Cuando pude reaccionar, encaminé mis pasos y me
acerqué hasta el órgano, extendiéndole el paquete y sin dejar de mirar los
tubos. Me tocó en el hombro para que lo mirara y me dijo: -¿has visto un
ángel?, yo asentí, -Pues el Cielo a través de él te ha hablado. Sin entender
que había ocurrido cumplí con el recado que me había llevado hasta Santo
Domingo. Al abandonar la iglesia, la noche había caído sobre la ribera del río.
Los escasos faroles apenas iluminaban mis pasos. Decidí ascender a la villa
antigua por los mercedarios, y así caminaba cuando un grupo de hombres ocultos
bajo capas, sobreros y espadas en mano, al paso me salieron, no entendía,
parecía como si hubiera retrocedido en el tiempo. Yo que apenas mantenía firme
aquel palo de escoba que Rafa me dejaba en el café para cubrir mis
consumiciones con tareas de limpieza, no tenía edad para las armas, más nunca,
las había usado.
Aquellos hombres cubiertos se me desfiguraban con
las sombras, es por ello que no me percaté del que por mi espalada se me
abalanzaba, hasta que el golpe de metales me hizo instintivamente acariciar el
albero de la calle, cuando alcé la vista puede comprobar como una de aquellas
figuras oscuras era atravesada por el acero de un hombre, que ocultaba bajo su
capa oscura un manto blanco. Al mirar en mi derredor pude observar como un
grupo de hombres ahora se batía ferozmente con los que se suponen eran mis
asaltantes. En unos minutos, el ruido del mental contra metal se fue
amortiguando, con el grito de dolor, profesado por el último atacante al ser
herido de muerte, se pudo oír al unísono y en coro “deux volt”.
Me puse de pie ante la insistencia gesticular del
hombre, que según perecía, me había salvado de una muerte segura. De pronto
desde lo alto de la villa, se oía el ruido de unos cascos de caballos que
descendía dirección a la ribera. Los hombres se agruparon y uno de ellos hacía
gestos hacia un lugar de la calle en el que no había nadie, cuando de pronto,
dos figuras aparecieron y se unieron al grupo que ya se giraba y se encaminaba
hacia uno de los arcos de piedra, de lo que habían dado en llamar las Covachas,
unas oquedades a los pies de la villa antigua, de uso variado y nunca bien
entendido. Al llegar el primer hombre a una de las columnas, deslizó su mano sobre
uno de los relieves y se introdujo por el paso del arco, todos le seguimos. No
lo entendía, al cruzar la arcada, un túnel se habría al fondo iluminado por
antorchas, accedí al mismo casi de los últimos y al entrar me volví a tiempo de
ver como el hombre que nos seguía tocaba sobre la pared y las piedras de movían
cerrando la abertura por la que habíamos accedido. Durante uno minutos
estuvimos caminando por galerías que no daba más espacio, que para andar uno
tras otro. Al cabo de unos minutos, llegamos a una sala, hombres con túnicas
blancas nos daban el recibimiento, su imagen me era vagamente familiar pero no
lograba traerla a mi mente estupefacta. De pronto, quien me había salvado se
despoja de su manto oscuro y deja ver una túnica blanca con una gran cruz roja
en el pecho. No había caído en el detalle hasta ahora, y por ello no dejaba de
contemplarlo, sus espadas no eran las mismas que las de mis atacantes, éstas
eran más grandes de empuñadura en cruz, y la hoja de unos dos dedos de ancho.
Avancé perplejo por la sala y al girarme, una imagen de Cristo crucificado,
presidía la boca de la galería por la que habíamos accedido.
Miraba rostro por rostro, más no distinguía
detalles de sus facciones, ¿qué ocurría?, de pronto una voz, me llamaba, una
voz familiar, me reclamaba: ¡José Antonio, despierta!, ¡¿buen amigo estás
bien?!
De pronto y al sentir el contacto de una mano sobre
mi hombro fue como si me precipitara al vacío, al abrir los ojos, varios pares
de ellos me miraban, entre preocupación y curiosidad. Quien me tocaba era Rafa,
que me dejaba en ese momento un café sobre la mesa, y me decía: -Cierto buen
José Antonio, que eso de que te dormías a la primera era bien cierto. Dos
minutos, amigo mío, dos minutos entre ponerte el café y traértelo, y tus ronquidos
han despertado al buen párroco de la Iglesia Mayor…
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