Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Cuando
el amor nos nace, la savia se embellece
en
la poesía que se crea y en la luz que nos recrea,
en
el verso que llamea y en el sol que nos cobija,
en
la voz que nos vive y en el cielo que nos llama.
La
proximidad hace que los muros y las distancias
se
desplomen, que las murallas se desmoronen,
y
que los horizontes se abran como amapolas
a
la ternura de quien quiera compartir con nosotros.
Andamos
necesitados de amor a pesar del trajín
con
el que nos vemos y movemos de acá para allá,
deberíamos
ver el sentido profundo de lo que soy,
y
disponernos a vivir con pasión el deseo de amar.
Aprender
a amar es aprender a quererse y a querer.
Para
incorporarse a este itinerario de entusiasmo,
hay
que dejarse absorber por el impulso del alma,
visionar
con otros ojos, sentir que nos donamos.
Porque
el amor es un apetito incesante y creciente,
dejémonos
cautivar por un corazón que sienta,
y que
abrigue el anhelo de tú no morirás jamás.
Olvidémonos
de las palabras que nada cuestan.
Efectivamente,
el amor ha de motivarnos a no ser,
para
ser en los demás el aire que anima y reanima,
un
motivo sublime que se nos brinda para florecer
y
llegar a ser algo en sí mismo, para volverse vida.
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