Tras este tormento en
el que muero cada día,
me reencuentro con el
verbo y la palabra,
con la voz del niño
que jamás abandoné,
con la invencible
ternura de sentirme
en los brazos de Dios,
rodeándome de paz.
Lo cierto es que
ahora me siento más verso,
saber que Dios me
asiste en las ciegas noches,
observar que Dios va conmigo a todas partes,
sentir que Dios me
acoge con los brazos abiertos,
con espíritu
conciliador, con alma reconciliada.
Ahora que alegría,
qué gozo más vivo,
poder respirar sin
miedo y recrearme sin dolor,
sentir que Dios me
vive y se desvive conmigo,
concebir su silencio,
pensar que me escucha,
y hasta poder recogerme
sí me siento náufrago.
No me abandones mi
Dios, despiértame
para siempre, hazme imaginar tu paraíso,
soñar tu sueño,
meditar sobre tu soledad,
crecer por dentro
hasta fundirme en ti,
para que al
derretirme quede cautivo del amor.
Como el Creador yo
también quiero vivir
en el amor, para amar
sin otro abecedario
que el donarme; y
también quiero morir
en el recuerdo, para
recordar lo recibido.
Y así, sé que me
hallo porque Dios me alienta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario