Por: Víctor Corcoba Herrero
Me
sostiene la poesía y su abecedario de sensaciones.
Con el
verso me vivo y, al vivir, me siento corazón.
Soy más
corazón que cuerpo en este mundo doliente.
Soy más
de ellos que de mí mismo como el viento.
Dejo
que el aire me sobrecoja con sus níveos latidos.
Que me
peine las pupilas del alma y me torne poema.
Con un poema escribiremos nuestra propia existencia.
De
igual modo, me mantiene, el abrazo del amigo.
Las
aguas de la amistad son como amapolas de luz.
Nos
guían con el ímpetu de sentirse acompañado.
Nos
tutelan para que nos levantemos cada mañana.
Para
seguir viviendo en la corriente de los días.
Para
continuar reviviendo sueños y sobreviviendo.
Con un poema reescribiremos nuestra propia muerte.
Entre
escribir y reescribir, consumiremos el tiempo.
Somos
hijos del tiempo y del instante exacto.
La
eternidad nos pertenece por ser la poesía primera.
En esta
poesía que emana del Creador, todo es belleza.
Tan
grande es su bondad que nos transciende.
Hasta
el punto que Dios no habla, vive en nosotros.
Es la evidencia más evidente, ¡somos sus criaturas!.
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