Por: José Antonio Córdoba
El Caballero, se había abandonado a recuerdos pasados, de como había decidido a la edad de 20 años iniciarse en el servicio a la Orden de los Caballeros del Temple. Las duras jornadas de adiestramiento castrense, espada, lanza, cabalgar, descabalgar, a veces saltar del caballo a galope, pero lo que con los años le fue atrayendo eran las horas de contemplación que le habían permitido encontrarse a él mismo, esas mismas horas que un buen día le llevaron a conocer al Maestre de Aragón, y que bajo su tutela fue desplazado a la Casa de París para iniciarse en el lenguaje simbólico, espina dorsal de las comunicaciones de la Orden.
Como enlace de la Orden visitó toda Europa, y el mundo árabe conocido, y
algunos lugares desconocidos hasta su visita. Fue en uno de estos
últimos viajes, que provenía de un oasis en plena península arábiga, de
regreso a Acre que tuvo que abandonar la posibilidad de acceder a la
ciudad pues estaba en pleno asedio, así que embarcó hasta Rodas, a su
llegada le comunicaron la caída de Acre.
En el viaje de regreso a Marsella, algo le invadió por dentro y a su
llegada al puerto marsellés, buscó la casa de la Orden, más cercana, y
colgó sus hábitos.
Desde entonces había estado combatiendo en distintos lugares de Europa.
Cuando se enteró de la persecución emprendida contra los templarios,
viajó hasta Germania, estando al servicio de varios nobles por un
tiempo. Pero había algo que le seguía quemando por dentro, noches sin
conciliar el sueño, le llevaron casi a perder la cordura, o ganar en
locura ─nunca lo supo definir muy bien─. Así que un día emprendió un
viaje sin rumbo, marchó contra el sol, es decir, siempre cabalgó hacia
donde el sol nacía cada mañana. Dos años estuvo en esta situación,
comiendo de la buena voluntad de las personas, que le permitían se
sentara a su mesa.
Un buen día en medio de la nada, junto a unas escuálidas palmeras,
había una choza que hacia las veces de apeadero, al acercarse se percató
de la presencia de un nutrido grupo de jinetes, por sus atuendos le
hizo pensar que había viajado, mucho más allá, de las tierras persas.
Con todo, tomó algunas precauciones, accedió al lugar, ¡en efecto!,
aquél iba a ser el día del pobre infeliz que regentaba aquel lugar
─pensó─. En el interior no cabía ni un perro, pero como pudo casi
desollándose por la pared consiguió acceder a lo que era la barra. Tras
casi media hora de lenta espera el mesonero se le acercó y él pidió una
agua miel, cuando el mesonero le puso la bebida, él dejó sobre el
mostrador una daga egipcia ─el último recuerdo que le quedaba de sus
buenos tiempos─, instándole a que se cobrara la bebida y le diera algo
de comida para continuar su peregrinaje, el mesonero aceptó, con una
avariciosa sonrisa en los labios. Justo en el momento que este iba a
tomar posesión de aquella joya, una daga vino a clavarse justo al lado
de su mano, el mesonero del sobresalto casi se cae de espaldas. El
Caballero no se inmutó, se supo en problemas, y cualquier gesto suyo
podría interpretarse como un enfrentamiento, así que esperó que el
propietario del puñal volador, tomara posesión de su arma.
El silencio sepulcral del salón solo era roto por la brisa ardiente de
la calima, que se colaba por entre las hojas de palmeras que servían de
techo a aquel lugar. Entonces un pasillo se abrió entre los hombres
apelotonados en la barra. Desde la otra punta un corpulento hombre
caminaba despacio deslizando su vaso por toda la barra, lo que hacía que
el despistado que hubiera dejado el suyo sobre ella, o lo cogía a
tiempo, o se quedaba sin bebida. Se acercó al Caballero y sin mediar
palabra tomó su daga por la empuñadura y la desclavó, para guardarla a
continuación en su cinto. Tomó de la barra la daga egipcia y la
contempló durante un rato, miró al mesonero y en una lengua desconocida
para nuestro hombre le habló en tono imperativo al sirviente, este
corrió hacia algún lugar antes de que quién le hablaba concluyera.
Mientras tanto el Caballero sin levantar la cabeza se había erguido, sin
cambiar de postura con respecto de la barra y asía su vaso dándole
pequeños sorbos. En eso estaba cuando en un perfecto latín escuchó de
labios de quien tenía a su lado: “Non nobis, Domine, non nobis, sed
Nomini tuo da Gloriam”, Frater...
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