Por: Víctor Corcoba Herrero
Aspiro a ser el verso que
fructifique,
el agua que colme, la poesía que
injerte,
la palabra que calme, el lenguaje
que auxilie,
la fuerza regeneradora de la
pasión
por el verbo y sus conjugaciones.
Anhelo al Creador por su bondad,
y creo en su verbo como don,
y en la encarnación de Cristo
como luz,
y en su espíritu como Redención,
y en su mística como señal
armónica,
y en el destino transcendente del
cuerpo.
Somos lo que somos y enhebramos
el ser.
Vivimos, a veces sin querer nos
lapidamos,
en lugar de esperanzar la tierra con
el cielo.
No debemos degradarnos en el
cultivo,
hemos de propiciar encuentros,
hasta dejarnos atrapar por el
Autor.
La eternidad es suya, la soledad
es nuestra.
Hemos de abrirnos a la voz del
Señor,
sólo así, podremos sentirnos
acompañados
y acompasados, cada cual consigo,
y Dios en toda vida, y toda vida
en Dios.
Para ser de Dios hay que ser
valientes.
Valientes como el agua que emana,
y abre cauces, y se encauza hacia
la mar.
La cruz del camino es dura, pero
vivifica.
Hay que tener el valor de valerse
para sí,
de envolverse con la palabra y
ser palabra.
Nunca es tarde para darse y
donarse,
para confluir en el poema del que
nos ama.
Dejémonos ser el sueño de su
amor.
Abandonémonos a sus brazos en
abrazos.
Ninguno de nosotros podemos
crearnos,
es Él quien puede hacer que las
piedras,
alimenten; y que los aires,
alienten.
Yo sólo quiero ser la recreación
creada,
su deseo más íntimo, su voz más silenciosa,
¡esa armonía que nos hace más de
Dios!.
No hay comentarios:
Publicar un comentario