Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Ahí están las losas de las
estadísticas, la dura realidad y sus cifras con nombres y apellidos, generando
un problema social en todo el planeta. Entre quinientas mil y dos millones de
personas se calcula que son víctimas cada año de trata, lo que las lleva a la
prostitución, a realizar trabajos forzados, a la servidumbre más deprimente. Las
mujeres y las niñas, - según datos extraídos de Naciones Unidas-, representan
alrededor del 80% de esas víctimas. La compra de personas o el rapto, el engaño
o la debilidad de la persona, ha generado una compleja red de traficantes, a
los que habría que detener con urgencia. El negocio de los tratantes de vidas
humanas debe ser reprimido cuanto antes, con sanciones ejemplarizantes. No se
puede permitir tanta indefensión en un mundo global. Las autoridades
internacionales, que conocen bien estas redes de negocio, de mercantilización
de la sexualidad, han de adoptar medidas inmediatas y contundentes, pues está
en juego el destino de miles de millones de mujeres y niños de todo el mundo.
Ante esta horrible situación, lo
primero que pienso es que todos los gobiernos del mundo deberían adherirse a
los instrumentos internacionales, reforzando la cooperación, y activando una
cultura de respeto hacia las personas y hacia sus vidas. Se calcula que más de
ciento treinta millones de mujeres y niñas que viven hoy en día han sido
sometidas a la mutilación/ablación genital femenina, sobre todo en África y en
algunos países de Oriente Medio. La humanidad no puede reducir sus tradiciones
a un ambiente de salvajismo, tiene que incorporar otros lenguajes más abiertos,
otras prácticas más humanas, puesto que el clima de violencia, aparte de ser
una constante en la vida de las mujeres y de las niñas, se acrecienta con
nuevas formas, propiciadas también por las nuevas tecnologías, como puede ser
el acoso por internet o por teléfonos móviles. Ciertamente, parece como si el
mundo renaciese otra vez en la barbarie, y todos los esfuerzos de seguridad,
hubiesen fracasado. Así, cada día, está más generalizada la violencia ejercida
por su pareja en la intimidad, que a veces culmina en su muerte.
Enquistada en el mundo la
violencia contra la mujer, hace falta pasar de las fáciles palabras a los
hechos. Por tanto, hemos de reflexionar sobre esta plaga que nos invade como
especie. No podemos esperar más tiempo para rechazarla. Podemos y debemos
combatirla. Puede ser un buen momento ahora, en este mes de noviembre
celebramos un año más el día internacional de la eliminación de la violencia
contra la mujer (25 de noviembre), y bien podríamos como civilización cambiar
la cultura de la pasividad por una cultura de reacción frente a cualquier hecho
violento. A mi juicio, los Estados y
cada uno de nosotros también como ciudadanos de paz, tienen, o mejor tenemos,
la obligación de modificar pensamientos violentos, conductas indeseables, y en
este sentido, no se pueden dejar impunes hechos macabros ejercidos y no
socorrer a la víctima, ni reparar el daño causado. La sociedad no puede actuar
con verdadera irresponsabilidad. Y lo hace cuando lo consiente. Aún en muchos
países la violencia que ejerce el hombre contra la mujer se ve como normal y
llega a aceptarse, o al menos, a disculparse. Este modo de pensar o de actuar
es inaceptable. Tampoco cabe la resignación ante este porte de batallas. Sin
duda, debemos exigir compromisos claros y generar otro modo de vida más acorde
con una conciencia de no abuso.
Téngase en cuenta que el vínculo
del respeto es algo tan necesario como preciso, y así, cuando se siente
veneración por alguien, el primer efecto que surge, es que nos inspira una gran
consideración. Tenemos, pues, que empezar a considerar comportamientos
violentos, bajo el prisma de una auténtica tolerancia cero, y enjuiciarlos, sólo así se podrán desterrar
tantas actitudes brutales que a diario nos sorprenden en cualquier rincón planetario.
Hoy por hoy, las mujeres y las niñas siguen expuestas a este peste de crueldades,
tanto en países en situación de conflicto armado como en los que parece haber
más sosiego, entre países ricos y pobres, ningún ámbito del mundo se salva, en
algunos más en otros menos, lo cierto es que la familia humana, muchas veces
llega a olvidar a las víctimas y a justificar al autor del delito.
Insisto, no pueden admitirse excusas
ante una actitud que intimida de manera violenta. Por ello, la sociedad en su conjunto, mujeres y hombres unidos,
deben formar alianzas y establecer asociaciones, donde trabajar para crear un
ambiente más humanitario, propio de sociedades cultas y de pensamiento.
Personalmente, tengo la
convicción de que aún no hemos tomado con la seriedad que se merece esta
pandemia violenta que circunda a las mujeres (y niñas) de todo el mundo. De lo
contrario, desde América Latina hasta los Estados Unidos, desde Asia hasta
África, desde Oriente hasta Occidente, desde Europa hasta Oceanía, habría decrecido
este aire de canibalismo entre géneros y no es así. Indudablemente, mientras
ciertas estructuras sociales de poder y maneras de ser de muchos ciudadanos
continúen justificando la rudeza de ciertos individuos, con la impunidad de sus
abusos, el problema se perpetúa. En consecuencia, ante contextos tan graves
como persistentes, es más urgente que nunca, el compromiso ciudadano de hacerse
por doquier lugar promotores de una cultura que reconozca al ser humano, sea
hombre o mujer, con la dignidad que le compete por el hecho de vivir. Por
consiguiente, ante la impunidad judicial que tolera y no afronta estos actos
horrendos, de violencia extrema hacia las personas más indefensas, entre los
que también está el infanticidio de las niñas o el aborto selectivo basado en
el sexo, lo que no podemos es cruzarnos de brazos. Hay un lenguaje, el del
entusiasmo, que siempre ayuda a buscar aquello que se desea. Y lo que deseamos
todos, al menos los que todavía conservamos un mínimo de humanidad, ha de ser
la paz entre géneros, sino es que estamos también en recesión humana. O sea, en
el caos.
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