Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Me
gusta ver espigar el sol al romper el alba, despertarme y descubrir
que nace para todos por igual, sin distinción de género, ni
horizonte. No es preciso subordinarse a nadie, tampoco a nada, para
disfrutar de su armónico amanecer. Este goce natural ha pervivido en
el tiempo hasta que el ser humano dejó de sentir la poesía como
pulso de su vida. La desigualdad ha sido una creación humana, un
negocio interesado para propiciar discordias, un signo de opulencia
que genera egoísmo y rompe la armonía. A raíz de este absurdo
acaparamiento, o apropiación indebida, ya no todos tenemos las
mismas posibilidades. Realmente tampoco transitamos del derecho a los
hechos. La realidad nos revela, que esta igualdad de buenas
intenciones entre mujeres y hombres no pasa del papel a la práctica.
Para respetar este nativo orden, es necesario oponerse a tantas
falsas concepciones que impiden actuaciones conjuntas y básicas como
es el bien común de la persona con las características
complementarias, jamás excluyentes, de lo que es femenino y
masculino.
En
consecuencia, pienso que es hora de afrontar multitud de
discriminaciones que habitan en el mundo. Este mes de marzo,
coincidiendo con el día internacional de la mujer (día 8), puede
ser un buen momento para reflexionar sobre los avances y los
retrocesos, y también para trazar nuevos objetivos, máxime en un
momento en que se está elaborando una nueva agenda mundial para el
desarrollo sostenible después de 2015. Por eso, ya me gustaría
que, en todo el planeta, ese sol que nace para todos, fuese verdadero
agente de cambio social. Mujeres y hombres están llamados a
coordinarse, a trabajar unidos, lejos de cualquier sueño, bajo el
deber de complementar talentos en la mejora de una sociedad más
hermanada humanamente. Algo que, evidentemente, requiere una gran
sensibilidad para poder armonizar el acercamiento entre unos y otros,
la cordialidad entre familias, para asegurar que todo ser humano
pueda vivir libre de la violencia en cualquier lugar, recibir igual
remuneración por trabajo semejante, tener voz en todas las tribunas
y en todas las agendas de poder. En definitiva, tenemos que
normalizar lo que se ha desnaturalizado.
Ciertamente,
debemos asegurarnos de que el género no es motivo de discordia entre
los ciudadanos de este mundo. Todos poseemos derecho a participar de
ese sol de justicia y, de hacer justicia, donde no exista. Una
sociedad del conocimiento como la presente no puede dejar de resolver
que mujeres y hombres, ambos por igual, están llamados a construir
un mundo más habitable, y lo será, en la medida que se avive la
armonía entre sus moradores. En ese amanecer diario precisamos
ocuparnos más de lo naciente. Si nuestro cuerpo y nuestro espíritu
no caminan ensamblados, difícilmente vamos a tener días de sol. Lo
mismo sucede entre las personas, precisamos que nos dejen ser
nosotros mismos para percibir los movimientos naturales y, de este
modo, experimentar un respeto natural por la diversidad desde la
concordia.
A
mi juicio, este propósito tiene una importancia capital a través de
la educación y la cultura, dos ventanas que forman y conforman el
punto de inicio y el inevitable nexo de partida desde el que se puede
comenzar verdaderamente el cambio para construir un mundo más de
seres humanos, sin divergencias absurdas, sabiendo que toda
discriminación es una forma dominadora contraria a la misma
naturaleza de la que formamos parte. Sin lugar a dudas no existe una
fuerza más poderosa, que la unión de hombres y mujeres trabajando,
con claridad de mente y rectitud de hábitos, por horizontes comunes
que dignifiquen al ser humano como tal, mejorando su convivencia
cívica y estableciendo el fin de toda violencia.
Es
verdad que todos los años, por esta fechas, solemos repetir una y
mil veces: el NO a la violencia doméstica y los abusos, a las
violaciones, a la trata de seres humanos, a la mutilación genital
femenina, al matrimonio infantil, al feminicidio en general; y,
aunque esto ha contribuido a mejorar el respeto entre las mujeres y
los hombres, aún queda mucha tarea por enmendar y corregir.
Objetivamente, asumo que el cambio es posible en la medida en que el
compromiso sea real y la impunidad deje de existir ante este tipo de
atropellos. Por desgracia, son muchas las mujeres que hoy viven con
miedo. Y, lo peor, es que siguen sin ver un rayo de luz en su camino.
En
todo caso, a pesar de las penumbras discriminatorias, los seres
humanos, abandonando cualquier forma de intolerancia y aislamiento,
estamos llamados a hacer extensiva la conciliación de género en el
planeta. En este sentido no sólo tenemos que reflexionar sobre la
convivencia de mujeres y hombres en igualdad, también hemos de
celebrar la valentía de muchas mujeres en la lucha permanente.
Gracias a su coraje, sabemos que en los países en los que hay más
igualdad de género también se percibe un mayor crecimiento
económico. Según Naciones Unidas está comprobado que las empresas
que cuentan con más líderes mujeres logran mayores rendimientos.
Asimismo, los acuerdos de paz que incluyen a las mujeres además son
más duraderos. Estas situaciones lo único que hacen es acentuar la
esencialidad del avance de género para asegurar el bienestar de
todas las sociedades del planeta.
Considero,
pues, como conclusión, que todos los gobiernos del mundo, si en
verdad desean que el sol amanezca para todos por igual, deberían
reconsiderar las diversas discriminaciones basadas en el género,
como puede ser la violencia contra las mujeres y las niñas, un
fenómeno universal que está teniendo enormes costos para las
sociedades; igualmente la igualdad de oportunidades, recursos y
responsabilidades; además de asegurar que las mujeres tengan voz en
los espacios de toma de decisiones.
Sin
embargo, no todo está perdido. Hay motivos para la esperanza. Por
ejemplo, que entrase en vigor el Tratado Internacional sobre los
derechos de los trabajadores domésticos, - muchos de los cuales son
mujeres-, los mismos derechos laborales básicos que los demás
trabajadores. O que las mujeres logren una cifra sin precedentes del
63,8% de los escaños parlamentarios en Rwanda (cámara baja) -
un salto de casi un 8 por ciento desde sus últimas elecciones,
siendo el único parlamento en el mundo con una mayoría de mujeres.
O que se adopte una Resolución sobre el fortalecimiento del papel de
las mujeres en la prevención y la recuperación de conflictos. O que
una mujer como Malala Yousafzai, reciba el premio de Derechos
Humanos, por su esfuerzo al derecho a la educación de Pakistán.
Por
suerte, hay muchas más pruebas, pero es suficientemente
esclarecedor, sobre todo para dejar de manifiesto que es necesario
continuar prestando especial atención a las cuestiones relativas al
género, puesto que aún es mucho lo que queda por hacer.
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