Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Tenemos
muchos deberes por hacer mientras danzamos por los espacios del
camino. Para empezar son inaceptables tantas pérdidas de vidas. Las
muertes de migrantes en el mar o en la tierra son de una crueldad
tremenda. La migración que debería ser una ventana a la esperanza,
se convierte en una travesía a los infiernos. Para ellos, los
derechos humanos no existen nada más que en el papel. Sabemos que
la cifra de desplazados en el mundo superó los 33,3 millones de
personas el año pasado, según datos recientes de la Agencia de la
ONU para los Refugiados, lo que representa un incremento de 4,5
millones respecto del año anterior. Desde luego, la movilidad humana
es algo innato con la especie, de ahí la importancia de aceptar lo
que es una hecho inevitable y, en consecuencia, haríamos bien en
hacer del planeta un verdadero hogar global para todos. Aparte, sería
bueno considerar a la especie como una familia de vidas en
movimiento, avivando esta aceptación, con la destrucción de tantas
fronteras inútiles.
Otra
de las obligaciones pendientes en este majestuoso orbe, donde todo
parece efímero y no lo es, sobre todo si lo viéramos en su conjunto
como especie, parte de una necesidad de abordar la violencia por
razones de género en las instituciones educativas, priorizando una
educación inclusiva, sustentada en el respeto a la diversidad
cultural. El poder que tiene la educación para transformar la vida
de las personas resulta alentador, principalmente para promover
sociedades sanas, pensantes, y, así, poder alejarnos de esta
mediocridad que nos circunda como borregos. Por desgracia para toda
la humanidad, nos consta que, en estos momentos, el progreso general
en la consecución de la educación para todos se está estancando.
Millones de vidas humanas ven sus derechos incumplidos, mientras los
moradores del mundo permanecen impasibles en la lucha contra tantas
desigualdades injustas, la de la enseñanza también. Resultaría
fácil acabar con la crisis del aprendizaje, si todos los países,
ricos y pobres, velaran para que todos los niños puedan tener acceso
a un docente bien capacitado y mejor motivado.
Luego
está también el problema del deterioro ambiental. Continúa la
pérdida de biodiversidad. La desertificación avanza a pasos
agigantados cobrándose cada vez más tierras fértiles, en tanto que
la contaminación del aire, el agua y los mares, siguen privando a
millones de seres humanos de una vida digna. Ciertamente, somos una
generación de irresponsables, con mucha palabrería y pocas
franquezas. Ahora sabemos que la mina accidentada en Turquía
empleaba a menores y, además, exigía extenuantes jornadas de
trabajo. Pura esclavitud. Las consecuencias de este trágico
incidente han de tener repercusiones en sus dirigentes. De lo
contrario, los pobres del mundo seguirán perdiendo la expectativa en
sus representantes que no hacen más que promesas vanas.
Indudablemente, este tipo de actitudes son nefatas para los sistemas
democráticos. Cuando se pierde la confianza en las instituciones
corremos el riesgo de ir todos a la deriva, incluido el propio mundo
altanero, rico y derrochador, insensible con el resto de los humanos.
Pienso,
por tanto, que ha llegado el momento de tomar conciencia de estas
situaciones y de dar solución a tantos compromisos quebrantados.
Siempre resulta saludable recapacitar, hacer una pausa sobre el acoso
de la mundanidad, meditar sobre tantos desórdenes, reflexionar
serenamente cuando menos para poder despertar y levantarse. Dicho lo
cual, se me ocurre evocar el mensaje de Buda, ya que estamos en el
mes de mayo, celebrado hace apenas unos días: el Vesak (13 de mayo),
uno de los momentos más sagrados para millones de budistas de todo
el mundo. Un tiempo esencialmente propicio para abrir el corazón y
abrazarse a todos los miembros de la familia humana, fundamentalmente
a los más necesitados. Estoy seguro que estas enseñanzas
intemporales nos pueden servir a todos, ante la necesidad de líderes
de acción y de verdad, y no de palabras vacías, al menos como
referente para trabajar colectivamente por un planeta más
humanizado. Esto significa que debemos construir nuestra misma
existencia sobre la roca del amor; porque realmente es ese AMOR (con
mayúsculas) la única cima que puede darnos seguridad y aliento para
ir adelante en la vida.
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