Autor: José Antonio Cordoba, colaborador del semanal El Independiente
Desterrado me hayo, mis
gentes y amigos me tratan de cobarde y traidor, por no tomar espada,
escudo y lanza para ir a la guerra, cuando mi pluma habrá de contar
lo que muchos no podrán.
Cinco lunas llevamos
atemorizados, solo los ancianos y los niños se refugian en cuevas,
el resto hombres y mujeres se prestan para la batalla, ellos en el
campo, las mujeres en las murallas. Jamás vi tanto pánico entre mis
conciudadanos.
Lo que un día fuera un
leve rumor, como el de una ola en la lejanía, hoy se hace
ensordecedor, tal cual ola rompe contra el acantilado.
En mis viajes por
Europa escuché relatos de un pueblo del océano Atlántico, donde su
gran cultura rivalizaba con sus ansias de guerrear. En su afán
pretencioso de expansión se pasean por Europa y Asia. Son estos
mismos los que hoy pretenden mí querida Atenas y por más a los
griegos.
En mí desterrar he
venido a buscar lugar donde como buen observador contemplar la gesta
que de buen seguro se contará de padres a hijos durante muchas
generaciones. Hoy aquí se enfrentan dos grandes culturas, dos
gigantes de la guerra. Solo los dioses habrán de saber del desenlace
de este guerrear. Desde aquí hasta donde el sol se esconde y la
vista alcanza, una macha entre oro y vivos colores ocupa gran parte
de la llanura. Mirando hacia donde nace la vida cada mañana, los
griegos inundan la llanura más allá de lo que mis cansados ojos
alcanzan a ver. No hay oro ni vivos colores, apenas retazos de un
pincel falto de pelos deja un leve colorido en este lienzo sombrío,
de los estandartes de los señores de la guerra, solo superado por el
brillo de las puntas de lanza, que al reflejar los tenues rayos del
sol naciente, ya parecieran estar manchadas de sangre.
Semanas hace la llanura
que se abre frente a mi estaba de verde pasto, hoy solo cadáveres de
hombres y bestias asoman de una tierra que diera el verde por el rojo
de la sangre. Hoy se presiente el desenlace final, de griegos solo
quedan los atenienses, los otros griegos entre miedos, cansancio y
muerte han desaparecido.
Hoy, ni las aves de
rapiña que hasta ayer sobrevolaban el campo de batalla se atreven a
venir. Los hombres de ambos bandos avanzan con el solo ruido de sus
escudos, armaduras, armas y pasos. No sé, si es por cansancio o es
que los dioses han abandonado a su suerte a estos mortales.
Aquellos que vienen del
océano Atlántico superan con creces a mis amigos y vecinos, pero
eso no les ha hecho perder el paso, estoy seguro que hoy se decide la
suerte de mi Atenas y la libertad de los pueblos del Mediterráneo.
Seremos libres o esclavos de por vida.
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