Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Hay
que tomar otras vías de diálogo más auténtico, tener otras actitudes más
consensuadas, buscar otros liderazgos que nos saquen de este laberinto; puesto que
hasta ahora, los mismos que corren hasta su misma velocidad los confunde.
Consecuentemente, el que quiera ser líder ha de ser puente entre los gobiernos,
activando la conciencia moral y el espíritu democrático de la Constitución
vigente, a la que por otra parte, las diversas Jefaturas han prometido o jurado,
guardar y hacer guardar esta norma fundamental del Estado. Realmente, cuando
pensábamos que lo teníamos todo atado "y bien atado", resulta que se
produce un ataque al espíritu constitucional, fundamentado en la indisoluble
unidad de la nación española, y se hace desde los propios resortes
democráticos. Ahí está la fractura entre España y Cataluña. La no sintonía de
unos y de otros. Antaño discutíamos sobre la financiación y las competencias de
las Comunidades Autónomas. Hoy lo hacemos sobre el independentismo catalán o
secesionismo, por cierto corriente político-social derivada del nacionalismo,
al que se le ha mimado desde las dos grandes opciones políticas: la del partido
popular y el partido socialista.
Ciertamente, no es posible
constitucionalmente una Cataluña fuera de España. Lo han dejado bien claro, tanto
dirigentes europeístas como observadores internacionales. Dicho esto, pienso
que el gobierno central, en lugar de acrecentar la incertidumbre y asustar,
debería mostrar otras actitudes más positivas, con vistas a propiciar el
consenso, que en otro tiempo dio lugar a los pactos de la Moncloa. La misma
Corona promueve y alienta este modelo de nación, como ha dicho el Rey en su
reciente mensaje de Navidad, que cree en un país libre, justo y unido dentro de
su diversidad. Naturalmente, tenemos que tener un proyecto que nos una y esto
le corresponde propiciarlo al gobierno central. Fomentemos un nuevo pacto
institucional, liderado por el rey o el príncipe, para reformar lo que haya que
reformar, para ver cómo seguir conviviendo entre nacionalidades, para crear
ilusión y activar el empleo. La solución no es rodear de indignados los
emblemáticos edificios donde se encuentra depositada la representación de la
soberanía nacional. Tampoco a estos indignados se les va a parar con una
legislación dura. En todo caso, me parece que no podemos permanecer pasivos
ante la realidad de que nuestros hijos vivan peor que nosotros en un futuro.
Hemos de hacer algo, porque si no seremos una sociedad de fracasados.
Indudablemente, tenemos que
buscar puntos de encuentro. No podemos seguir en la confusión y mucho menos en
el desasosiego, en la inseguridad o en el desconcierto. Hay que actuar. A mi
juicio, desde el aceptación constitucional de tres puntos concretos: la
representación del Estado, para que las instituciones den la solución y no sean
el problema; la cohesión social, que es aquello que no rompa la igualdad; y la
coordinación institucional, para asegurar entre otras cuestiones el apoyo en
materia de asistencia social. Por consiguiente, avivemos las conferencias
sectoriales, las reuniones entre fuerzas sociales y políticos de Estado, entre
agentes sociales y fuerzas vivas, para que podamos proseguir garantizando la
convivencia democrática dentro de la Constitución y así, de este modo, seguir
consolidando un Estado social y de derecho, que promueva el progreso de la
ciencia y la cultura, asegurando a todos una digna calidad de vida, mediante un
orden económico y social justo. Está visto que cuando no se puede lograr lo que
se quiere, lo mejor es cambiar de actitud. Y el Estado, en este sentido, no
puede titubear, o dejarse intimidar por un poder corrupto, los gobernantes han
de responder de manera transparente y contundente, con prontitud, ante
cualquier conducta delictiva. Evidentemente, todo intento de ocultación es un
burla al espíritu democrático.
Sin duda, los dirigentes
políticos deberían ser conscientes de que la recuperación de la confianza pasa
también por el fortalecimiento de nuestras propias instituciones, y para ello,
tiene que estar garantizado el derecho de todos los ciudadanos a acceder a la
información pública, a fin, de que se refuerce la responsabilidad de los
gestores públicos en el ejercicio de sus funciones y en el manejo de los
recursos que son de todos. Por desgracia, la corrupción se ha hecho metodología
en algunos partidos, sindicatos e instituciones. Ante estas situaciones
bochornosas la debilidad de actitud se convierte en debilidad de réplica, con
el consabido efecto negativo a las reglas de juego democráticas aprobadas por
todos. Obviamente, más allá de las reformas legales que pueden ser esenciales,
hay una cuestión de fondo que ha de resolverse, no con la indiferencia o con un
listado de palabras bonitas que no van seguidas de hechos, sino con la
actuación de una eficaz gobernanza que asegure el Estado de derecho. Lo mismo
sucede con la cuestión catalana, hay dos propuestas: una de independencia
total, que encandila a un sector de la población catalana mientras a otro
sector le inquieta, y la otra, a mi juicio más sensata, que por cierto lleva
años el profesor constitucionalista Gregorio Cámara tratando de explicarla en
diversos foros sociales, que sería una reforma federal de la Constitución.
Como es público y notorio, son
muchas las letras y pocas las músicas que nos llevan a un paisaje armónico. Esta
es la verdad. A mi manera de ver, la peor decisión es la indecisión política de
los gobiernos de turno, que han tomado el discurso electoral en lugar del
discurso político, y que además han aceptado el ambiente de una posición de
incertidumbre como si fuese una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de
deshojar. Ya vistas las consecuencias de un proceso soberanista, no se puede
guardar silencio ante un problema político que pone en entredicho la
Constitución de 1978; por tanto pienso, que es el momento del diálogo para
propiciar el pacto. Lo que sucede, es que el actual presidente del Gobierno
carece de guión, y por ende, de entusiasmo para desarrollarlo, por más que
tenga un buen relato que transmitir. Dicho argumento trata de la historia de
una transición ejemplar, donde funcionaron los pactos políticos, y que dieron
lugar a un tiempo de libertad y progreso, gracias a la democratización de todas
las instituciones y a políticos de horizontes y consensos.
Nos toca, pues, hoy asumir la
responsabilidad de un cambio de actitud, donde la habilidad política y
diplomática, nos haga madurar y entendernos democráticamente, mediante el
consenso, el compromiso y la cooperación de todos los gobiernos. Y,
efectivamente, para asegurar este buen ambiente cooperante, aglutinador y
universalista a la vez, creemos que la transparencia es absolutamente
necesaria, porque siempre beneficia a todas la partes. Lógicamente, el consenso
entre los dirigentes ha de convertirse en un lugar de encuentro, o si quieren
en un lugar común o lema del sistema político español como así lo fue en la
transición española.
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