Por: José Antonio Córdoba
El resto del camino hasta Palestina, no estuvo
exento de enfrentamientos con los que ustedes llamáis, sarracenos, -comentaba
Iscales- nada que los hombres de mi padre no pudieran repeler. Ante la imagen
lejana de la ciudad fortificada de Acre, tropas cristianas salieron al
encuentro de la columna de peregrinos, caballeros del Hospital y hermanos
nuestros les dieron escolta hasta la ciudad. Allí mi padre fue requerido ante
el Senescal del Temple, ya con un intérprete, se acordó de que los caballeros
Darmatas, marcharan hasta la ciudad celestial, para presentarse ante el Rey,
pero sobre todo, ante el Gran Maestre, Odón de san Amando.
La recepción se llevó a cabo en el Al-Aqsa, la Casa
del Temple en Jerusalem. Desde aquel día, los descendientes directos de aquellos
caballeros Dármatas, cumplimos con el juramento que entre caballeros se selló
aquél día. En nuestra tribu hombres y mujeres combatimos en igualdad de
condiciones, algo que no sucede así en vuestras culturas, por lo que nuestra
caballería permanece independiente a la Orden, en lo que a vuestros votos se
refiere, ya que en ningún momento profesamos.
Al igual que mis caballeros, permanecía atento a
las explicaciones de Iscales. Me sorprendía además la cultura que demostraban
estas mujeres, pero había algo que no acababa de comprender, como sin profesar
los votos vestían las ropas de Caballeros de la Orden, mi curiosidad -algo que
ya me había acarreado alguna que otra llamada de atención, por parte del
Senescal- me llevó a preguntarle: ¿cómo vestís las mismas ropas que nosotros,
si no profesáis los votos? Iscales se encogió de hombros, y se limitó a
explicarme, que eso formaba parte de aquel juramento, y que ellas, lo habían
renovado hacía apenas tres años.
Los días pasaron, y llegamos a la Casa Madre en París,
allí descansamos un día completo. Para después partir con el nuevo contingente
de Caballeros para los Santos Lugares.
Al cabo de un mes había tomado bajo mi mando a este
grupo de intrépidas mujeres, ellas eran las Damas del Temple, y eso
precisamente era algo que no les faltaba temple. Y de esta manera, es como
aquella tarde nos encontrábamos preparándonos para partir hacia esa nueva
misión. He dicho, tomado bajo mi mando, pero tenía la sensación de que lo
hicieron por no herir mi orgullo, pues ya he dicho que parecían conocer todos
mis pensamientos, algo que a veces me preocupaba.
No muy lejos de donde nos encontrábamos, andaba
preparándose para la misión el mensajero que en ningún momento se había
dirigido hacia nosotros.
La oscuridad tomaba el horizonte de oriente del
este, mientras por el oeste tras el más se ocultaba ya la escasa claridad que
el sol dejaba en su marchar.
Aunque parezca mentira, nos habíamos especializado
en llevar a cabo misiones ciertamente clandestinas, y esta se presumía otra más,
aunque me preocupaba el tono del Senescal, había preocupación en sus palabras
tranquilas y pausadas.
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