Autor: Víctor Corcoba Herrero
Frente
a una alta y acomodada sociedad cohabitan barrios marginales, casi
siempre en la periferia, abandonados a cualquier progreso y, lo que
es peor, despojados de la decencia que todo ser humano se merece, por
el hecho mismo de existir. Son víctimas de tantas injusticias, que
la vida les ha marcado con grandes sacrificios, pero aún así suelen
caminar con un semblante luchador, con la entereza de sufrir los
rigores de tantas opresiones, porque saben que la verdadera desgracia
es cometer la inhumanidad de sentirse nadie. Son capaces de resistir
el cansancio y el dolor y de esperar en medio de la adversidad, una
mano justa que sintonice con las voces de los suburbios, para la
construcción de una nueva sociedad fundada en el auténtico amor, la
solidaridad y la equidad. Desde luego, hay que alejarse de la
indiferencia, y dar a estas sufrientes gentes la posibilidad de una
vida digna que permita la conveniente educación integral de sus
hijos y el necesario avance en su salud, en sus métodos de trabajo y
de comercialización, estableciendo algo tan básico como precios
ecuánimes en sus productos.
El
reto de los nuevos tiempos exige que el mensaje solidario cale en el
corazón de todo ser humano y en las estructuras de la vida social.
Por eso, me parece sumamente acertado que el Día Mundial del
Hábitat, que se observa anualmente el primer lunes de octubre, en
virtud de una resolución adoptada por la Asamblea General de
Naciones Unidas en 1985, este año 2014, eligiera el tema: "Voces
de los suburbios", para reconocer la vida en los barrios
marginales, dar voz a los habitantes de los tugurios, con el fin de
mejorar la calidad de las condiciones de vida en ellos mediante la
concienciación. Unos y otros tenemos mucho que compartir. Las
miserias humanas no cesan. Si son muchos los que viven en condiciones
indignas de la persona humana, privados de los derechos humanos y de
las necesidades básicas como la alimentación, la falta de trabajo
decente, el agua y las condiciones de higiene, la salud o la misma
posibilidad de crecimiento cultural, también es otra miseria la no
menos preocupante pobreza moral, que consiste en convertirse en
esclavo del vicio y lo material. Ciertamente, la vida en los barrios
marginales es tremenda, pero igualmente espantosa es la de otros
barrios en los que el poder, el lujo y el dinero se convierten en
dioses. De ahí, la importancia de colaborar unidos todas las
culturas y de cooperar en el destierro de tantos abusos, o de tantos
endiosamientos, puesto que ninguno es autosuficiente por mucha
riqueza que atesore.
Indudablemente,
a medida que la proporción de la humanidad que vive en el medio
urbano crece, también es preciso reforzar su integración. Unas
ciudades mal planificadas se vuelven insostenibles y sus moradores no
acaban de sentirse asentados, repercutiendo en una proliferación
desbordada de marginalidad como jamás se ha conocido. En cualquier
caso, tanto en las zonas urbanas como en las zonas rurales, se debe
trabajar por servicios sociales que promuevan la igualdad de sus
ciudadanos. Como especie, iremos a la bancarrota, sino aseguramos los
derechos fundamentales de los habitantes de los barrios marginales,
impidiendo que se intensifique su exclusión política, económica y
social. En este sentido, es preciso contraponerse a los intereses
económicos interesados y a la lógica poderosa de unos pocos, que
excluyen para su negocio, causando fuertes disgregaciones sociales,
mediante privilegios para algunos e injusticias para otros. Los seres
humanos no somos islas, somos comunidad; y, en toda colectividad, las
personas de todos los distritos se merecen la misma dignidad humana.
Qué menos. Al parecer, para desgracia nuestra, la honestidad e
integridad de la vida no está prevista en el plan de globalización,
con la consabida indignación moral que nos circunda. Sálvese el que
pueda.
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