Por: Jose Antonio Córdoba
En el puerto, rodeados de mercaderías, bestias y
gentes, Iscales y yo conversábamos, esperando la hora de partir. Me había
propuesto conocer la historia de un pueblo, el suyo, donde la mujer combatía
tan bravamente, y solíamos aprovechar estos pequeños y muy escasos descansos
para relajarnos y conversar. Tuvimos que interrumpir el descanso, pues el sol
en la lejanía, donde yo presumía mi tierra, "Hispania", había sido
engullido por el mar, y la oscuridad se cernía sobre nosotros.
Marchamos hacia el patio de armas de nuestra casa,
donde nos esperaban nuestros caballeros, la escolta se había adelantado a las
afueras de la ciudad, montamos y cabalgamos al encuentro del resto de la
columna.
Durante la noche, ninguno de los que cabalgábamos
osamos hablar, salvo las órdenes pertinentes. Me preocupaba la actitud del
mensajero, que en ningún momento se había dirigido hacia nosotros y cabalgaba
en la retaguardia.
Al alba nos acercábamos a los límites del Reino de
Jeruralem, cuando el sol alcanzó su cenit, la escolta abandonaba nuestra
compañía y veíamos como ahora cabalgaban en dirección hacia la costa, para
regresar a la fortaleza de Acre con la brisa del mar aliviándoles la marcha.
Dos semanas más tarde nos acercábamos al poblado de
Anjar con la intención de tomar la ruta que nos llevaría cerca de Trípoli, pero
el mensajero se adelantó hasta nosotros y cabalgando a nuestra altura, en la
vanguardia, de su bolsa extrajo un pergamino lacrado con el sello de la Orden
del que me hizo entrega. Con el manuscrito en mi mano, di la orden de
detenernos al resto de jinetes,la retaguardia tomo al galope posiciones de
vigía entorno a nuestra posición. Rompí el sello lacrado y procedí a la lectura
de manuscrito, donde se me indicaba que a petición mía el jinete revelaría su
identidad. Pero además se nos indicaba que desde el momento mismo de romper el
sello lacrado, el mensajero se convertía en el blasón de nuestra misión. Me
quedé perplejo, “¿nuestro blasón?”, eso quería decir, que nuestras vidas
quedaban desde este momento sujetas a salvaguardar la suya. El resto del
mensaje solo indicaba que el mensajero nos guiaría, y sería quien nos fuera
revelando los objetivos de nuestra misión, junto a la firma del Senescal, una
anotación me pedía prudencia y tacto.
Le pasé el manuscrito a Iscale, que le dio lectura,
y se lo entregó nuevamente al mensajero, haciendo a la vez una señal a los
jinetes de guardia para que retomaran la formación. El mensajero hizo el ademán
de descubrirse, pero se lo impedí con un gesto. –Aquí no es seguro, esperemos a
la oscuridad del anochecer.
Reanudamos la marcha, pero a punto de tomar el
camino que nos llevaría directamente a Trípoli, una voz femenina a nuestras
espaldas lo desaconsejó, nos giramos y esa voz femenina entre firme y dulce,
provenía del mensajero. Se levantó un poco la capucha y un rostro de mujer
joven, se pudo atisbar entre las sombras de la prenda, un rostro pequeño,
redondo, de tono bronceado y de ojos pequeños. -Debemos de alejarnos de
las grandes ciudades, en los pueblecitos pequeños podemos, hacer noche y
proveernos de comida. –Por favor, continuemos, -nos dijo la joven-. No
hubo de repetirlo, continuamos por senderos menos transitados, aunque
entrabamos en una zona de muchas rutas que enlazaban la costa con el interior...
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