Autor: Jose A. Cordoba, colaborador del semanal El Independiente
He buscado en las vanidades del mundo, encontrando a mi paso simplemente
vacío. Sin embargo, el día que comencé la lectura del libro que hoy me ha
traído hasta aquí y ante ustedes, empecé a comprender. ¡A comprender!, que debo
de ser más contemplativo. Y sobre todo, que soy siervo de Dios. Dios, ha creado
a los Custodios y a los Guardianes. Hoy se encuentra en esta vuestra casa
“Custodios de la Pastora”
un Caballero. Ustedes Custodios en la observancia y el amor. ¡Yo! Caballero
Guardián, de tantos que tiene Cristo con el frío acero de mi espada en mano.
Ustedes veis en la Cruz
a Jesús en su sufrir, yo veo en la espada la cruz. Símbolo del padecimiento de
mi Señor Jesús. Sea pues, que con causas distintas pero idéntico corazón,
ponemos nuestras vidas a Jesús Crucificado. Hermanos y amigos. Me trae ante
ustedes una de las más nobles causas. Pedir a un padre reconozca a su hijo. Y
dar la oportunidad a un hijo para que ayude a su padre, a completar esa
Trinidad espiritual y personal que lleva buscando a lo largo de su vida. Entre
ustedes se encuentra el hombre y el Padre al que busco.
¡Padre!, un día plantaste un árbol “magnolio si mal no recuerdo” y he de
hacerte saber, que, aunque lo arrancaran tu gesto te consagró con la madre
naturaleza. ¡Padre!, de tu puño salió letras, que formando palabras y estas
frases, silenciaron por temor o pudor. ¡Padre, tenme a mí para que no silencien
más tu cansado corazón! ¡Padre!, no soy hijo de barro que modelaras con tus
manos. No he oído de tus labios palabras de amor, consuelo o dolor, mientras
las yemas de tus dedos me hicieran dando forma. ¡Padre!, en tus manos descanso
este maltrecho corazón, un corazón que no conoce amor de padre. Sea pues, que
éste gesto mío hacia ti, nos una, como une a la tierra las raíces del más
grande y fornido Ciprés. ¡¡Padre!!, te diré desde ahora. Si así tú lo deseas y
exteriorizas. Tú eres a quién busco, querido Rafael ¡el hombre! y Fray
Alejandro de Málaga ¡el monje!...
El sábado pasado una calle de Sanlúcar recibía el nombre de este buen
hombre. Pero Fray Alejandro hay que vivirlo, sentar junto a él y compartir
algunos momentos en tu vida.
Él ha transmitido ese amor por la
Navidad a pequeños y mayores. En sus ojos Jesús volvió a ser
un recién nacido. Con sus manos María dio vida a esas figurillas de barro. Y
como José, supo escuchar a Dios y acatar la bendición Sagrada.
Siempre he dicho que ver una obra de Rafael, no es ver barro, pintura o
tela, es ver la grandeza de Dios convertida en humanidad.
¡Mi Padre, Fray Alejandro de Málaga!
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