miércoles, 28 de mayo de 2014

26 de Agosto (1ª parte)

Autor: Jose Antonio Cordoba, colaborador del semanal El Independiente

Cuantas historias de amor que no se habrán protagonizado en nuestras playas de mar ribereñas. Hoy traigo una que bien pudo suceder allá en los albores de la Circunnavegación o en la actualidad.

Esta historia nace sin principio, en las playas de Sanlúcar, famosas en la época por el trasiego de armas, mercancías y personas, había trascendido los rincones del reino de Castilla. A estas costas llegaban hombres de todas las condiciones para embarcar hacia lo que es destino les quisiera deparar, como así venía sucediendo.

Una figura, a medio vestir, o de prendas ligeras se movía entre el gentío de la villa de Sanlúcar, donde su actitud cabizbaja pasaba desapercibida para con los que se lo cruzaban, excepto para las damas de la calle, de enaguas tan ligeras como la vestimenta de nuestro hombre. Él, no es nadie, nada esconde y de nada huye, bueno quizás de él mismo y de su suerte que no es poco.

Visita tabernas y algunos antros donde poder tomar referencias para embarcar en alguno de los galeones que se daban cita frente a las costas de la villa, casi saturando las aguas del rio. A la salida de una de las tabernas citas en la parte alta de la villa, nuestro cabizbajo hombre se tropieza con alguien, debido a su rudo porte el arrollado fue desplazado varios metros y rodado por el suelo. Sin inmutarse, continuaba sus pasos cuando una voz le increpó de la forma que detuvo sus pasos. De espaldas hacia dónde venían los gritos, buscaba entre el fardo de ropa que llevaba al hombro, al sentir el pomo de su espada, dio unos pasos que le permitían a la vez de girar, reconocer su entorno. Pero ante su sorpresa, se abalanzaba sobre él una figura que en las manos portaba por arma unas hogazas de pan, sin tiempo a reaccionar, ella se le había echado encima. Soldado, él que había estado a sus cuarenta lagos años en tantas confrontaciones, se vía sorprendido, su guardia había sido rebasada por una mujer con pan en las manos. Es más, con una mano sosteniendo el fardo de ropa y la otra sosteniendo la espada medio desenvainada, se vio en una situación comprometida, más por ver que a su alrededor todo seguía su marcha, como si no estuvieran allí a la vez que el resto de las gentes. En su posición y ante la embestida de la mujer, que aún de porte más bajo que el suyo, le obligo a desplazar una pierna hacia atrás para no ir a parar al suelo, que de buen seguro ambos acabarían sobre el excremento de algún animal o las aguas sucias.

En el movimiento de deshacerse de su especial contendiente, dejó ver el brillo de su espada, y aunque fue un segundo, ella lo percibió, su semblante se cambió y aunque su voz si no tan alta como al principio, su lengua no dejaba de increparlo de todas las formas conocidas y algunas que le eran desconocidas. Ella, estiró sus ropas y subió el escote de su pecho algo más de lo habitual, a la vez que le lanzaba una mirada entre amenazadora y coqueta. Él seguía en medio de la calle, contemplándola como recogía en un saco las hogazas de pan que habían salido de este al caer al suelo. El empuje de un caballo al frente de un carro le hizo salir de su absorto pensamiento y dar unos pasos hacia atrás para que pasara el carro. Cuando bestia y carro pasaron, la calle donde antes había estado aquella singular mujer se encontraba vacía, con la mirada del soldado que, estiba cada palmo de terreno en busca de una señal de alerta, la buscaba, pero nada hacía indicar en cual casa se había introducido o sobre qué calle había encaminado sus pasos. Tras unos minutos, agachó su cabeza y continuó su caminar, esta vez hacia una casa de cargadores, hacia la desembocadura del rio, donde le darían razón de su posible embarque.

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