Autor: José Antonio Córdoba
Lunes
9 de octubre, corre el año de 1307, lo que fueran rumores, ahora se
han convertido en información contrastada, y los correos secretos de
la Orden se ponen en marcha. Felipe IV de Francia, tiene la intención
de atacar los pilares de la Orden del Temple en el país, con el
consentimiento del Vaticano.
Miércoles
11 de octubre, unas diez de carretas parten de tres emplazamientos
templarios distintos hacia el puerto atlántico de La Rochelle,
carecen de escolta militar, aunque en la distancia, las tres
caravanas son seguidas por observadores de las respectivas escoltas
que custodian cada grupo de carretas, marchando por rutas no
transitadas para evitar ser localizados por hombres del rey o del
Papa.
Jueves
12 de octubre, al amanecer La Rochelle se convierte en plaza militar
templaria. La villa es cerrada y los templarios residente en su
interior pasan por la espada a los hombres rey y del propio Papa, ya
sean soldados o espías. Cuando el sol está en lo más alto, una
columna de diez carretas y más de 400 caballeros del temple llegan a
la puerta de La Rochelle. Nunca antes se habían visto tantos
templarios juntos en una villa europea; y tristemente sería la
última.
La
columna de carretas se dirigen directamente al puerto donde hombres,
bestias y el cargamento de las mismas habrían de ser embarcados en
los navíos fondeados. Los caballeros se repartieron, un grupo
numeroso tomó posiciones en los alrededores de la villa, el resto
tomó posición en las murallas para repeler un posible asalto.
Lo
que todos desconocían, excepto un círculo muy estrecho de
caballeros templarios, es que el Gran Maestre había cabalgado desde
París y se hallaba a bordo de un de los navíos que se encontraban
aparejados para salir con la primera marea favorable.
La
imagen de la bocana de este puerto era maravillosa, allí donde
dirigieras la vista podías contemplar navíos fondeados y como un
sinfín de embarcaciones menores estaban en continuo movimiento,
desde el puerto a los navíos y viceversa.
Entre
el jueves tarde y la noche del viernes 13, La Rochelle quedó en el
más absoluto de los abandonos, en lo que a templarios se refiere. Ni
una sola capa blanca o la cruz que los caracterizaba era visible por
ningún lado, en la bocana del puerto y alrededores no había, más
navíos, que las pequeñas barcas que utilizaban los pescadores de la
villa...
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