Por: Víctor Corcoba Herrero
Nadie, sí nadie puede apoderarse
de nadie.
Y menos por amor, que amar es
donarse.
Quién es quién para concederse
ser dueño.
Me asustan los poderosos que se apoderan
del futuro de los frágiles y les
roban
el presente para que no vayan
hacia delante.
Una vez recorrido el camino nada
vuelve
a ser lo que fue, el pasado ya no
regresa,
sólo permanece el amor con sus
recuerdos.
En la memoria cohabitarán
interrogantes,
sobre lo que pudo haber sido y no
fue,
o sobre lo que fue y pudo no
haber sido.
Duerme con el pensamiento de la muerte,
la esperanza de una existencia
inmortal,
donde el amor es pasión que nunca
expira.
¿Qué es la muerte, sino el
trampolín
a una vida en verso, a una
existencia
en armonía, a un vivir sin ser
del mundo?
Necesitamos crecer, para ser algo
en alguien.
Precisamos sentir, para estar
seguros del yo.
Requerimos amar, para no morir
jamás y ser.
Todo esto, prueba la presencia del
Creador.
La coexistencia de su verbo que
nos envuelve.
Y aunque se eterniza callado, todo
es por Dios.
Pues cuando todos nos dejen y se
vayan,
nos quedaremos a solas, junto a
su silencio,
trazando el poema que aún no
hemos escrito.
Dios que es amor, sabrá de
nuestro amor.
Verá nuestras manos y nuestros
labios,
si existieron por sí y para sí, y
para los demás.
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