Por: José Antonio Cordoba
Por
la ciudad fortificada corría un rumor, como lo hacía el viento frío de las
montañas, de que se aproximaba un ejército hacia la misma y que su jefe había
pronosticado que: “De las piedras de sus murallas haré polvo que dispersaré en
las arenas del tiempo”
Una
veintena de caballeros se aproximaban por la única entrada y salida del valle
donde se ubicaba la villa fortificada. Su jefe llevaba años buscando aquella
escondida fortaleza de la que generaciones y culturas diferentes hablaban como “la
Ciudad de los Gigantes”, pero que nadie sabía a ciencia cierta donde se
ubicaba, pero el destino quiso que ante ellos se abriera el camino angosto que
llevaba hasta aquel valle en el que ahora se encontraban.
En
la parte más alta del camino y ya en el interior de las montañas, la imagen era
tan bella como sorprendente, algunos cientos de metros por debajo de ellos se extendía
un frondoso valle, delimitado en todo su contorno por una pared inmensa formada
por aquellas mismas montañas, cuya tonalidad grisácea contrastaba con las
tonalidades claras y vivas del fondo del valle, donde entre bosques, se
extendían zonas de cultivos con pequeñas edificaciones que debían de ser para
los apeos de labranza y que daban la impresión, por el número de parcelas de cultivos
que era una tierra generosa para el mismo. En un extremo del valle, opuesto a
la entrada una silueta apenas visible mostraba el destello plateado de lo que podía ser un
arroyo.
Sin
embargo, lo que dejó perplejos a los caballeros era las proporciones de la
fortaleza que se levantaba casi en el centro mismo del valle. Desde su posición
de observadores se podía ver la majestuosidad de la construcción, que aunque,
sin elementos decorativos florecientes, en su misma sobriedad era bella.
Los
jinetes se pusieron en marcha descendiendo por el camino que en este lado de la
montaña era menos agreste. Sin embargo, el cabalgar de sus monturas delataba su
presencia en todo el valle, ya que el sonido del metal de las herraduras de sus
caballos retumbaba cuando estas tocaban las piedras de la que estaba formado el
piso, dando la impresión de que el número de jinetes casi se hiciera de miles.
Continuaron
al paso, contemplando cada detalle del paraje que se abría entorno a ellos. El
camino llevaba directamente a las puertas de la fortaleza. En nada, exageraban
aquellos que decían que los habitantes del castillo deberían de ser gigantes,
pues las murallas rivalizaban en altura con los picos de las montañas que
bordeaban el valle, era como si sus constructores pretendieran ver desde lo
alto de las atalayas el otro lado de las montañas. Pero si las murallas se
erguían al cielo, no menos impresionante era su puerta, que de buen seguro
necesitaría alguna hora que otra en abrir o cerrarse.
Los
caballeros se dividieron en tres grupos, mientras uno permanecía con su jefe
frente a la puerta, uno bordeó el castillo al este y el otro al oeste. Cuando
ambos grupos regresaron a la puerta solo pudieron confirmar que los otros tres
lienzos de la fortaleza eran tan lisos y sobrios como este, y que no había más
puerta que la que estaban contemplando.
El
jefe ordenó a uno de sus caballeros que escribiera una nota y la arrojara por
encima de la muralla con una flecha, pero tras varios intentos desistieron,
pues la flecha no alcanzaba sobrepasar la muralla.
Aprovecharon
el descampado que había a uno de los lados del castillo y allí se asentaron,
puesto que la noche ya había tomado el valle.
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