Por: José Antonio Cordoba
«El sacta santorum de las grandes iglesias de la
villa, es ese lugar dónde los ángeles bajan desde las alturas para cantarles a
los mortales» Esto es lo que un día había escuchado sentado en una de esas
tertulias del Café de Levante. Aquella tarde, Rafa nos había invitado a
degustar un nuevo grano de café traído del rincón más escondido del Brasil,
¡por el precio, deberían de traerlo uno a uno nadando desde el Nuevo Mundo! Esa
tarde nos acompañó un joven licenciado, que en sus horas muertas aporreaba el
órgano durante la misa. Digo aporreaba, pues las pocas veces que había ido a
misa en la iglesia de Santo Domingo, de la mano de mi abuela, “Dios la tenga en
su Gloria”, cuando ese sonido empezaba a propagarse por la galería central del
templo, yo hacía por buscar su origen y siempre recibía el tirón de oreja de mi
santa abuela. Tal fueron los tirones recibidos, que cogí verdadera tirria a
quién sin conocer -pues nunca se le veía y no sabía que estaba allí en lo alto
hasta que escuchaba los acordes- le acusaba de mis dolores auditivos.
Pues mira por donde hoy tenía enfrente a ese
individuo que había ocasionado que mi oreja derecha fuera dos centímetros más
larga que la izquierda. Mi cara debería de ser un poema, pues Rafa mientras
platicaba con él me miraba de reojo, y una sonrisa burlona se le desprendía de
los labios. Así, que cuando yo me hallaba concentrado en apuntar algunas letras
sueltas sobre la cuartilla, me sorprendió presentándome a este licenciado de
horas muertas cerca de Dios. Respondí cortésmente al saludo, por nombre
respondía al de Chema. Tuve que soltar mis cuartillas y pluma para introducirme
en la plática de estos caballeros. La tarde se me pasó escuchando sus
ilustradas batallitas, principalmente el licenciado explicaba al resto de los
profanos su labor allá en lo alto de la iglesia. Yo asistía sin gran interés,
pues revivía esos momentos de dolor en ese órgano exterior del aparato
auditivo. La noche tomó las calles sanluqueñas, el bullicio de las gentes se
fue apagando y los contertulios nos fuimos marchando.
Antes de irme, Rafa me llamó indicándome que me
acercara mañana, le debía un recado y era hora de cobrárselo. A la mañana
siguiente, cuando el reloj cantaba mental sobre metal, las seis, me hallaba
recibiendo un paquete y las indicaciones de Rafa, debía de acudir a la iglesia
de Santo Domingo y buscar a Chema para darle el paquete.
Marche al Barrio del arrabal, allí se levantaba
majestuosamente lo que en tiempos mejores, fuera una fortaleza, como lo
atestiguan las oquedades de su fachada o la torre vigía junto a la
espadaña. La iglesia de Santo Domingo, mitad templo y más de la mitad,
castillo. Me introduje en su interior a través su puerta principal encajada,
donde los tiradores para llamar estaban colocados para gigantes, aunque después
supe, que eran para los que llamaban a lomos de una montura.
En la oscuridad del templo pude vislumbrar un haz
de luz hacia el que me dirigí, escuchado de fondo los acordes melodiosos
provenientes de lo alto, era como si estos me guiaran. Una escalera labrada en
la piedra ascendía y mis pies la subían. Pronto me encontré ante la figura de
un ángel, con sus bellas alas extendidas, cual largos tubos de un metal
precioso se extendían en su máxima envergadura de un blanco grisáceo, entre
ambas imponentes alas, la figura humana de lo que parecía un ser celestial, que
dirigía cada nota, cada acorde. Al sentir mi presencia me miró, más su mirada
lejos de petrificarme, me reconfortaba, más si hubiera hecho uso, que no abuso,
de los caldos de mi amigo Rafa. De pronto, la melodía se interrumpió, mis ojos
se abrieron, ante mí se elevaban a los cielos decenas de tubos metálicos, cual
forma de las alas de un ángel, en medio, un hombre fino de cuerpo y pausados
movimientos me miraba, a la vez que sus labios esbozaban una sonrisa, era Chema,
quien con gestos me indicaba me aproximara hasta él. Cuando pude reaccionar,
encaminé mis pasos y me acerqué hasta el órgano, extendiéndole el paquete y sin
dejar de mirar los tubos. Me tocó en el hombro para que lo mirara y me dijo:
-¿has visto un ángel?, yo asentí, -Pues el Cielo a través de él te ha hablado.
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