Por: Víctor Corcoba Herrero
Durante muchos años
he venido escribiendo sobre los peligros de la familia y últimamente he
reflexionado mucho más sobre ello. Para empezar, el mundo no se puede construir
bajo una mentalidad que separa por principio. No olvidemos que el ser humano se
inicia, y debe desarrollarse como tal, donde se abre a la vida y, en todo
momento, arropado por los suyos, por los que le dieron la existencia. Por
supuesto, uno de los riesgos más graves a los que se expone nuestra época, es
el divorcio entre finanzas y moral, entre lazos y ética. Realmente estamos
cosechando tantas precariedades que, a veces la vida, cuesta embellecerse con
ella, puesto que son las relaciones con las personas lo que da lucidez a
nuestro acontecer diario. En este sentido, hemos injertado al vínculo conyugal
la fiebre de lo inseguro, la locura del odio, lo efímero y lo frágiles que
somos. Por desdicha, aún no hemos aprendido a amarnos cuando ya estamos
aborreciendo nuestras propias raíces, que están en nuestros predecesores
queramos o no, puesto que por ellos hemos venido al mundo. Por consiguiente, pienso
que jamás hay que tener miedo a donarse, a amar con un corazón abierto y
comprensivo, a vivir amando. Desde luego, hay que aceptar el reto del amor como
algo físico, porque el amor es nuestro sustento, nuestra razón de caminantes,
nuestro sentimiento más profundo. El matrimonio, en cambio, es más química.
Todos los problemas germinan de un
mismo tronco, de una misma raíz; la del miedo, que desaparece cuando
verdaderamente se ama; pero el amor nos da recelo porque nadie se fía de nadie.
Bajo esta precariedad de malicias, en ocasiones servidas en bandeja de plata, se
constata en todos los continentes y en cualquier ambiente social, una cultura
que nos repudia como seres humanos. Sin duda, esta sociedad es más inconsistente
que nunca, lo que ha puesto en peligro incluso el esfuerzo educativo.
Naturalmente hoy sabemos más que en otros tiempos, pero no por ello somos más
felices. Esta es la auténtica verdad. ¿Cuántas veces nos quieren convencer de
que el divorcio es la única salida a una crisis matrimonial? Es lo propio de
esta mundanidad que nos acorrala con su dictamen de absurdas normas. No importa
una vida compartida. La mentalidad divorcista es tan fuerte que todo se deriva
en drama. Con demasiada repetición, los cónyuges se rinden sin luchar por algo
que les pertenece, pero es que la sociedad no les deja pensar ni para que
luchen, y con las primeras dificultades todo se derrumba en la nada.
Nadie me negará que el divorcio es
otro de los negocios actuales, por cierto uno de los más rentables. La desunión
la hemos convertido en una decisión jurídica sin más, de pelea de gallos hasta
matarse si es preciso. Las modas son así de crueles y tozudas. Lo que es un
problema de relación que tal vez podría reconstruirse, se destruye sin más,
judicializándolo al máximo. Los costes son particularmente elevados para todos,
incluso para la misma sociedad que continúa aborregándose, permitiendo
pasivamente el desmembramiento de tantas familias. La idea de que la entrega
recíproca de los esposos hasta la muerte es posible, no interesa a esta
sociedad que repela el compromiso, que trivializa con el sexo, que juega con
los sentimientos a través de una falsa concepción de la libertad. Asistimos,
además, a la invasión del goce de una independencia atroz, de un individualismo
radical, a un desprecio del ser humano en definitiva. Con frecuencia somos
piedras que no ablandamos y hasta llegamos a desechar, del propio corazón, al
que un día le dijimos que le amábamos. Es la incoherencia de una tribu alocada,
sumida en estilos de modas, de telenovelas que ponen en tela de juicio el valor
del vinculo matrimonial, como si fuese cosa de antiguos. Alguna vez he leído
que lo más razonable que se ha dicho sobre el matrimonio, es que hagas lo que
hagas te arrepentirás. Partiendo de estos pensamientos que están ahí, en la
propia calle, difícilmente se puede hablar de entrega generosa, fiel y
permanente. O se habla, pero no pasan de ser meras palabras sin latido alguno,
con lo cual, ante el primer pulso de la vida se hunde el nexo, que un día elegimos
libremente y conscientemente.
Sucede a menudo que los responsables
de hacernos la vida más llevadera, entiéndase nuestros líderes políticos,
alimentan este cultivo divorcista con expresiones legales que ponen en precario
el propio amor, contribuyendo desde sus doctrinas a crear más problemas que
soluciones. En multitud de Estados, el matrimonio, ya no se considera un bien
colectivo, ni un valor público, sino algo arcaico y sin sentido. La palabra
dada tiene un valor limitado en el tiempo y el egoísmo es lo que impera, lo que
está bien visto o lo que se consiente. No suele importar el pensamiento de cada
uno de los cónyuges. En el fondo, hay un desconocimiento total de la pareja
como riqueza y complementariedad; inexperiencia y confusión en parte avivada
por una radical ideología feminista, renombrada de género, que casi nunca suele
escuchar a todas las partes. A mi juicio, creo que hemos pasado de un polo a
otro, sin mediar en los sentimientos de las personas, y en la ayuda que
precisan estos sufrimientos. Verdaderamente, con excesiva asiduidad, cuando se
produce la crisis, los esposos se encuentran sin apoyo alguno, y esta
indeseable soledad los deja encerrados en un camino sin salida, llámese mujer u
hombre. Seamos sinceros, aquí también solemos privilegiar el dinero a costa de
la vida matrimonial, o sea la industria del capital a costa de las propias
miserias humanas. Sería bueno que nos preguntásemos más en cómo ayudar a los
que viven esta situación para no caer en la trampa de la disociación.
Pensamos que el divorcio es la
solución, porque así se encargan de hacérnoslo ver el sistema que todo lo
separa, que no entiende de bien colectivo, ni de bien social, cuando en
realidad se debiera promover una genuina cultura del amor y de la vida. En una
sociedad que se desmorona inevitablemente falla todo, tenemos que reconstruirla
como decía yo mismo hace unos días en otro de mis artículos. Lógicamente hemos
de aprender a convivir, a tener consigo una comunión de vida y de amor estable,
fiel y leal, exclusivo y regenerador, de integración y de apertura, de
felicidad y de pasión. En todo caso, se tiene que revalorizar el ser humano en
su dignidad, como proyecto de vida y como caminante de horizontes. Se trata de
que todos nos acompañemos a todos, de pacificar en lugar de guerrear, de
comprender y de poner en marcha una humanidad más auténticamente amorosa. Lo
nefasto sería entrar en una guerra de género. Evidente, hay que prevenir las
separaciones, y eso solo se puede hacer desde la infancia, con el ejemplo de
sus progenitores, que es donde la persona nace y se crece en el afecto. Todos
necesitamos una educación más humana, más del alma, más de la vida para poder
seguir viviendo y, de este modo, poder tener continuidad como especie pensante.
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