Por: José Antonio Córdoba
La
cena de los caballeros fue distendida y con mucha sorna sobre la poca fuerza
del arquero, la mala calidad de sus flechas o incluso del peso de aquellas
letras.
Tras
la cena, se montó guardia y el resto de los recién llegados aprovecharon para
descansar. Sin embargo, su jefe, solo pudo dormir lo justo, lo necesario para
sentirse descansado, pero algo le inquietaba, así que se levantó y avisando al
centinela, se encaminó hacia la puerta del castillo, pensaba que debía de haber
una puerta de paso disimulada entre las duelas de aquella inmensa mole de
madera, y con una antorcha, paseaba una y otra vez por delante de la puerta,
acariciaba su superficie, como si pretendiera encontrar un resorte o algo que
le permitiera el paso, pero nada.
Miró
el arco de piedra donde se embutía la puerta, y solo veía una casi
desalentadora superficie lisa, casi no se notaba los cortes de la piedra.
Cuando
se disponía regresar al campamento, cuando algo en su interior le dijo que era
imposible que lo más obvio fuera posible, así que se dirigió a la puerta, clavó
en el suelo la antorcha y buscó el centro de la misma, cuando lo calculó
presionó con toda su fuerza, de no haber sido por la pierna derecha adelantada, hubiera caído de bruces hacia delante. La
puerta se había abierto con una facilidad tan abrumadora, como espeluznante,
sobre todo, por el mudo movimiento que aquella inmensa puerta. Permanecía de
pie, frente a la abertura de la puerta, mientras el hacha reflejaba tenuemente
su figura en la oscuridad del interior. Estuvo tentado de dar la voz de alarma
y convocar a sus caballeros, pero algo seguía invitándolo a entrar, pero solo a
él. Así que cogió el hacha y se adentró en la fortaleza, nadie guardaba aquella
puerta, tras la misma un pasillo se
abría hacia la derecha y decidió seguirlo, era ese lugar donde si quería
reprimir un ataque dentro de las murallas, los asaltantes perecerían todos,
hombres y monturas, pero aun así, pese que a que su presencia era delatada por
el haz de la antorcha continuó su paso.
Una
brisa nocturna y casi helada jugueteaba por los recodos de aquel pasillo-foso.
Tras unos largos minutos se encontró frente a la entrada de lo que debía de ser
la calle principal de la villa que se escondía tras aquellas murallas, siguió
caminando pero todo era oscuridad solo rota por el crepitar llameante de su antorcha.
Sus
pasos se detuvieron de pronto al sentir algo a sus espaldas, girándose a la vez
que desenvainaba su acero, se encontró frente a un figura alta esbelta, un
rostro de mujer se dejaba entrever bajo una melena tan negra como la misma
noche, que era agitada por aquella brisa.
Sus
ojos denotaban gran tranquilidad, una serenidad que llenó de paz al caballero,
que antes de envainar su espada miró en derredor para comprobar que su vida no
estaba en peligro.
La
mujer sin dejar de mirarlo avanzó pasando junto a él y con un gesto le indicaba
que la siguiera, así lo hizo el caballero. Pronto abandonaron la calle
principal y entraron en una de las torres de la fortaleza, el ascenso por la
misma era una rampa que se perdía hacia el cielo. La mujer indicó al caballero
que apagara su hacha en un cubo que había al inicio de la rampa, y este la
obedeció a la vez que empezaban a ascender por aquella rampa, los primeros
pasos trascurrieron casi en completa oscuridad, hasta que la vista del hombre
se adaptó a la oscuridad, una oscuridad que le extrañó pues pese a ello podía
ver casi perfectamente por donde caminaban.
El
ascenso se produjo en un silencio que al caballero de vez en cuando le hacía
preocuparse y mirar hacia detrás de él, pero allí estaban ellos solos. Pronto
la oscuridad de la torre empezó a teñirse del azul oscuro del cielo nocturno,
bañado por el plateado río de la Luna...
No hay comentarios:
Publicar un comentario