Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Es
evidente que el mal existe, pero también el bien, como el fuego vive, pero no
sin frotar cuerpos, o el mismo día sin la noche. Todo tiene su punto y su
espacio, su expresión y su silencio, su explosión y también su caída. Por lo
pronto, no hay que acomodarse o dejarse vencer por la primacía de una economía
devoradora de la política o por una política corrompida, devastadora del estado
social. Tenemos que saber discernir lo que nos conviene, utilizar bien los
sentidos, mirar y saber ver más allá de las pasiones de otro tiempo, trabajar
por gestionar menos burocráticamente una cultura al servicio del ser humano. Nada
hay más importante que la persona. Esta es la premisa que debemos tener clara. Lo
subrayo como principio de actuación. Cuesta entender, por consiguiente, que
para una buena parte de los intelectuales de hoy en día, su principal
preocupación sea conseguir dinero, y no reivindiquen la justicia social o la libertad
de creación para la manifestación de sus ideas, ni inventen cosas nuevas para
avivar el entusiasmo por la belleza, que como decía Platón es el esplendor de
la verdad.
Naturalmente, los nuevos tiempos,
tal y como se vienen concibiendo, imponen desigualdades, sobre todo aumentando
la injusticia de castigar más al que menos tiene. Para ello, se genera una
incertidumbre que descapitaliza al más débil, como si fuera el responsable de
todos los males actuales. La falsedad, que por otra parte es tan antigua como
el árbol del paraíso, nos gobierna a jornada completa. No descansa. Y está en
red. Tampoco la verdad mal intencionada, que es la peor falsedad, nos deja
libres de sus zarpazos. Te la puedes encontrar de manera virtual en cada
amanecer. Al final uno ya no sabe si necesita trabajar para vivir, o si
necesita maldecirse para engrandecerse. En el mundo de la contradicción todo es
posible, que las nuevas generaciones vivan peor que las pasadas, que el mercado
despedace el imperio de la ley, o que los ciudadanos se conviertan en
marionetas de unos gestores sin identidad, pero que están ahí, moviendo los
hilos de la subsistencia a su antojo.
Hoy todo esto parece una
película de terror. Porque el mercado es el que instruye, el que adiestra, el
que guía y orienta, el que castiga e increpa, el que corrige y escarmienta, el
que domina y triunfa, el que sugestiona y mangonea. Ante este tipo de tropelías
inhumanas, es menester poner orden con la construcción de nuevas instituciones
con vocación planetaria. No se puede jugar de esta manera con las personas. Lo
que debemos es producir más ilusión con el futuro, tener más sintonía con los
que gritan, congelar cualquier exclusión, e indagar hacia otras opciones más solidarias.
Sí hay alternativas, pero primero hay que desenmascarar y oponerse a lenguajes
necios, porque la necedad es la madre de todos los trastornos. Cuidado con la
multitud de parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento para seguir
a la sombra del poder. Mucha atención también a ver los vicios ajenos y
olvidar los propios. Los desastres de
esta falta de conciencia ya los sufrimos, a través de las tormentosas
relaciones de unos para con otros, puesto que a veces tenemos problemas
internos muy grandes que, la misma gente que nos circunda, no entiende.
El mundo de las contrariedades y
de las contradicciones vuela sobre cada uno de nosotros, con influencias
diversas, casi siempre crecidas de maldad, de juramentos en falso, que nos
conducen a comportamientos absurdos, a divisiones que debemos sanar cuanto
antes. Tenemos que ir al rescate de cada uno. Los ciudadanos no pueden
convertirse en enemigos de sí mismos. Llevamos siglos elaborando maldades que
nos destruyen y nos hunden como especie. Tenemos que decir basta. No es algo
sobrehumano, es cuestión de activar la moralidad como aliento y la verdad como
sustento. El bienestar y la esperanza de los pueblos no podrá llegar de la mano
de la esclavitud, de la inseguridad, lo sabemos, pero hacemos bien poco por
cambiar. Es hora de que los agentes de gobernanza, medien, concilien y
reconcilien vidas perdidas, vidas arrebatadas, vidas comercializadas, vidas
aplastadas en definitiva.
Son muchos los seres humanos que
no han conocido otra vida, más que la del sufrimiento, aunque vivan en lugares
de paz. Sabemos que los desposeídos y los desnutridos han aumentado en los
últimos tiempos, viven con la promesa de una nueva vida, y esperan de nosotros
que ejerzamos como personas, no como bárbaros. Ciertamente, no necesitaríamos
levantar tantas vallas, como la que separa Melilla de Marruecos, si en verdad
borrásemos la cultura discriminatoria que nos invade. Todos los seres merecen
vivir, no pueden ser descartados porque son semejantes a nosotros, merecen una
oportunidad, una única oportunidad, pero la merecen, y máxime cuando son
víctimas de sistemas injustos y excluyentes. Para ello, se necesita menos
caridad y más justicia social, menos palabras y más compromiso social, menos
limosnas y más inversión para los pobres.
Acaso puedo sentirme bien,
permanecer indiferente, decir que soy libre, viendo (o conviviendo) con
personas encadenadas a la pobreza más extrema, al comercio más denigrante. ¿Es
qué no las vemos? ¿O es qué no las queremos ver? El enfoque de la mano tendida
en la lucha contra la pobreza ha de distinguirse por avivar las políticas de
empleo, para que cualquier ciudadano pueda desarrollar su propia vida acorde
con sus aspiraciones. Estoy convencido que el problema de las tremendas
desigualdades será el nuevo cáncer de la civilización moderna. Algo que renace
de un injerto de maldades activadas por sistemas corruptos, e insensibles con
el desempleo o el empleo en precario que no proporciona un nivel de vida digna.
Indudablemente, tenemos que proyectar nuevos caminos donde se impulse el
control de los mercados financieros, donde prevalezca la ética sobre la
economía y el bien social sobre la ideología de la tecnocracia.
A mi juicio, tenemos un capitalismo
gestor sin escrúpulos, que viene ejerciendo un poder como jamás, que ha hecho
de la burocracia el mayor negocio, puesto que lo lleva todo a su beneficio,
haciéndolo además como auténtico depredador de existencias. Desde luego, las políticas monetarias y
financieras no pueden seguir dañando a los más débiles. Los responsables
políticos, sin duda, tienen que ocuparse mucho más por ese bien colectivo y la
cuestión económica debe subordinarse a ese objetivo con criterios éticos. Pongamos impuestos solidarios, medidas de
transparencia en las instituciones políticas y financieras, y establezcamos
unas actividades financieras supeditadas a la creación de un bienestar global,
que todos merecemos por el hecho de ser personas. Hagamos algo por la humanidad
que no sea una mera dádiva. Vayamos a la raíz del problema, que no es otro, que
unos pocos se quedan con lo que es de todos.
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