Autor: José A. Córdoba, colaborador del semanal El Independiente
Son muchos los grandes que de Sanlúcar y su río, pensamientos han plasmado con tinta.
Desde Sevilla, reino de califas, sigue discurriendo tornándose más elegante y coqueto, siéntese orgulloso de que por sus aguas, grandes e importantes navíos han navegado y navegan. Sus aguas han sido agasajadas con oro y plata, especias y sedas. ¿Quién ha vestido a moros y cristianos?, si no han sido más que sus aguas.
Conforme se acerca su encuentro con el mar de Atlante, su ego se transforma en historia y leyenda, es testigo mudo del amor del hombre por sus aguas, por sus riveras, por sus marismas.
No hace mucho para la historia de la Naturaleza, que las gentes lo nombraron río del mundo. Hubo una época no muy lejana que las aguas de su desembocadura concentraron historias y empresas humanas en forma de navíos.
Fue una de estas empresas, sueño de navegantes, las que con el paso del tiempo para lo mortal, encumbró al majestuoso al-wdi al-kadir en faro y guía de la evolución de esa raza que se tiene por humana.
Es aquí donde se junta con el mar, que el río de tartesios, fenicios, romanos, vikingos, árabes y cristianos muestra toda su belleza y esplendor. Es aquí donde nace y muere una romance sin fin, entre el río, el océano, el sol y la luna, siendo testigo privilegiada la villa de Sanlúcar.
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