la
pasaban de una choza a otra, las dos más grandes de las que formaban
el poblado. Rodrigo, no pudo creer lo que veía, ¡Samanta, estaba
viva¡, quiso salir pero sus hombres lo retuvieron, pidiendo no
echara todo a perder, pronto caería la noche y el poblado sería de
ellos. Rodrigo se calmó y cambió el plan de ataque, ahora la
prioridad era tomar las dos chozas grandes, poner a salvo a Samanta y
comprobar si habría mas supervivientes, para terminar arrasando el
poblado.
Muy
a pesar suyo, Rodrigo tuvo que dejar aquella posición, volver al
campamento y prepararse para el combate. De las mulas bajaron cada
uno un fardo y lo desliaron, dentro cada uno llevaba un habito negro
con la cruz roja que cogía todo el pecho. Rodrigo ordenó vistieran
el hábito y con carbón de la hoguera oscurecer rostro y pelo,
guardaron todo y se pusieron en marcha.
Entre
las sombras de las selvas y amparados en la oscuridad de la noche,
unas siluetas parecían volar en torno al poblado, poco a poco los
centinelas indígenas fueron eliminados en el mayor de los silencios.
De pronto alrededor del claro y tras las chozas, aparecieron fugaces
haces de fuego que fueron impactando sobre el techo de las mismas. Al
instante un fogonazo de arcabuz, sembró el pánico en la poblado, el
ruido y el fuego invadió de confusión a los indios. Mientras los
once hombres habían tomado a la par las dos chozas, eliminando con
espada y daga, cuantos indios les salían al paso. Al fondo de las
chozas encontraron los templarios jaulas, en la que había entrado
Rodrigo, encontró a Samanta y varias mujeres. De un tajo desmotó la
puerta y fue sacando una a una a las mujeres mientras sus hombres
formaban escudo en torno a ellas, por último se acercó a Samanta y
le tendió la mano, ella agazapada por toda la confusión y gritos no
atinó a ver quien le tendía la mano, entonces Rodrigo se agachó
delante de ella y la llamo por su nombre, un frío la recorrió
entera, debía de ser locura, -¿Rodrigo allí?, imposible-, ante la
actitud de Samanta, Rodrigo la abrazó y la incorporó, ese contacto,
ese olor inconfundible,ella reaccionó y entre lágrimas se abrazó a
él como si la vida le fuera en ello.
A
salir de la cabaña, entre la confusión, sus hombres se batían
contra los indios. Se soltó de Samanta, la miró a la cara y le dijo
que debía reponerse y proteger al resto de supervivientes -ella
había aprendido algunas técnicas de combate, lo tuvo a él como
maestro- le entregó una espada y dejándolas a la espalda de la
choza volvió con sus hombres y se batieron como solo ellos sabían,
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