Por: José Antonio Córdoba
Al acceder a la atalaya del castillo le abandonó la
sensación de estar en la Tierra. A la mente se le venían aquellas
historias que, él, siempre había achacado a las memorias cansadas de
aquellos ancianos que tanto se afanaban en contárselas una y otra vez.
Cuantas veces había escuchado aquellos relatos de lugares sobre la faz
de la Tierra, que se decían, eran escaleras al Cielo. Hoy, esta noche,
él había ascendido, sin saberlo, por una de ellas. Desde la puerta de la
atalaya, miraba a su alrededor y pese a la oscuridad de la noche, con
los tenues resplandores de las estrellas y la siempre majestuosa Luna,
se iluminaba un paisaje casi irreal, mágico en colores, de sombras y
luces, y figuras cuando menos sugerentes. Avanzó unos pasos sobre la
terraza de la torre, casi como quien en vez de pisar la rígida piedra,
pisara aguas pantanosas.
A cada paso ganaba visión de todo el entorno que la vista
le permitía, comenzó a girar sobre sus talones cuando a la media vuelta
se encontró de frete con su anfitriona, sus miradas se cruzaron con
tanta fuerza, que ninguno de los dos la desvió del otro. Si en los ojos
de él, había signos de que todas las confusiones del Universo se daban
en aquel preciso momento en su mente, en la mirada de ella había una paz
inmensa que al reflejarse la luz de la luna en su rostro, el caballero
pudo contemplar como en este se dibuja una tímida sonrisa, casi furtiva.
Sin embargo, la reacción del caballero fue en nada la que él esperaba,
de sus ojos y sin consentirlo empezaron a brotar esas gotitas de agua
salada, que todos las dan en llamar lágrimas, al sentir la humedad de
éstas, se giró y se encaminó hacia uno de los lienzos almenados de la
torre, apoyándose entre dos almenas se asomó al vacío mirando hacia
abajo, pero no se veía los pies de la torre, ¿la altura de la torre?, o
¿la oscuridad de la noche?, ¿cuál sería el motivo de no ver el suelo
sobre el que se asentaba aquella inmensa estructura de piedra?
Recuperada la posición horizontal, seguía en sus cavilaciones mirando al
frente, cuando sintió la mano de su acompañante sobre el hombro
derecho, un gesto dulce, pero sin embargo la frialdad de su mano caló la
ropa que vestía el hombre.
Tras unos instantes se giró en el mismo momento que ella le
indicaba que la siguiera, pero él permaneció quieto y cuando fue a
abrir la boca para pedir explicaciones a la mujer, ésta, le hizo señas
de que guardara silencio y la siguiera. Casi a regañadientes, pero en el
más absoluto silencio, él la siguió.
Apenas comenzaron caminar una dulce voz femenina empezó a
hablar. ─¡Caballero!, habéis llegado a estas tierras donde vuestras
intenciones para con este castillo son de sobra conocidas por todos los
habitantes de este valle. ─Él quiso hablar, pero ella el invitó a que
siguiera en silencio.
─En nada ─continuó diciendo la mujer─ sabéis de la historia
de este valle, y menos aún de este hermoso recinto amurallado, donde a
nuestros pies los habitantes del valle duermen tranquilos cada noche.
─Sois un Caballero, y me consta, que nada de los habituales
del siglo, aunque ahora os disfracéis de ellos. ─¡Señora!, le increpó
el Caballero, ─pero ella seguía adelante sin prestarle atención a su
llamada de atención.
─Como decía, sois caballero y marcháis al frente de un
grupo de hombres, con la sola intención de haceros de nombre, que no de
honor, pues respondedme: ¿habéis encontrado tropas en este valle que os
hayan salido al paso?, ¿soldados que os hayan guerreado?, ¿habéis
encontrado guardias armados entre estas puertas? ─El caballero solo pudo
guardar silencio.
Continuaban andando, por aquella inmensa explanada que era
la terraza de la torre en dirección hacia la atalaya, justo por donde
habían accedido al lugar. Sin embargo, ella se detuvo frente a una
puerta cerrada que había junto a la entrada de la atalaya…
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