Tampoco el estrés nos puede
dominar a su antojo. Somos una sociedad estresada, que unido al poco ejercicio
físico, acrecienta el sobrepeso y la obesidad, lo que contribuye a sentirnos agobiados
y cansados. Por cierto, un estudio recientísimo publicado en la revista Lancet
Oncology, reveló que un alto índice de masa corporal (IMC), que mide la
proporción de grasa en el cuerpo, dividiendo el peso de una persona en
kilogramos por su altura en metros al cuadrado, se ha convertido en un
importante factor de riesgo de cáncer, especialmente aquellos que afectan a las
mujeres, como el cáncer de mama en la postmenopausia.
Si las
investigaciones en salud son fundamentales para avanzar hacia la cobertura
sanitaria universal, no menos importante ha de ser el compromiso de todos los
agentes sociales en mejorar nuestros naturales estilos de vida. Aún queda mucho
por hacer. Si realmente queremos un futuro libre de enfermedades, debemos
mantener la inversión, el compromiso y la innovación para alcanzar la meta. Por
ejemplo, hagamos camino al andar, y se me ocurre que sería bueno, que
coincidiendo con el Día Mundial de la Lucha contra el SIDA (1 de diciembre), se
acelerasen los progresos, para poder así llegar a todas las personas que
carecen de acceso al tratamiento y a los servicios relativos al VIH.
Igualmente, resulta fundamental la información genética que cada individuo trae
en sus genes, sobre todo para prevenir enfermedades. Desde luego, si las buenas
costumbres, como puede ser el hábito del ejercicio físico, y una buena
disposición hacia estilos de vida saludable (dietas equilibradas), son
ingredientes fundamentales en el compuesto de la salud de una persona, en otro
polo se situarían los hábitos tóxicos, entre los que cabe destacar el alcohol y
el tabaco como una de las fuentes más perjudiciales.
A propósito, decía
una escritora francesa, Françoise Sagan, que la felicidad para ella consistía
en gozar de buena salud, en dormir sin miedo y en despertarse sin angustia.
Resulta así evidente que cada ser humano necesita disciplina para ese
equilibrio de hábitos saludables, no el placer de un instante, sino un modo de
vivir garante, que incluye también la renuncia a una ingesta incontrolada de
productos tóxicos, que nos los tomamos muchas veces como si fuesen agua. Para
esta mentalidad mundana, que hasta llega a envenenar el aire que respiramos y a
construir botellódromos (espacios donde los jóvenes se reúnen para beber) con
el dinero de todos, la forma de vida saludable no pasa del papel, o de las
meras buenas intenciones, facilitando todo lo contrario a ese ansiado estado
pleno, al que todo ser humano tiene derecho, por su propia dignidad de persona.
A diario se producen tantas puñaladas en la salud de la sociedad humana, que
habría que poner orden y concierto a la multitud de incoherencias, que desde
las mismas instituciones a veces se fabrican. Ciertamente, la vida carece de
valor si no nos produce complacencias. Entre éstas, la más meritoria es la
sociedad que cuida al cuerpo como a la mente, suaviza el temperamento de sus
ciudadanos, alegra el ánimo de la gente y protege el estado de bienestar o de
salud para todos. En esto, como en todo, menos predicación y más implicación.
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