Rafael Pericache, colaborador del semanal El Independiente
Hace muchos, muchos años
en el tiempo y en el recuerdo parece que fue ayer, había un pequeño
que soñaba ser marinero, pero marinero pescador.
Vivía en el campo cerca
de la ciudad a unos cien metros, rodeado de navazos, de familia de
pescadores y rederos. El niño que a los cuatro o cinco años, aparte
de que cuando estaba malito y tenia que ponerse algunas inyecciones,
sacaba a su madre de paseo por todos los navazos del pago fallón
desde el monte barbita hasta el cerro del carbonero y de vuelta
hasta la choza de maría mijita, pues le gustaba el oficio de su
abuelo que era patrón de un pesquero de arrastre
Después de pasar por
varias migas, conchita, doña maría, y algunas más, en el año
1958 entro en el colegio del Pérez en el pago fallón cuando aun
tenía muy pocos niños escolarizados. El niño vivía cerca
de san Rafael que era el colegio, en villa Elvira, junto a
villa rosita, y villa Carmen que era la casa de madrina, como
nosotros la llamábamos, ella se llamaba filomena, justo entre
villa rosita y madrina había un callejón que nos llevaba
hasta el colegio pasando por la casa del polea, antoñin, pina, y
algunas mas, cuando salíamos del colegio tardábamos mucho
tiempo en llegar a casa pues nos distraíamos en comer
morcillita de los bardos (la morcillita es la raíz de las
pitas que rodeaban los navazos), cuando florecían las malvas pues
nos comíamos las bobitas que es el fruto que da esa planta,
cuando se recolectaban las coliflores también entrabamos en
los navazos para coger los tronchos que quedaban en la tierra
con la raíz, lo golpeábamos contra una piedra y también nos
comíamos su interior, había un poco de necesidad en las
familias, llegaba a su casa dejaba la maleta con los cuadernos
cogía la merienda que era pan con aceite y azúcar, y ya se
perdía, se escapaba de su casa para ir donde le gustaba estar,
rodeados de cosas de la mar, la madre cuando lo echaba de menos no
dudaba donde buscar, entre barcos y redes, donde sino en bajo de
guía.
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