jueves, 11 de septiembre de 2014

La casa maestra

Autor: José Antonio Cordoba


Los hombres se acercaron hasta ella, formaron en frente, esta habría de albergar el legado del último Gran Maestre de la Orden del Temple, Jacques de Molay. Tras rezar por su alma, como por la del resto de hermanos fallecidos, uno de los hombres portando la espada del Maestre, de Molay, la incrustó -cual rosa plantara- sobre la oquedad que la mantendría clavada para la posteridad, como la Cruz de Nuestro Señor Jesús, quedó en el Monte del Calvario. Acto seguido, Rodrigo ayudado por otro de sus hombres, desliaron el manuscrito y lo depositaron en un atril de piedra bajo el manto blanco. Todos los hombres fueron por delante de cada hornacina y en plegaria recogidos fueron tocando levemente el manto de cada maestre y, con la misma, apagaron las velas y salieron de la bóveda. Rodrigo fue el último, allí en la soledad y frente a la riqueza allí expuesta, un frío le recorrió toda la espalda. Ese lugar juro vengar o morir en el empeño, a cada uno los habitantes de la poblado muertos a manos de los indios, entre ellos su amada Samanta, apagó la vela y se marchó.
Una vez reunidos nuevamente a orillas del río, salieron del cañón y buscaron las huellas de su presa. A las dos horas recuperaron el rastro y como almas que las lleva el diablo, avanzaban por la selva, por sus claros, valles y montañas.
Dos meses les costó a aquellos hombres alcanzar el poblado de los indios. Una noche cuando se disponían a prepararse para pasar la noche, el observador del grupo regresó a ellos diciéndoles que el poblado se encontraba a una hora. Dos hombres custodiaron las mulas mientras el resto, incluido Rodrigo, seguían al observador. La claridad delataba la presencia humana en la espesura de la selva. El recodo de un río ofrecía un claro entre la espesura y, allí justo estaba el asentamiento. Unas veinte cabañas, de las cuales dos eran de mayor dimensión que las restantes. Rodrigó ordenó vigilar la poblado, esa noche descansarían y a la noche siguiente demostrarían a esos salvajes su furia, esa noche no rezaron, decidieron dejar a Dios fuera de aquella batalla.

Al día siguiente consiguieron saber el número de guerreros a los que deberían de hacer frente. Como no podía ser de otra manera, su estrella como templarios era la de luchar siempre en clara desventaja, en esta ocasión tocaban a cinco por cabeza y entre ellos mismo reían, pues ya alguno le restaba cabezas a otro. Rodrigo, los llamó al orden, reunidos en el puesto de observación que tenían establecido junto a la poblado, comenzó a explicar como atacarían, en esto estaban cuando escucharon unos gritos y se asomaron,pudiendo ver como una mujer blanca era llevada a volandas por dos indios,(...)

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