Por: Víctor Corcoba Herrero
El mundo vive injertado en el lenguaje de la hipocresía. Una buena
parte de los moradores del planeta no aman la verdad, no viven en la verdad,
apenas se aman a sí mismos, y lo único que les mueve, es el engaño. Hay una
persuasión diabólica a confundirlo todo, a simular la verdad. Tal es
precisamente el discurso de tantos políticos, de tantos aduladores salvavidas,
que con palabras bellas reinventan paraísos que distan mucho de la realidad. Lo
cierto es que son diversas las trampas del mundo que soportan los mismos de
siempre, la mansedumbre ciudadana, los excluidos del sistema. Cuando una
sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la propia vida, o no
acierta a convivir con los suyos, o sea con los de su misma especie, acaba por no hallar la motivación y la
energía suficiente para esforzarse en el servicio del verdadero bien colectivo,
que no es otro que la ayuda mutua. No podemos seguir ejerciendo de tramposos,
poniendo en peligro la cohesión social, algo que es indispensable en toda
convivencia.
Ahora acaba de
ponerse en marcha, oficialmente el nueve de enero, el Año Europeo de Desarrollo
en Riga, justo con el inicio de la Presidencia de Letonia del Consejo de la
Unión Europea, donde se dice que se busca estimular el interés activo de los
ciudadanos europeos en la cooperación al desarrollo y fomentar un sentido de
responsabilidad en la formulación y aplicación de las políticas. Ya me gustaría
que todo no estuviese perdido y tomásemos otros caminos más de autentico
diálogo, de comprensión hacia nuestros semejantes. Vamos a dejar de dar ayudas,
migajas que seguramente les hemos robado, y de una vez por todas, trabajar
juntos por el desarrollo común. Por desgracia, a mi manera de ver el modelo
europeo, que pudiera haber sido un referente para todo el planeta porque se
basa en valores, lleva consigo la trampa de ser distante, todo ello activado
con una política comunitaria de diversas velocidades y con objetivos distintos.
Sin duda, la pobreza y el subdesarrollo son nuestros mayores disidentes que, a
su vez, generan un clima de terror, de nacionalismos absurdos, de desastres y mezquindades,
que realmente impiden la integración regional, el diálogo cultural y la
verdadera asociación colectiva.
Lo mismo sucede
con el sufrimiento de tantos ciudadanos del mundo, cuya vida apenas vale nada.
Si realmente tuviésemos el compromiso de cooperar unos con otros, de respaldar
procesos de transición democrática para que el resultado sea una nación fuerte
con sólidas instituciones que respeten los derechos humanos, todo sería
diferente. Para empezar, tenemos que expulsar los ídolos de la mundanidad, que
continuamente nos tienden trampas por doquier camino. Luego, después, debemos
trabajar de manera conjunta, y con la mesura precisa, en la solución de las
diferencias mediante medios pacíficos. La violencia hay que pararla cueste lo
que cueste, y dar la bienvenida a cualquier medida concreta para la
implementación inmediata de los acuerdos de paz. Nada entorpece más en
cualquier avance que los deseos egoístas entre los propios ciudadanos. Resulta
obvio, los fanatismos suelen causar dolor, devastación y muerte. Por tanto, se
han de valorar cuidadosamente los hechos actuales con amplitud de miras para
corregir disfunciones y desviaciones.
Indudablemente,
todos los países del mundo han de adoptar una postura responsable en
consonancia con los convenios e instrumentos internacionales y los principios
humanitarios, mediante acciones concertadas, para salir de este clima de
inseguridades que nos asaltan en cualquier esquina del orbe. ¿Qué confianza
puede tenerse ni qué protección encontrarse en leyes que dan lugar a trampas y
enredos interminables?. En este sentido, resulta alentador que recientemente
cincuenta jefes de Estado y gobierno de cinco continentes, invitados por el
presidente de la República francesa, François
Hollande, se manifestasen unidos en París para denunciar la barbarie
terrorista islámica. Naturalmente, tenemos que ser tolerantes y respetuosos con
las creencias, religiones y tradiciones de los demás, pero las discrepancias si
las hubiere, han de solucionarse sin avivar el odio. La trampa del terror todo
lo destruye, nada construye, es un hecho criminal deplorable, que bloquea
cualquier plática entre las naciones.
Creer que somos
autosuficientes por nosotros mismos es otra gran trampa del mundo actual. Por
consiguiente, pienso que con gran acierto el Secretario General de la ONU, Ban
Ki-moon, acaba de decir al mundo que sus líderes tienen una oportunidad
histórica para impulsar los cambios económicos, sociales y ambientales durante
los próximos años, y así, asegurar de este modo la paz y la estabilidad, cuestiones
que tendrán un impacto significativo en la vida de los ciudadanos. Claro está,
las acciones han de ser globales. Y si importante es el desarrollo sostenible
de todos los pueblos del mundo, no menos vital es la búsqueda de nuevas fuentes
de financiamiento y el alcance de un pacto sobre el clima. Si en verdad somos
la generación del pensamiento, hemos de hacer todo lo posible para poner fin a
la pobreza y abrir nuevos horizontes de ilusión. La silenciosa desesperación
que viven muchos seres humanos hay que atajarla sin engaños. Seducir es fácil
cuando un pueblo se mueve en el descontento permanente. La soberbia mundana,
que en parte nos gobierna tantas veces, es capaz de dejarnos en la selva
desnudos, sin cobijo alguno, porque las actitudes verdaderamente gratuitas se
reducen a nada, cuando debieran ser el todo. Hay tantas fronteras y tantos
frentes abiertos que la globalización como unidad de la familia humana, como
criterio estético y como sensatez ética,
resulta inexistente.
Efectivamente, hay
que esforzarse incesantemente en que la unión, no sólo hace la fuerza, también
hace que las ocultaciones sean menos posibles. Sin duda, una verdad que únicamente
interesa a unos pocos puede ser eclipsada por un disfraz emocionante. Me atrevería
a decir que, algunos gobiernos, son tan ficticios que ya no son conscientes de
que piensan justamente lo contrario de lo que hacen. Lo mismo le pasa a muchos
ciudadanos, son tan tramposos que no son consecuentes y piensan exactamente lo
contrario de lo que dicen. En cualquier caso, la mayor trampa contra el
desarrollo la genera el desempleo, o un empleo en precario, forjando tremendas
desigualdades, mundos separados. Colosal antítesis. Unos lo tienen todo, otros
no tienen nada. Desde luego, una de las pobrezas más hondas nace de la
marginalidad, del aislamiento, del rechazo. Esencialmente, el ser humano se
crece no aislándose, sino poniéndose en relación con sus análogos.
En consecuencia,
la importancia de dichas relaciones son vitales. Por consiguiente, hay que
reivindicar esa carta de ciudadanía auténtica en un mundo de pícaros, que
difícilmente va a propiciar el encuentro cultural y humano entre su estirpe.
Tengamos presente, pues, que no se puede avanzar sin personas que cultiven la
rectitud, tanto en el hacer como en el obrar, sin operadores económicos con
corazón, sin agentes políticos que sientan fuertemente la vocación de servicio,
sin humanidad que vincule su conciencia a la llamada del bien común. Hoy por
hoy, el apresuramiento y la incertidumbre nos aborrega.
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