Por: Víctor Corcoba Herrero
Las
tumbas son casi un espejo de lo que fueron, del mundo vivido, hasta
poder descubrir cómo vivieron, qué amaron y qué les conmovía.
Efectivamente, tras esa muerte hay una vida vivida que vale la pena
cuando menos meditarla. Contrariamente a lo que se pregona en nuestra
sociedad actual, que intenta quitar de nuestra mente el poético
pensamiento del trance, de la expiración, a pesar de ser un tema que
nos concierne a todos los seres humanos. Recorrer nuestros
cementerios, leer sus inscripciones, abrazarse a sus soledades,
compartir el silencio, cuando menos es un camino que invita a
explorarnos por dentro. A veces, nuestras habitaciones interiores
precisan sentirnos acompañados por personas que un día fueron en
nosotros hasta nuestra propia vida. Como decía el novelista y
político francés, André Malraux, quizás "la muerte sólo
tenga importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el
valor de la vida". Sea como fuere, una gran parte de la
humanidad nunca se ha resignado a creer que más allá de la agonía
no existe simplemente nada. Tal vez tengamos miedo, porque tenemos
recelo a ese vacío, a ese partir hacia lo desconocido. Al fin, uno
piensa que todo tiene su tiempo y su morada. Y que ahora soy nada,
pero mañana puedo ser algo. A lo mejor con ser un verso más del
aire, hallo el consuelo que no encuentro en el planeta.
Naturalmente,
precisamos sentirnos eternos y acompañados, confiar en alguien o en
algo. Para los creyentes es el mismo Cristo quien nos sostiene a
través de la cruz que él mismo padeció. Para los que no lo sean,
también se tienen que sentir confiados en algo, como puede ser en un
cambio de cometido, o en un vuelo hacia otra dimensión. Al respecto,
decía otro escritor francés, François Mauric, que "la muerte
no nos roba los seres amados; al contrario, nos los guarda y nos los
inmortaliza en el recuerdo". Es verdad, la propia vida sí que
en ocasiones nos los roba y, además, definitivamente. O tampoco,
porque el ser humano surge de la tierra y a la tierra vuelve. Esta es
la realidad más evidente que no debemos olvidar jamás, al igual que
no podemos dejar de lado a las numerosas víctimas de toda clase de
crímenes y de toda forma de violencia. Y aunque, "cuando la
muerte es, nosotros ya no somos" - como dijo Machado-, también
tiene bien poco sentido la pena capital, a la que habría que abolir
de la faz de la tierra, puesto que es otro atentado más, una especie
de crimen legal contra la dignidad humana y el derecho a la vida.
Tantas cosas podríamos mejorar si pensáramos más en la hora
suprema. Seguro que tomaría más consistencia si aún cabe, el deseo
de inmortalidad que habita en nuestros corazones.
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