Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Reconozco
mi pasión por explorar los caminos y los entornos. Confesaré que
nada me inspira más fascinación que un viandante leyendo el
pensamiento de la gente que le rodea. La misma calle, que es de
nadie y de todos, también es un abecedario de sensaciones. A
propósito, diré, que me ensimisma ver a los músicos callejeros,
capaces de ennoblecer el corazón de los caminantes. Ellos nos
recuerdan tantas historias, en un delicioso peregrinaje por el
tiempo, que bien vale la pena, pararse y escuchar lo que nos dicen a
través del arte, de sus habilidades que viven a corazón abierto,
invitándonos muchas veces a recuperar los valores que podemos estar
perdiendo. Asimismo, me hacen reflexionar los muchos pregoneros que
nos llaman la atención, con su carromato de sueños. Igualmente, me
emocionan los diversos artistas del asfalto que hacen sus funciones
en un paisaje de puertas abiertas para ganarse muchas veces nada más
que una sonrisa y otras también la indiferencia. ¡Bravo por ellos!;
que a pesar de la frialdad que pueden recibir, siempre están
dispuestos a mostrar el arte (o la pasión) que llevan dentro.
Ciertamente,
tenemos que confiar más en el ser humano y rescatarlo de tantos
abusos de sus derechos. Para empezar, es de justicia estar dispuesto
a reparar el daño. Todos nos merecemos un horizonte con las
garantías necesarias para poder desarrollarnos en un ambiente de
libertad. Ahí están los migrantes, muchas veces sin derecho alguno,
tratados como si fueran personas sin alma. Lo mismo sucede con los
excluidos, apenas cuentan en los circuitos económicos. Debería
avivarse una cultura de paz, como sustento de la convivencia entre
los seres humanos. Todos tenemos una capacidad creativa, es algo
innato, y esta facultad natural unida a unos principios éticos, nos
encamina a un espacio de respeto y consideración hacia el semejante,
como pauta de acción, como forma de vida, como manera de ser. Por
tanto, estimo que es bueno para la humanidad dejarse explorar en
común, buscar juntos la manera de aprender a emprender caminos que
nos humanicen. No puede haber paz en nuestra vida si somos
conscientes de que cada día mueren millones de personas en el más
absurdo desamparo. Hemos de propiciar, inevitablemente, la donación
de darse, el abrazo de abrazarse, el esfuerzo en compartir, el vivir
desviviéndose por el semejante en definitiva.
En
cualquier caso, tenemos que conservar la esperanza de que es posible
el diálogo. Ya sea con arte como lo hacen esas personas que nos
quieren llamar la atención y, para ello, reflejan un pensamiento a
través de sus destrezas; ya sea con palabras, que también es otro
arte; ya sea con los silencios, que de igual forma nos ayudan a
recapacitar. Todos, en el fondo, tenemos alguna idea, que no son
pinturas mudas, sino una posible acción o reacción de algo o hacia
algo. De lo contrario, entraríamos en la desesperación y no tendría
sentido vivir. Por eso, si tan importante es promover la paz como
acción colectiva e individual, de igual modo, también es
fundamental saber convivir con los conflictos y proponer soluciones
creativas y pacíficas a los mismos. Ponía el ejemplo de los
artistas callejeros, que a pesar de las dificultades que pueden estar
atravesando, son capaces de impulsarnos un pensamiento solidario a su
creatividad. Indudablemente, estamos condenados a cooperar unos con
otros a través de un saber transformador, que no puede ser egoísta,
sino todo lo contrario, humanitario. Realmente lo relevante no está
en "ser buenos y llevarnos bien", algo sin duda deseable,
sino en aceptar la existencia de la diversidad, y desde este
pluralismo, reconocernos creadores en el arte de convivir, con el
crecimiento de la persona. A poco que ahondemos en nuestros
interiores, descubriremos la sensibilidad que nos embellece y
entusiasma en beneficio de toda la humanidad. Obviamente, siempre
vamos a necesitar resurgir en esa nueva dimensión de la verdad y del
bien. Al fin y al cabo, todo está en ese espíritu creador, en esa
inspiración artística, que ha de provocar el asombro de lo que
somos y de lo que podemos llegar a ser.
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