Autor: Jose A. Cordoba, colaborador del semanal El Independiente
Me sigue fascinado la capacidad del hombre antiguo para vivir bajo tierra. Si ya empezamos esa fascinación con aquél legendario libro: «El Oro de los Dioses», no deja de sorprender que continuamente se estén encontrando más y más complejos subterráneos, hablo de complejos, pues queda constatado por sus descubridores, que no se tratan de simples galerías, pues estas dan en la mayoría de los casos paso a distintas dependencias donde por símil, podemos imaginarnos que acedemos al pasillo de una vivienda y que este nos lleva a distintas dependencias.
Si bien es cierto, que la mayoría de la civilización moderna ya no contempla
el habitar una cueva, no lo es menos, que inconscientemente nos sentimos
ligados a estos oscuros lugares de nuestro planeta. El último caso que he leído
fue el hallazgo de H. Kush, un complejo subterráneo que supuestamente enlaza
Escocia con Turquía. Un complejo que además de estar horadado en roca, lo hace
bajo el nivel del mar.
Ya hace algunos años vino a mis manos un artículo que hablaba sobre la
existencia de galerías bajo el lecho marino que unían distintas partes del
océano, incluso cabía la posibilidad de que el Pacífico y el Atlántico se
comunicaran. Esto último jamás ha llegado a plantearse. Pero si que se han encontrado
especies submarinas habitando espacios alejados miles de millas de su habitad
natural, y tras un estudio de corrientes y otros fenómenos se ha barajado la
posibilidad de que hayan sido transportados por la succión de estas galerías
submarinas. En el caso del lecho marino podemos atribuir a un fenómeno natural
la existencia de estas galerías, tal cual ocurre con el caso de los cenotes. Se
podría afirmar que en el caso de los complejos terrestres como el de Tayos, el
de Kush, sucede lo mismo.
Pero aún olvidándonos de teorías extraterrestres, queda patente la
diferencia de los complejos antes mencionados con el de Villa Adriana (Italia),
pues las imágenes de la construcción de estos túneles dista mucho de la de
Kush, donde la suavidad de sus paredes nada tiene que ver con lo abrupto de las
galerías de la Villa
Romana. ¿Cómo es posible, si el mundo moderno tenemos a los
romanos como grandes constructores? ¿Como unos habitantes de hace dos mil años
tenían una técnica tan rudimentaria frente a una de hace doce mil años?, ¿qué
falla?
¿Por qué está nuestro planeta hecho un colador? Todos sabemos de la labor
del agua sobre la piedra, o de la lava, pero curiosamente ninguno de estos
fenómenos crea –a primera vista- estructuras organizadas. Podemos llegar incluso
a pensar que estos hallazgos son los restos del efecto del deshielo de la
última glaciación, y puede, solo puede, ser verdad. Pero entonces ¿de dónde
nace ese rescoldo genético que llevamos dentro que nos hace amar
involuntariamente el mundo subterráneo?
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