jueves, 12 de septiembre de 2013

Una de elefantes y reyes (Por Juan Nadie)



A un hombre normal y corriente, que en su adolescencia dispara y mata a su hermano por error se le debería quedar grabado tan funesto episodio, “las armas las carga el diablo... y la dispara los tontos”




            Un arma es un arma, una herramienta de muerte sirva esta como mero objeto de colección o para cazar elefantes. Da igual si hablamos de un misil de crucero o de escopeta de caza. Y no es ningún secreto que nuestro monarca (investido rey por la gracia de Dios y el Generalísimo) es un entusiasta de la caza.

            El ser humanos siempre ha cazado. Al principio por necesidad y mas tarde por deporte, algo que da gran felicidad y satisfacción al que practica tan destructivo pasatiempo. ¡Tiene que dar una sensación de poder viril a aquel que destroza una perdiz o un conejo con una repetidora! Seguramente esta eyaculación como la pólvora pueda parecer un orgasmo a aquel que cace piezas mayores.

            Para un monarca matar pequeñas aves y mamíferos, debe ser algo tan soporífero como hablar a la nación en el día de Navidad. Es por ello que imagino que monarcas y otros poderosos tienen que batir algo grande, majestuoso, que esté a su altura, sea esta pieza un ejemplar de oso pardo batido en la Rusia de Putin (preparado a base de Vodka) o mejor aún, un magnifico ejemplar de elefante macho de imponentes colmillos.

            Si uno hiciera un ejercicio de imaginación ficticia, podríamos ver a nuestro “Juan Carlos” a treinta metros de un enorme elefante de seis toneladas, con dos balas en el cargador de su escopeta. Valiente, con temple. Para derribar a la bestia que ataca y hace vibrar el suelo bajo sus patas solo tiene dos oportunidades. Disparar al coloso en el corazón o justo debajo de la frente, solo en estos puntos es vulnerable el elefante. No se puede fallar puesto que si la bestia solo es herida ¡la muerte del cazador es casi segura!

            El elefante es un animal inteligente que siente el dolor e identifica a quien se lo ha causado. Un elefante aplasta con sus patas, ensarta con los colmillos y despedaza con la trompa a aquel que solo ha llegado a herirle.

            Hoy en día debemos recordar que existen armas, que dejan seco a un elefante de seis mil Kilos a una distancia de dos kilómetros. También e puede batir a uno de estos desde un helicóptero o una avioneta. Así que quitémonos de esa idea romántica de un hombre frente a un gigante, jugándose su majestuoso pellejo.

            Cuentan que Houston, el genial director de cine, durante el rodaje en África de una de sus películas se obsesiono tanto con querer cazar un elefante que la obsesión acabó afectando el rodaje de la película. Cuando uno de sus amigos le dijo algo así como que cazar a tan majestuoso animal era un “pecado a los ojos de Dios”. Houston le respondió: “Ese es el motivo. Precisamente porque es un pecado que puedo cometer pagando una licencia”. Cuanta razón tenía.

            Algo así debe pensar Juan Carlos, que puede cometer un pecado inmune a las leyes del hombre y de la creación. Aunque nuestro monarca ya ni paga por el pecado. Otros lo invitan a pecar. Nuestro monarca peca gratis.
            Los millones de personas en crisis económica con que cuenta en su Reino de España. ¿Y nos piden que seamos indulgentes con él?

            Da igual el coste del transporte, avión militar o avión privado, esta no es la cuestión. Que se puede esperar de una corona que aparte de vender revistas para marujas y aparecer en eventos deportivos,  y no parar de parir froilanes por doquier, para asegurase así la corona.

            La cuestión es ¿de que nos protege Juan Carlos? ¿de los osos? ¿de los elefantes? Aprenderá alguna vez que las armas las carga el diablo... y la disparan los tontos!

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